Rameras de la inspiracion
Víspera de San José. Empiezo a escribir recién llegado de Zaragoza. Es una de esas tardes de domingo en que uno busca cualquier excusa para no ponerse a deshacer maletas. No tengo ganas de leer, de ver cine, de escuchar música o de practicar otros vicios inconfesables. Sin embargo, ignoro la razón, me apetece escribir. Supongo que soy víctima de esa rameras caprichosas que algunos llaman musas y que graciosamente permiten que un tipejo resacoso con cuatrocientos kilómetros de carretera encima sea capaz de juntar con coherencia tres palabras seguidas.
No soy el primero ni el último beneficiario de semejante milagro. La historia de la literatura está empedrada por la obra más o menos brillante, más o menos excesiva y casi siempre genialoide de escritores que hicieron inexplicable carrera en brazos de la diosa inspiración y, claro está, de cualquier sustancia que facilitara su acudimiento. Sin ir más lejos, a poco que uno eche un vistazo a la literatura del siglo XX, nos encontramos que su edificio fue cimentado sobre el alcoholismo de Dylan Thomas, Hemingway o Scott Fitzgerald, las alucinaciones beatnicks de Jack Kerouac o Allen Ginsberg y el impenitente cuelgue drogata de un desfile que empezó en Rimbaud y que ¿termina? en nuestro ángel caído Haro Ibars. Eso sin contar con paranoicos, masoquistas, tarados, pervertidos y demás rastreadores de inspiración en cualquiera de los abismos que oculta el subconsciente humano.
En mi caso, durante mucho tiempo opté por forzar el beso de las musas con las mismas armas que facilitan el de las damas de bar y madrugada: whisky, tabaco, algún porro y mucha paciencia. Luego, con los años y las letras, descubrí que el delirio alcohólico sólo fomentaba un tipo de literatura automática y maldita en la que yo hace tiempo dejé de estar interesado aun como lector, por lo que a día de hoy apenas recurro, como ahora, al consumo inmoderado de cigarrillos, agua y la esperanza de que mi escasa fuerza de voluntad copule el tiempo suficiente con alguna ninfa que de a luz en negro sobre blanco un pedazo de mis desvaríos. No da para mucho pero al menos creo que de esta manera de vez en cuando puedo perpetrar algo que no atente contra mi sentido del ridículo en caso de que tuviera el valor (el impudor) de leerme en estado de absoluta sobriedad.
No me engaño, a día de hoy, cuando las editoriales demandan tochos de quinientas holandesas como poco y el periodismo de opinión se encuentra encabalgado por un tira y afloja de primeros espadas y una legión de becarios semianalfabetos, dejar la cuestión de la supervivencia al albur de una punta de furcias mitológicas es una lotería en la que participan demasiados poetas muertos. Y yo, ustedes me perdonen, no tengo aún vocación de difunto.
No soy el primero ni el último beneficiario de semejante milagro. La historia de la literatura está empedrada por la obra más o menos brillante, más o menos excesiva y casi siempre genialoide de escritores que hicieron inexplicable carrera en brazos de la diosa inspiración y, claro está, de cualquier sustancia que facilitara su acudimiento. Sin ir más lejos, a poco que uno eche un vistazo a la literatura del siglo XX, nos encontramos que su edificio fue cimentado sobre el alcoholismo de Dylan Thomas, Hemingway o Scott Fitzgerald, las alucinaciones beatnicks de Jack Kerouac o Allen Ginsberg y el impenitente cuelgue drogata de un desfile que empezó en Rimbaud y que ¿termina? en nuestro ángel caído Haro Ibars. Eso sin contar con paranoicos, masoquistas, tarados, pervertidos y demás rastreadores de inspiración en cualquiera de los abismos que oculta el subconsciente humano.
En mi caso, durante mucho tiempo opté por forzar el beso de las musas con las mismas armas que facilitan el de las damas de bar y madrugada: whisky, tabaco, algún porro y mucha paciencia. Luego, con los años y las letras, descubrí que el delirio alcohólico sólo fomentaba un tipo de literatura automática y maldita en la que yo hace tiempo dejé de estar interesado aun como lector, por lo que a día de hoy apenas recurro, como ahora, al consumo inmoderado de cigarrillos, agua y la esperanza de que mi escasa fuerza de voluntad copule el tiempo suficiente con alguna ninfa que de a luz en negro sobre blanco un pedazo de mis desvaríos. No da para mucho pero al menos creo que de esta manera de vez en cuando puedo perpetrar algo que no atente contra mi sentido del ridículo en caso de que tuviera el valor (el impudor) de leerme en estado de absoluta sobriedad.
No me engaño, a día de hoy, cuando las editoriales demandan tochos de quinientas holandesas como poco y el periodismo de opinión se encuentra encabalgado por un tira y afloja de primeros espadas y una legión de becarios semianalfabetos, dejar la cuestión de la supervivencia al albur de una punta de furcias mitológicas es una lotería en la que participan demasiados poetas muertos. Y yo, ustedes me perdonen, no tengo aún vocación de difunto.

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