viernes, septiembre 07, 2007

Trabajo artesanal

He vuelto. Imagino que me habrán echado de menos. Las vacaciones, ya saben, uno con este calor es que no tiene ganas de dar palo al agua. Menos aún escribir, que no saben de qué forma se suda delante de este toro/ foro. En fin, de las vacaciones ya hablaremos otro rato, que me place sacudirles un poco la conciencia después de tanto chiringuito.
Hablo con mi novia de los trabajos artesanales. Como soy carne de multinacional, cada día que pasa tengo mayor querencia por la cosa menestral, honrada, minuciosa, de sol a sol. En particular acabo de descubrir que en Zaragoza- sur-le-Ebre encuentra cuna y acomodo la fábrica de Pikolín, ya saben. Bueno, pues sucede que ahí ando a ver si la Rubia me busca un contacto que me convierta ipso facto en probador de colchones.
No se rían porque la cosa es muy seria. Al menos así se lo ha parecido a esta chica. Mi amor es que tiene un espantoso sentido judeo-cristiano de la existencia y todo lo que no sea pegarse doce horas diarias sudando sangre le parecen mariconadas. Debe ser cosa astrológica porque mi padre también es tremendo géminis y tiene más o menos el mismo pensamiento en lo de currelar.
Pero yo me he empeñado. ¿Habrá cosa más esforzada, necesaria y terapéutica que comprobar la bondad del lecho donde descansa España? Ya me veo, ya, colchón tras colchón, crujientes somieres, acoplamiento de vértebras, descansado jornal, tal vez hasta consientan echarme por encima un edredón que engañe en febrero al cierzo. Corretearé en pijama por la nave industrial, haré horas extras, no perderé ni un segundo en fútiles cafés, ni charlas con miembros del sindicato, le haré la pelota, la almohada, lo que sea, al coordinador de departamento (coordinador de probadores de colchón, ojo) y si se ponen pesados hasta soy capaz de quitarle horas a mi alcoba.
Porque si uno hace conveniente cata, cómo no la harían dos si me llevo a una dama que conmigo en cama ruede. Serían pareja por el precio de uno, no tema señor director, que barato le saldré, le saldremos quiero decir, mi amada y yo, ambos dando trote al colchón, al noble producto de Aragón, en pijama como Cela, con panoplia, escupidera y la chica en tanga y camisón. Mejor prueba no habrá que la del retozo, el empuje, arañe, jadeo, griterío, humedades, brincos, olé Pikolín y sus muelles que tan bien en horizontal se afinan.
A estas alturas ya adivina, señor Solans (jefazo de la cosa), que le indico con notable mano izquierda la necesidad laboral que me acucia y por dónde creo que va mi futuro en el seno de tan maña empresa. Instituya de nuevo el artesano oficio que alguna impersonal maquinaria habrá sustituido. Volvamos la espalda al maquinismo, a lo impersonal de la cinta de montaje, al martillo pilón del progreso y hagamos de la industria una consecuencia del esfuerzo humano, en concreto del mío al tumbarme boca arriba muchas veces al día.
Que quiero estar todo el día tumbado, vamos. Y no digo más porque voy a entrenarme para todo el tajo que me espera. Cama, cama, bendita cama, de donde Adán nunca debió salir. Cama, vamos, que me perdonen que me voy al jergón. Buenas noches y con dios o sin él. Mañana más. O lo mismo no. Quién sabe, Pérez, quién sabe.

sábado, agosto 04, 2007

Balada de mileuristas (I)

La ciudad es malva, o azul, o tal vez gris, o igual es grisazul, tal vez de ese color submarino que precede al primer rayo de sol. Subo a la azotea cada noche, cada tarde, cuando todos los colores se derraman pesados y tristes sobre los tejados, para adivinar el secreto que se esconde por encima del asfalto furioso y las fúnebres oficinas.
La ciudad desde aquí es cementerio de buques hundidos, un farallón de aires difíciles, una arquitectura desbaratada por los siglos y la voluntad de criminales impunes. La ciudad parecía tener un ansia de altura, de elevarse cada vez más hacia Dios, pero yo sabía que, en realidad, era el suyo un espíritu terrenal que manaba aquí y allá por entre las costuras de poblachón sitiado entre cristales. Como el pájaro atado de un cordel al suelo que trata inútilmente de echar a volar. Volar era nuestro yo más sincero y el cordel la realidad que devoraba cada vez con más saña la esperanza de alcanzar el cielo. Pero aún no parecían demasiado lejos las nubes, y más aún desde aquella azotea blanca, rosada, suburbial, nocturna.
En aquellas noches de hachís y azotea podía uno encontrar soluciones al amasijo de dudas que nos asolaban los días de tristeza, desamor y lumpen. Porque no era cierto que el aire de la mañana borrase nuestras miserias. Muy al contrario, ese aire nos devolvía el rumor de los autobuses, del café industrial, de los ordenadores, de las comidas recalentadas, de todas las pequeñas decepciones cotidianas. En la noche, sin embargo, podía lucir el oro denso que nos habitaba, el muñón libertario de los sueños que habían gillotinado, sucesivamente, la familia, la empresa, el mundo.
Políticos al servicio del pueblo hablaban por televisión y yo adivinaba en ellos un fondo gastado, como en sepia, algo a medio camino entre un congresista californiano y el director de un concesionario de la Seat. Debían sentirse encantados de haberse conocido cuando se llenaban la boca de discursos con mucha mercadotecnia de lugares comunes pero yo sentía que todo aquello era una opereta de tercera con pésimos actores y un argumento masticado hasta el vómito. Así las cosas, pronto le perdí todo interés a la política y sigo, claro está, sin recuperarlo.
Respecto a mis conciudadanos de trabajo y vecindario, estaban tan muertos como mi bisabuela, sumidos como estaban en sus manejos y especulaciones. Eran un mal innecesario, gentes que en general me repugnaban, dado que habían asumido como propio todo aquello que ensuciaba el paisaje de alrededor.
Las vecinas tenían niños, cotilleos, fajos sudorosos de dinero, y los del trabajo corbatas de jóvenes neocon, de tal modo que todos los que no eran como yo me parecían perfectamente prescindibles, tan metidos en su papel de marujas enriquecidas y ejecutivos golpistas. Unas y otros, ya digo, me la traían floja.
Sucede que un mileurista habita un lugar ambiguo, impreciso, poco concreto, excesivamente ilustrado para ser un menestral pero tan escaso de liquidez como un adolescente. En el metro podía distinguirlos perfectamente: desaliño estudiado, mal afeitados, libros de bolsillo, perfumados con resaca y colonia barata, adormilados, todo mala leche reconcentrada. A los treinta años se supone que uno se debe sentir completo, exultante, toda esa gilipollez hortera de la realización personal, por otro lado tan fascista. Para nosotros nada de eso era propio y además empezaba a dudar uno de la felicidad que semejante estado podía proporcionar.
El mileurismo es un tener a ratos al alcance de la mano el paraíso fulgente que nos fue prometido para luego sentir al acostarte que cada día estaba un poco más lejos. De modo que la mayoría del tiempo concluía uno que la teoría de los mil euros era una dialéctica de la estupidez y el fracaso traída al galope sobre el nuevo siglo. Por encima y por debajo no había sino pobreza moral y de la otra.
Así que estábamos en tierra de nadie, la escombrera de todos los errores cometidos desde hace medio siglo sobre nuestras espaldas, aguantando porque sino sólo se podía ser menos que cero. Alguno, claro está, accedía de vez en cuando al Edén de los despachos con secretaria, el menú ejecutivo, apartamento con piscina comunitaria, audi cargado de caballos y la novia libre de escrúpulos. Entonces puede que sí pudiera sentirse realizado y tal porque encontraba que antes de los cuarenta había conseguido acariciar un pedazo de sus sueños mientras dejaba atrás a quienes aún seguíamos recibiendo revolcones sin secretarias, caballos, novias del barrio de Salamanca ni hostias.
Un mileurista es un tío al que tumban sobre la lona cada diez minutos para volverse a levantar una y otra vez, mientras que a su alrededor se habla de hipotecas, hijos, televisores de plasma y vacaciones en el Caribe. Por lo demás, existía la probabilidad más o menos lejana de que un día nos fuera concedido todo eso: la probabilidad de la hipoteca, la probabilidad de los hijos, la probabilidad del Caribe. Así, éramos sólo una probabilidad. Ergo, no éramos nada.
Leía a Schopenhauer, aquel señor alemán tan antipático, tan pesimista y tan ácrata. Schopenhauer decía que el hombre es en el fondo un horrible animal salvaje y era como si hubiera escrito lo que yo sentía a cada paso de mi existencia. No quería ser un horrible animal de esos pero además encontraba que el premio imponía la factura de mudar en fiera depredadora. Mas, como nunca parecía llegar mi momento, aún podía sentirme víctima inocente, presta a no ser devorada sin lucha y aún a hacerme pajas sobre quien tratara de tirarse sobre mi cuello.
Había que esperar, pues. Con paciencia, vino y sexo, mucho sexo. Con nosotros mismos o con los demás. Sexo sin romanticismo, sin alarde ni belleza, más bien con mucha pornografía impostada, suciedad de cuarto alquilado y sabor a borrachera urgente. Luego se siente uno mal porque lleva tres pajas en un día, dos amantes en un mes o un descubierto en putas, y encima teniendo que encadenar domingos alienados porque pasó el momento de creer en Dios y en el fútbol. Todo el andamiaje de oficinista responsable, de universitario cultivado, de futuro cabeza de familia, de disciplinado contribuyente, se viene abajo en media hora de refriega lúbrica. Afortunadamente, luego hay toda una semana para reconstruirse a golpe de facturas y remordimiento.
Decía Bukowsky que los parados follan mejor. Sexualmente hablando, el mileurista es un parado al que se le ha permitido oler perfume caro y que de refilón pudo ver un día el tanga de la secretaria de dirección. Así que deduzcan en qué estado se encuentra su líbido. Algún médico seguro que encontrará en esto ocasión para ejemplificar alguna conducta antisocial o infantiloide. Para mí simplemente se confirma que el sexo es el pasatiempo de quien no tiene un duro y todo lo demás son ganas de tocar los cojones.
En realidad, el mileurista folla poco, se masturba mucho o se hace maricón. Y encima suele encamarse no con quien quiere sino con quien le deja aunque al final, inexplicablemente, acabe un poco enamorado justo a esa hora en que la ninfa de Cuatro Caminos o de Nou Barris empieza a recoger del suelo los calcetines y el sujetador. Piensa entonces que le gustaría una de esas chicas a las que no espera nadie para comer porque su vida está, decíamos ayer, completa, feliz, realizada, segura en sí misma y en su mundo. Lo que pasa es que tantas seguridades se terminan convirtiendo en un arma arrojadiza donde uno empieza echando polvos de Chanel y termina pagando números rojos de la tarjeta del Corte Inglés.
Así íbamos pasando el rato, los días, las cosas, entre música de transistor antiguo, cigarrillos, libros de saldo y vecinos gritones. El residuo doméstico de cada crepúsculo. Me vuelvo a subir a la azotea. La ciudad ante mí, como una amenaza y una promesa.
¿Qué va a ser de nosotros?

jueves, julio 26, 2007

Prosperidad

Vaya por delante que nunca me ha gustado la lírica de barrio como no fuera en la letra de un tango. Tal vez porque he vivido en tantos que nunca ha brotado en mí ese sentimiento de pertenencia a cuatro calles y una plaza donde te conocen por tu apodo hasta los gatos. Y a lo que parece es una cuestión capital. A lo largo y ancho de los cinco continentes hay tipos sacando pecho por haber echado los dientes y los primeros polvos en la Boca, el Quartier Latin o Brooklyn. Y a mí la verdad es algo que siempre me la ha traído al fresco. La única patria posible dicen unos, añoranza del aldeano que a todos nos habita, dicen otros. Teorías hay hasta para justificar los genocidios, cómo no las va a haber para darle racionalidad y lirismo al pavor que nos produce todo lo que no sea lo que ya conocemos.
En España, tan conservadores de no sé exactamente qué, esto del barrio siempre ha estado metido hasta el tuétano de la tribu mayormente porque no hay cosa más ibérica que ese individualismo feroz donde el del otro lado de la manzana es extraño, ajeno y probablemente un hijoputa al que habría que pisarle el cuello hasta morir. Y así tenemos que es cosa de mucho relumbrón llevar escrito en el pecho, literalmente, la pertenencia al Clot, a Triana, a Bouzas, o a la margen izquierda de no sé qué ría. Y en Madrid para qué les voy a contar. Para mí que aquí hay hasta una competición entre Vallecas, Carabancheles, Villaverdes, Malasañas, Argüelles y yo qué sé más. Cuando me vine a vivir aquí me preguntaba la gente dónde sentaba mis reales y al instante psicoanalizaban mi persona en función del lugar en que colgaba el sombrero. Claro, cualquiera les decía que todas mis casas desde los veintipocos años han sido fruto de la más intrascendente casualidad.
Punto y aparte. Me imagino que a estas alturas de la lectura habré perdido el afecto de no pocos amigos abrazados a su querido barrio como al culo de la novia. No se me cabreen y sigan leyendo, que lo mismo hasta echan unas risas. Porque, contradictorio que es uno, a día de hoy debo reconocer que he encontrado algo parecido a ese sentimiento de apego que todos debéis sentir por el cielo suburbano que os vio nacer y al que es probable sólo volváis ahora para comer con los viejos en domingo. Hablo, claro está, de Prosperidad.
Llevo aquí cuatro años. Ya digo, llegué de casualidad. Algunos cuentan que fue porque tenía enfrente el curro pero no es cierto. Todo fue un anuncio apresurado en el periódico, el vistazo de rigor por los bares de la zona y un casero que buscaba con premura racista unos inquilinos españoles, cotizantes y que no llevaran el pelo de colores. Unos triunfadores natos, ya ven. Luego ha sido un ir queriéndonos poquito a poco, con nuestros baches, nuestras señoras gordas, nuestros parroquianos desconfiados, nuestra melancolía dominical de barrio apartado pero, en fin, ya le tengo cogido el punto y para mí que nos va a costar trabajo separarnos.
Es curiosa la historia de Prosperidad, historia que probablemente desconozcan no sólo los madrileños, sino también la mayoría de mis convecinos. La cosa fue más o menos que al comienzos del siglo XX, el regeneracionismo burgués de los Sagasta, Maura, Dato y compañía decidió que el porvenir de las grandes ciudades españolas, insalubres y hacinadas, estaba en los ensanches, barrios enteros diseñados a golpe de tiralíneas en terrenos donde aún se enseñoreaban cabras y trigales. Como ven, la Historia se repite constantemente, mis queridos madrileños de las Tablas y Sanchinarro.
Así las cosas, en Madrid se decidió meter la piqueta en dirección este, hacia el Henares, igual por ver si la avalancha de inmigrantes que llegaban del Sur se equivocaban y acababan en Alcalá o Guadalajara. Pero sucedía que la Corte encontraba su fin a comienzos del siglo pasado en el barrio de Salamanca, que ya casi era lo que hoy es. Imaginen el sofoco de las señoras de Serrano teniendo a la vuelta de la esquina a todos los menestrales de gorra y pan con chorizo, no se podía consentir, oiga. De tal forma que se decidió que los nuevos barrios de la Guindalera y Colonia Jardín tuvieran como objeto darle habitación a una pequeña burguesía más tolerable a la vista y al olfato.
Sin embargo, toda ciudad crea espontáneamente sus arrabales y donde el ensanche puso frontera a la villa, inevitablemente buscó cobijo quienes nunca son tenidos en cuenta en la mesa de ministros, alcaldes y arquitectos. Hay un chiste antiguo que aún recuerda aquello de que un día Madrid se despertó y había cagado Prosperidad. Más o menos, así fue. En la tierra de nadie, entre la Guindalera y la calle Cartagena, quedó un dédalo de corralas, hotelitos y tabernas que con el tiempo y la especulación inmobiliaria nos dio el suelo donde ahora escribo.
Habría mucho que decir al respecto, claro. Hablar del primer tranvía hasta Diego de León, del Rockola, de la escuela popular, del viejo cine Covadonga -vulgo Covacha-, de la plaza que fue lugar de encuentro y Gallardón hace poco logró hacer de paso. No tengo tanto tiempo y supongo que ustedes menos ganas si no es con una copa entre las manos. Pero es una bonita historia. Algún día quedamos y se la cuento.
Pero todo esto iba a que estoy cómodo aquí. Me encuentro, vamos. Tengo unos cuantos bares que no están mal, dos librerías, un mercado con pescado fresquito y hasta al Krahe de vecino, lo cual, en suma, es todo un privilegio. Ultimamente anda tocando mucho los cojones algún abuelete con ganas de hacer el agosto inmobiliario a costa del albañil ecuatoriano y del andaluz mileurista pero yo creo que resistiremos por un tiempo. Si me voy les aviso.
En suma, que se dejen caer por la Prospe un día, nos iremos a tomar una caña y a echarle un ojo al culo de alguna que yo me sé. Seguro que lo disfrutan y si no, pues ya les busco lo que más les plazca. Porque ya saben, como decía el otro, aquí en mi barrio, lo que tú buscas tendrás. Y que yo lo vea.

martes, julio 24, 2007

Mi hermano el torero

Para Nerea y Cayetano, con amor




A mi hermano el torero se le ponían los seiscientos fuera de cacho cuando aún éramos chinorris en la esquina de nuestra calle. Y aunque la calle era avenida y mi hermano aún no había tomado la alternativa de la mano de Chenel, se soltaba unas chicuelinas con un jersey de pico que ya podía haber levantado la cabeza el Guerra para ver lo que por Gran Vía Parque se meneaba.
Cayetano tenía, tiene, nombre de torero antiguo y afición de familia cordobesa hasta las cachas, de los que habían visto partirse el pecho a Manolete en Linares o derribar entre lagrimones el Coso de Tejares. Yo, claro, no era más que un advenedizo con veleidades de puntillero en plaza portátil y luego, con los años y las melopeas se ha consolidado nuestra trayectoria, pues aquí el fenómeno sigue pegado desde Cartagena a la taleguilla de Talavante y yo me conformo con hacer verónicas horrendas a toros que están por nacer.
Un poner. Una vez nos fuimos a un documental sobre Manolete y ponían al Monstruo de fascista y drogata para arriba. Cayetano casi le pega fuego al local y a mí la cosa como que me la trajo al pairo. Lo mismo entonces descubrí la distancia que separa el tomarse las cosas a pecho y el ser un despreocupado de casi todo lo que anda por la calle. Manolete no era más que un hombre por encima del bien y del mal, como todos los cordobeses, y lo demás es mayormente literatura, añoranzas del maestro Tomás y una canción, por cierto admirable, de Joaquín Sabina. Pero aquí el padrino de mis hijos imposibles se puso como un basilisco y, conociéndole, yo creo que aún le dura el cabreo.
Luego, como suele pasar, el director de lidia se enamoró de un bombón murciano y acá que andamos la cuadrilla dando cabezazos y malos quites hasta que venga un día de estos a reaparecer como Juncal en la Maestranza, pues ya saben que lo del próximo Califa se vende caro. Y aviso a Villán para que cuando vuelva su pluma no lo maltrate, a Victorino para que sus hijos no hagan sufrir a la señá Mercedes, a Luis Francisco para que nos aguante de pie lo justo para pasarle los trastos manque sea recosido hasta el alma.
Y que yo lo vea, compañero del alma, compañero, con un pie en el albero, mordiendo olivo y ganas entre nubes de tabaco como Paula o presto a sacarnos con los pies por delante para luego volver, siempre volver, sin la frente marchita, la risa gastada y mil pares de cojones. Los cojones de mi hermano, ay mi henmano, el bueno del Cayetano.

La carta de un ministro que no pudo ser

Estoy poniendo en orden mis papeles. El correo, facturas, impagos, cosas de esa jaez. Este mes me han cortado el teléfono pero he recuperado la corriente eléctrica, algo de lo que en Barcelona no pueden presumir. Empatado, pues. Propaganda, una carta amenazante de un vecino envidioso, más propaganda, invitaciones de boda -seis o siete-, una felicitación de las navidades pasadas y, oh dioses al fin escucháis mis ruegos, un sobre con membrete oficial, Gobierno de España, cosa de mucho nivel.
Trémulo, conmovido, abro la misiva y descubro, de su puño y letra, una invitación del señor presidente del gobierno para asumir un ministerio sin cartera, un cargo sin duda al que me empuja por el buen criterio, conocimiento distinguido de las cosas y manifiesta cualificación de la que hago gala en todos mis aconteceres diarios. Hasta nuestro augusto líder habrá llegado noticia del exacto conocimiento que poseo de lo que en la calle acontece, del respeto con que me escucha lo más granado de la alta sociedad y la abierta simpatía que me profesa lo más bajuno de la Corte: diputados, ejecutivos, taxistas, zapateros, asistentas, secretarias, concejales, taquígrafos, barrenderos, payasos, lampistas, cobradores, poceros, barrenderos, telefonistas, practicantes, enterradores, oficinistas, estudiantes, nigromantes, madrileños todos, en fin, gozadores de mis buenas obras y mejores frutos.
Sin duda querrá el presidente que acometa notables reformas, asesore ministerios varios, vamos, que sea el timón al que agarrarse en esta nueva etapa que al parecer quiere abrir para su mandato de por sí tan lleno de bondades, bonanzas y virtudes. Así que me dispongo a responderle con mi mejor prosa, esperando que las palabras de tan humilde ciudadano se correspondan con los deseos de nuestro amantísimo presidente. Y digo así:


Excelentísimo señor:

Recibida su misiva con notable entusiasmo, conmovido por el honor que me hace su propuesta de integrarme en el gobierno de todos los españoles debo, sin embargo, una vez pasado el emocionante impulso inicial, rechazar tan egregia invitación. Son motivos de peso, meditados largo tiempo, los que me llevan a tomar semejante decisión. Expongo a continuación las razones que, espero, sabrá entender con la paciencia, comprensión y talante a los que nos tiene acostumbrados.
Mira, hijolagranputa, no entraba a formar parte de tu gobierno ni de ningún otro nada más que por darme el gusto de ver si todos los ministros del mundo tenéis la misma cara de cabrones que exhibís por la tele. Valiente desvergüenza te gastas para llamarme a tu nauseabundo lado, a mí, que me levanto cada mañana cagándome mil veces en lo que representas, en tus corruptelas, tus manejos, tus trampas, tu venga darle por retambufa a mi persona mientras repites por enésima vez que eres lo mejor que podría haber votado, yo que no me he dignado a colaborar en la zafia verbena que organizáis cada cuatro años tú y tus secuaces.
Igual me estoy precipitando pero porque lo mismo ya no me das la oportunidad de entrar en alguna oficina ministerial donde dar rienda suelta a mis mejores sueños pirómanos, porque seguro que ya no me llevas a cumplimentar al rey y a toda su jodida familia de chupasangres, a visitar al presidente del Congreso y sus trescientos cincuenta ladrones, a entrevistarme con tus amigotes de donde el gabacho, el guiri, o de los gringos su emperador.
Así que te animo a que este papel según te alcance lo utilices de envoltorio para un vergajo de buen porte y lo metas por el agujero más amplio que en tu cuerpo encuentres. Conocidas tus apetencias sodomitas seguro que no te será difícil encontrarlo. Y si por casualidad estas líneas llegan a ofenderte (como, por otro lado, espero), animo a que me mandes un piquete de guardiaciviles, una bandera de la Legión, la guardia municipal de Valdemoro, catorce mossos de escuadra, el parque de bomberos de Usera, la Guardia Real y a tu puta madre con su perro Rififí, que yo aquí los espero, donde el remite, ansioso de repetirles punto por punto esta carta que espero haya sido lo suficientemente clara para que la digiera el cerebro de borrico que te habita.
Sin nada más que añadir, me pone a los pies de su señora y de sus hijas si las hubiere. A sus hijos, como al padre, que les vayan dando.

Un cordial saludo



P.D: Publico en Internet estas líneas por si al servicio de Correos o a la oficina de Moncloa le da por censurar su contenido que, visto lo visto, son costumbres muy en boga de un tiempo a esta parte.

lunes, julio 23, 2007

Como panes

Así son las hostias que me quieren calzar mi jefe, mi portero, Manolo, Amando, Montse, Marijose, el vecino de enfrente, doña Eladia y su loro, mi padre, mi apócrifa hermana, el difunto tío tercero, el barbero por calvo, el pescadero por feo, la tuna de Derecho, la primera Ana de mi vida, la única Rocío de mis entretelas, el párroco de aquí, putas de allá, las camareras de Malasaña, los veinticinco de Alderetes, un camello en Granada, aquel chalado del Born, aprendices de poeta, versolaris del rock, la ETA si de mí supiera, la Corona si no me ignorara, el Cristo por faroles, so virgen del Pilar, ese africano en Madrid, todos los EEUU (menos Woody, Martin y el Clint), algún ultrasur, progresistas, comunistas, fascistas, ciclistas, columnistas, dentistas, la parca, la mosca, la urna, la estafa, casi todos los taxistas en Madrid, casi ningún ministro por CNT, la madre del borrego, la señora de Ramoncín, los especuladores de Prosperidad -marchantes de lo fatal-, Gallardón, Zapatero, los números de la Civil, el mal bodeguero, el que dijo digo cuando, ay, si era en Sevilla por Corredor el Diego, todas las tarjetas rojas de mi Ra, todos los soliloquios de la pared, de Javi su abstinencia, de Pedro la ausencia, miopía, celos, cajeros, directores, gripes, juanetes, abstemios, besos de caridad, cuitas del Pepe, zumo de limón, el Marca, el Sport, el As, el cierre a blancas, el quinto malo, el sudor, acreedores, ripios, gritos, Morales en secano, mojadas invernizas en Abril, un mechero sin gas, un burdo rumor, una factura en el buzón, las pegas, los pufos, el mal costo, el buen ciudadano, tirrias, fobias, brutos, chaparrones en Usera, granizo en Alcalá, en fin, ese triste saber que me debo, con duda, alguna vez y tan pálido, mal morir.

Todo por la mosca

Estoy sentado en la acera viendo arder mi casa. Bueno, yo y los otros diecisiete vecinos, dos perros, una gata tuerta y el aterrorizado loro de doña Eladia, la jubilada del tercero que hasta ahora lleva la peor parte de esta catástrofe. Espero que se recupere del síncope que ha sufrido hace diez minutos al recordar que se había dejado bajo el colchón la media que albergaba las joyas de la familia.
Y todo por la mosca. La puta mosca. Yo que estaba tan tranquilo haciendo el crucigrama, domingo de periódicos y resaca, acabo pegándole fuego al piso, al vencindario y me dice un sargento de bomberos que suerte habrá si el fuego no pasa al bloque paredaño. Qué aciago día, vive Dios. Ya empiezan a llegar los chicos de la prensa, espero que no saquen esto por TVE, que de lo contrario no va a haber cojones de volver por Córdoba en al menos un lustro.
Fatalidad, decía el otro. Ya lo decía mi padre, no seas tan obsesivo con las cosas, nada es para tanto. Nos ha jodido, menos una mosca. Una mosca a la que se le ha puesto en la trompa posarse en mi periódico, primero con timidez enamorada, luego, confiada por lo distraído de mis manotazos, impúdica, arrojada, como diciendo he aquí mis poderes. En ese momento ya se me han empezado a inflar las narices, a sentirme un poco objeto sexual, trozo de carne, una víctima de la hambrienta lascivia de tan salido insecto. Así que he optado por poner distancia entre los dos, me he ido a la cocina para hacer café, lavar los platos, fumar, desolarme con el estado del frigorífico, quitarme las ganas de planchar una camisa. Pero he aquí que al volver seguía ella posada sobre el sofá, despatarrada, como diciendo ven a mí, moreno, y oiga, yo los domingos es que no estoy para putones y menos para los que en suma no quieren sino chuparme la sangre.
Y la intento echar a patadas, a ruegos, a insultos, a bofetadas, y la descarada se me cachondea cuando la invito a salir por el balcón igual que cuando lo hice, todo caballero, por la puerta. Así que me cabreo y con el periódico hecho espada triunfadora la he perseguido hasta el dormitorio, a cama deshecha, derribando la lámpara, la mesilla de noche, una estantería con trece libros de ensayo y ochenta ejemplares de Playboy, tropezando con la radio, maldiciendo mientras ella se chancea desde la manga de una americana que nunca me puse, so hijalagranputa.
Así que esto ya se ha convertido en una cuestión personal, y agarro grande complejo de asesino en serie, me voy a la despensa y arramblo con el spray de aspecto más terrorífico que encuentro, un desengrasante para el horno de fabricación china que probablemente sólo pase los controles sanitarios de Burkina Faso, me dirijo de nuevo al salón y aquello ya es un Waterloo de improperios, rociadas, aleteos, muebles destrozados, libros desengrasados, zumbidos y rechinar de dientes. Media hora después, la edad, el tabaquismo, el agotarse mi spray, obligome a rendir el campo a un enemigo que seguía impertérrito y descojonado sobre el quicio de la ventana. "Pica si quieres, muerde, chupa, recoje tu premio", hube de concederle a tan ágil oponente, resignado como estaba a una larga de noche de insomnio y ronchas. Agotado estaba, así que me dispuse a encamarme y que allí fuera lo que la mosca quisiera pero antes solicité y obtuve permiso para el último cigarro. Poco imaginaba yo hasta el punto en que se puede avivar eso que llaman calor de hogar.
Sucedió que era tal la cantidad de oriental desengrasante cubriendo la habitación, que a la primera brizna de ceniza incandescente huida del extremo de mi cigarro, fue todo averno, apocalipsis, cataclismo, caldera del Botero, correr para salvar lo insustituible, retratos de mamá, la agenda de mis amantes, la botella de Vega Sicilia que nunca abro, esa camisa azul que me hace tan buen mozo. Y corro, corro, corro escaleras abajo, bendito primer piso, atropello al portero que ya se dispone a baldear agua, alcanzo la calle, toso, vuelvo a toser, retoso, un día de estos me tengo que quitar de fumar ¿o es que estoy intoxicado? Por si acaso entro en el bar de enfrente y me acogen compasivos, los brazos abiertos, qué quiere tomar joven, agua dadle agua, y yo que no, que no, que mejor un doble fresquito, bien sudado, que quita más la sed.
Total, que aquí andamos, como en fallas: fuego, cerveza y mucho jolgorio de vecinos, policías, bomberos, curiosos y la madre que les parió a todos. A ver qué dicen cuando se enteren dónde ha empezado el baile. Igual hasta me empapelan. Imprudencias varias y todo eso. Mejor me refugio donde el Jiménez, que es licenciado por partida doble y da mucho lustre cuando te sigue hasta el Rastro la autoridad. Emboco el metro, pues. Y en esto que sorprendo a la mosca detrás. La puta mosca. Arde mi casa, arden mis vecinos, y sin librarme de la mosca. Echate al hombre, compañera. Bendita mosca.

jueves, julio 19, 2007

Glorificacion del coño

Mi lengua tiene ratos de guadaña,
de saliva veloz, embravecida,
brutal de sexo y turbia desnudez,
agua de vuestra oculta fantasía

Jacinto Aguilar




Qué calidez, qué refugio del guerrero, qué consuelo de hipoteca, atasco y resaca, qué sentirse desfallecer de calma entre lo más tibio de la mujer, en su bahía de mar tan ufano. No hubo nunca esfuerzo más dulce que el de atracar con marea alta, descubrir nuevas calas donde beber su agua y su sal, acariciar con las mejillas el suave matorral de las dunas, adentrarse tierra adentro abandonado al aroma denso de su perpetuo estío.
En mis sueños de marino solitario quise ser patrón que amarrase cada noche en distinto puerto, áncora sumergida en mares diversos, en bulliciosas bahías francesas, en calas recogidas de Andalucía, en tropicales estuarios, en anchurosas playas americanas. Toda la costa quise recorrer a un lado y otro del ancho mundo, beber de todos los océanos, sumergirme profundo hasta las más recónditas fosas abisales.
Estudiaba preciso cada rompiente, cada maravilloso pliegue de la costa, igual un monte ribereño de oscura presencia que el interior de un golfo pálido, tan rosado su paisaje. No tenía tal vez sino la esperanza de encontrar un nuevo mar del Plata oloroso a buenos aires queridos, aromas venturosos de salitre y miel.
De todo encontré en mis viajes y pocas veces hube de sufrir mayor desaliento. Tal vez sólo aquélla ocasión en que un prometedor Pacífico se reveló tempestad de sargazo y mar gruesa por más que intentara raudo plegar mi vela. Y digo Pacífico porque así de dulce imaginaba yo el secreto de aquella dama que añoraba desde Murcia esta bendita Prosperidad. Pero no, fue mayor el deseo que su calma y embates me propinó que creí hundida mi carga hasta con salvavidas.
Mas, ya digo, devoción y placer casi siempre encontré entre tanta cadera. Pues ¿Qué puede sino encontrar un joven venturoso más acá de un muslo, más allá de un ombligo? ¿Puede haber mayor trémulo goce que deslizar un dedo bajo el encaje que oculta un tenue vello de gacela joven o, mejor aún, su ausencia? El premio debajo espera, todo candor, todo ansia nueva, todo tal vez premura por lo que será largo solazarse en la -ojalá- habilidad del amante.
Preciso a estas tórridas alturas de la conmiseración que me puedan otorgar los más castos de mis lectores, pues ya sé del escándalo que producen las cosas de sofá, hamaca o alcoba cuando no son fruto de la secreta contemplación de maese Vidal o de Celia la sin par. Pero sucede que no creo incurrir en mal por estas alabanzas donde no soy bárbaro ni soez, ni falto ni excesivo, ni macho castigador ni misógino desdeñoso. Sólo soy, ya ven, admiración, elogio, cumplido, inocente verso zurcido en un ribete de finísima lencería o, mal estudiante de pubis ajenos, piolet en tu monte, oh Venus, clavado.
Y de todos quisiera escribir, todos contemplar, mas sólo uno me es felizmente hoy ofrecido, uno que no pienso cantar porque bastante sabe en la penumbra cuánto lo puedo amar. Injusto para vosotros es, ya lo sé, pero uno que nunca fue caballero, al menos quiso arrimarse a una dama y las damas, amigos míos, nunca tuvieron entrepierna.

miércoles, julio 18, 2007

Romance de la secretaria casquivana y el ejecutivo traveston

La bella Inés presumía del culo mejor forjado de todo Azca. Su esfuerzo le costaba. Hora y media de gimnasio tras un parco bocadillo vegetal, natación al atardecer, pilates, sauna, ayunos de fin de semana, nada era suficiente para que ese sobresaliente trasero se mantuviera firme, enhiesto, terso y duro como acero de bola china.
Y qué decir del resto de su perfil si era incomparable su pecho altivo, bronceado aun en diciembre su cutis, pulido el verbo por los mejores educandos del Liceo Francés, la universidad privada, el curso de postgrado que mileuristas sólo soñaron. No podía ser más lucida su presencia en los despachos de dirección, entre maderas nobles, corbatas de seda y engominados piropos.
Se permitió hasta tener quien le ordenara, o mejor, quien solicitara su ayuda, pues tenía un fondo altruista, un deseo enloquecedor de entregarse a los demás confesó una noche con dos Absolut de más. Odiaba tomar decisiones, iniciativas, cosas que, en fin, correspondían al macho ejecutor. Así que buceaba orgullosa, entre las dos aguas del poder y la áurea servidumbre, por encima de todo que no fuera la odiosa decadencia anunciada de cada cumpleaños.
Mas una tarde de miércoles santo, cuando las horas corrían veloces hacia el avión que debía llevarla en tan señalado puente hasta Formentera, EL entró por la puerta de su despacho. Al primer vistazo lo supo arrogante, seductor, acostumbrado a embridar de Porsche para arriba, paseado en reservados donde sólo los elegidos tienen cobijo y saludo. Ignoraba aún que por el camino EL se había almorzado en Jockey con un concejal y un asesor inmobilliario de fuste, que había tomado una ducha rápida en su apartamento junto al Villamagna, que venía contento porque esa tarde cerraba un contrato que le subvencionaba diez días en Bariloche y mucho, mucho más.
Se hizo dueño de la situación desde el principio. La tierna Inés, en aquella enmoquetada orilla, no fue capaz sino de reír, balbucear, asentir con escasa presencia de ánimo ante el halcón que sobre su escritorio la invitaba a cenar con caída de ojos, demora tu vuelo, un sitio bonito y tranquilo, cava, velas, centollo, luego te acerco, todo el tiempo del mundo. Tú sabes.
Dijo sí, claro. Apenas recordó al salir de la ducha que debía cancelar su vuelo de media noche en primera, el hotel costero, el crucero de tres días, avisar a Paloma y Marta, qué cabrona tía, no nos hagas esto, lo siento, estoy fatal, la cabeza, la barriga, el mes, ya sabes, cada vez me alcanza antes, no voy a salir de la cama y lo dijo con media sonrisa que le supo a glorioso pecado carnal.




Intermedio dedicado a que la dama elija vestuario y yo me pueda poner un whisky.




Hasta bien entrada la madrugada, a Inés le supo el hombre a dulcísimos vino y miel. Vino de la cena, Vega Sicilia del 91, dos botellas con vistas al paseo de Recoletos y la miel de azahar que EL quiso derramar entre sus muslos antes de aplicarle profundo trabajo de lengua. Inés principió a consentir en tan pegajoso juego por el placer creado, continuó gozando a entraña abierta y acabose con espamos de mujer enamorada. Ahorro a los que aún fueran puros la gimnasia erótica que sucedió a tanta miel, tanta saliva, tanto jadeo, tanta coña, vamos.
Pero el destino es fiera cruel, amigos. Cuando mayor fue la felicidad de nuestra beldad al rozar el cuerpo de su amante mientras teñía de sol el gallo (sabido es lo de correr al alba, ay, amor mío, al alba), todo fue torcerse, todo fue una sorpresa más y no tan agradable. Sucedió que en alguna hora de acabado sueño, cuando Inés soñaba con angelitos del barrio de Salamanca, quiso EL O LO QUE FUERA, en levantarse y no encontrar mejor pijama que el tanga de cuidado encaje de ella, el liguero de provocadora negrura, medias a juego y una peluca trigueña que sólo algún dependiente de la calle Hortaleza sabe el lúbrico día que fue adquirida.
Así que allí tuvimos horror, gritos, votos a tal, llorar y rechinar de dientes, guei, guei y nada más que guei, disculpas de travesti con resaca, mi bisexualidad no es una barrera entre nosotros, todo eso que EL pensó poder compensar con un crujir de billetera. Mas era ya tarde entre los dos. Una educación cristiana acompleja mucho y la bella Inés tenía sus vicios, sus fantasías, sus excesos, pero nunca estuvo el acostarse con George Clooney y desayunar con Charlize Theron sin afeitar.
Qué hubieran hecho ustedes, lectoras de probada vergüenza, femineidad y sensatez sino tomar con pánico el ascensor, levantar el dedo ya desde el portal y gritar sobrecogidas en pos de un taxista comprensivo. Luego todo fue un jueves también santo en la ducha, geles, champús, cremas, zotal si hubiere, que en mi cuerpo de Serrano no entra gente así, que una es muy moderna pero muy decente, que una es riojana, qué horror de Madrid, si ya lo decía mamá, esto es un hoyo, depravados, maricones, drogadictos y así, yo me vuelvo al norte que con suerte encuentro a un señor de Gecho, gente como Dios manda, vascos, nada como un vasco, tan cristianos, tan hombrones, tan de sus cosas, tan de su temor de Arzallus.
Luego, cuando todo fue crema hidratante, sofá, cotilleos de sociedad y cuché, la conciencia quiso adormilarse, la bella encontró reposo, y en la calada melancólica de un Madrid abrileño creyó olvidar lo acontecido en la infausta jornada con el relajo de una Pompadour republicana.
Inés se asoma al balcón y mira a un barrendero detenido en medio del atardecer malva de Claudio Coello. Es un africano disfrazado de fósforo municipal y, casi como ella, fuma en una esquina mientras se apoya, distraído, en la papelera que acaba de vaciar. Y la bella tan de impudicia renovada, piensa que ese sí que tiene que ser todo un hombre, ese sí que no estará al amanecer, ese le da de hostias al de la peluca. Mira hacia los lados, Madrid es un páramo que descansa en Benidorm y lo mismo ese chico me escucha desde aquí, una voz, una invitación, una cosa rápida, qué apuro, pero total, si mañana es festivo, si mañana será otro día. Igual no me muevo de aquí.