Que no se note
Si hay algo que me pone enfermo del mejor de los mundos posibles en el que sobrevivimos es la admirable habilidad del común de los mortales para metérsela doblada y con vaselina hasta a su sombra. Quiero decir, miles de años de civilización, cristianismo, formación del espíritu nacional y educación para la ciudadanía se resumen en joder al vecino de enfrente pero sin armar demasiado jaleo y, a ser posible, con el recochineo de descargar parte de culpa en el propio afectado. Porque ya saben que hasta los hijos de puta tienen derecho a dormir con la conciencia tranquila.
Así, nos encontramos a diario con una pléyade de impolutos cabrones que cubre desde la desfachatez institucional de la ministra que descarga su responsabilidad en los malos usos y costumbres de los ciudadanos (querida Maleni…) hasta el funcionario de ventanilla que justifica su abulia crónica con la sufrida responsabilidad de gestionar durante seis horitas al día el burocrático desplume de los contribuyentes por el papá Estado. Y mejor ni hablamos de etarras con licencia para matar, constructores de manga ancha, concejales engrasados, vecinos paliza y ejecutivos cómodamente sentados sobre el sudor y el sueño ajeno.
Decía Federico Luppi en una inolvidable escena de “Martín H” que fueron listos los fachas, que jugaron para ganar a largo plazo y, ciertamente, así fue. Hartos de la lucha de clases, decidieron que la mejor forma de de vencer (y convencer) a los parias de la Tierra no era otra que ofrecerles un trozo del pastel, pequeño, manoseado, pero dulce al fin y al cabo. La izquierda, la gauche divine, los progres, no dudaron, no dudan, en pringarse diariamente hasta el codo con tan goloso regalo a la vez que se tapan las vergüenzas con manifestaciones republicanas, camisetas del Ché, democracia a la medida, difusas solidaridades y enardecidas blasfemias contra el “american way of life”.
El precio a pagar por los otros, la derecha fetén, la de siempre, no ha sido tanto en comparación con el rédito adquirido. Desde hace treinta años como poco vivimos en un oasis pútrido en el que campan por sus respetos la desidia, la corrupción, la hipocresía, la miseria moral, el rencor al prójimo y la incultura más absolutos. Aquí quien se mueve no es que no salga en la foto, sino que con suerte apenas le dejan salir de casa a comprar tabaco. Eso sí, todo perfumado con un estado de bienestar en retirada, buen rollito, una monarquía con oropel de clase media, tour operadores y mucho pisarle el cuello al ¿prójimo? pero sin que se note. Sobre todo que no se note.
Así, nos encontramos a diario con una pléyade de impolutos cabrones que cubre desde la desfachatez institucional de la ministra que descarga su responsabilidad en los malos usos y costumbres de los ciudadanos (querida Maleni…) hasta el funcionario de ventanilla que justifica su abulia crónica con la sufrida responsabilidad de gestionar durante seis horitas al día el burocrático desplume de los contribuyentes por el papá Estado. Y mejor ni hablamos de etarras con licencia para matar, constructores de manga ancha, concejales engrasados, vecinos paliza y ejecutivos cómodamente sentados sobre el sudor y el sueño ajeno.
Decía Federico Luppi en una inolvidable escena de “Martín H” que fueron listos los fachas, que jugaron para ganar a largo plazo y, ciertamente, así fue. Hartos de la lucha de clases, decidieron que la mejor forma de de vencer (y convencer) a los parias de la Tierra no era otra que ofrecerles un trozo del pastel, pequeño, manoseado, pero dulce al fin y al cabo. La izquierda, la gauche divine, los progres, no dudaron, no dudan, en pringarse diariamente hasta el codo con tan goloso regalo a la vez que se tapan las vergüenzas con manifestaciones republicanas, camisetas del Ché, democracia a la medida, difusas solidaridades y enardecidas blasfemias contra el “american way of life”.
El precio a pagar por los otros, la derecha fetén, la de siempre, no ha sido tanto en comparación con el rédito adquirido. Desde hace treinta años como poco vivimos en un oasis pútrido en el que campan por sus respetos la desidia, la corrupción, la hipocresía, la miseria moral, el rencor al prójimo y la incultura más absolutos. Aquí quien se mueve no es que no salga en la foto, sino que con suerte apenas le dejan salir de casa a comprar tabaco. Eso sí, todo perfumado con un estado de bienestar en retirada, buen rollito, una monarquía con oropel de clase media, tour operadores y mucho pisarle el cuello al ¿prójimo? pero sin que se note. Sobre todo que no se note.

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