Umbral
Descubrí a Umbral en plena adolescencia, en ese momento en que el joven diletante sólo está condicionado de manera decisiva por la economía de medios. Leía con el único criterio de no gastarme un duro, ya fuera por préstamo, robo o rastreo en la biblioteca doméstica. Debo aclarar que era ésta muy representativa de una familia en que un libro apenas tenía otro fin que entretener una perezosa tarde de domingo o la media hora previa al sueño. Me encontraba así los anaqueles del salón habitados por mucha literatura juvenil encabalgada sobre Episodios Nacionales, diccionarios enciclopédicos, el Quijote, un par de Biblias, el farallón de libros de pintura de mi padre y alguno de los primeros premios Planeta. No sé, bien mirado podría haber sido mucho peor.
Por ahí, por la cosa publicitaria de lo premiado, creo yo que entró en casa el primer y único libro de Paco Umbral que compraron mis padres. Era "Las ninfas", premio Nadal, novela (casi) autobiográfica y contemporánea del excepcional y desasosegante "Mortal y rosa"; que, sin embargo, aún tardaría en descubrir. Con "Las ninfas"; fui por primera vez consciente del significado de ese concepto, tan hermoso a veces, tan sectario otras, de gran literatura. Entreví entonces la fascinación por la escritura cincelada con mano de orfebre, el sobredorado de una historia que hablaba de nosotros, de los chicos de provincia forjados entre precoces masturbaciones, interminables recados y abulia existencial.
Luego, con los años, las bibliotecas y mis primeros sueldos fui devorando todos los costados del maestro: la rosa, el látigo, Valladolid, el columnismo, la noche, sus tres Españas (las dos que han de helarnos el corazón y María, su señora esposa), los alucinados, la madre muerta y, claro, Madrid como interminable género literario.
En general, Umbral ha sido leído poco y mal porque su escritura perpetua no es lo que a día de hoy se estila en una sociedad que forja casi en exclusiva escritores de best seller y lectores de aluvión. Más relevancia mediática ha tenido su personaje como víctima de parodias y polémicas en mi opinión irrelevantes para un tío que lleva cuarenta años haciendo la mejor prosa en castellano a este lado del charco. Tanto lo uno como lo otro me parece a mí que le da un poco igual. No me extraña. Al fin y al cabo, estar por encima del bien y del mal es un privilegio que sólo adorna a los genios.
Ultimamente le leo poco. Hace un par de años años compré "Madrid, tribu urbana" sólo por los diez minutos de descojone que me di en Fnac al verle en la sobrecubierta subido sobre una Harley Davidson con chaqueta azul marino y vaqueros rojos. Devoré el libro en una noche pero comprobé que entre toda esa coña lírica tan marca de la casa, se masticaba un cansancio que nos envejecía a ambos; tal vez se nos atragante "este montón de tiempo que somos". Luego, de vez en cuando, me sorprendo empezando El Mundo por el final sólo para comprobar desolado que nunca podré escribir como ese grandísimo cabrón y me da por pensar que, no sé, igual este fin de semana vuelvo a buscar entre el desorden de mi biblioteca "Trilogía de Madrid".
Por ahí, por la cosa publicitaria de lo premiado, creo yo que entró en casa el primer y único libro de Paco Umbral que compraron mis padres. Era "Las ninfas", premio Nadal, novela (casi) autobiográfica y contemporánea del excepcional y desasosegante "Mortal y rosa"; que, sin embargo, aún tardaría en descubrir. Con "Las ninfas"; fui por primera vez consciente del significado de ese concepto, tan hermoso a veces, tan sectario otras, de gran literatura. Entreví entonces la fascinación por la escritura cincelada con mano de orfebre, el sobredorado de una historia que hablaba de nosotros, de los chicos de provincia forjados entre precoces masturbaciones, interminables recados y abulia existencial.
Luego, con los años, las bibliotecas y mis primeros sueldos fui devorando todos los costados del maestro: la rosa, el látigo, Valladolid, el columnismo, la noche, sus tres Españas (las dos que han de helarnos el corazón y María, su señora esposa), los alucinados, la madre muerta y, claro, Madrid como interminable género literario.
En general, Umbral ha sido leído poco y mal porque su escritura perpetua no es lo que a día de hoy se estila en una sociedad que forja casi en exclusiva escritores de best seller y lectores de aluvión. Más relevancia mediática ha tenido su personaje como víctima de parodias y polémicas en mi opinión irrelevantes para un tío que lleva cuarenta años haciendo la mejor prosa en castellano a este lado del charco. Tanto lo uno como lo otro me parece a mí que le da un poco igual. No me extraña. Al fin y al cabo, estar por encima del bien y del mal es un privilegio que sólo adorna a los genios.
Ultimamente le leo poco. Hace un par de años años compré "Madrid, tribu urbana" sólo por los diez minutos de descojone que me di en Fnac al verle en la sobrecubierta subido sobre una Harley Davidson con chaqueta azul marino y vaqueros rojos. Devoré el libro en una noche pero comprobé que entre toda esa coña lírica tan marca de la casa, se masticaba un cansancio que nos envejecía a ambos; tal vez se nos atragante "este montón de tiempo que somos". Luego, de vez en cuando, me sorprendo empezando El Mundo por el final sólo para comprobar desolado que nunca podré escribir como ese grandísimo cabrón y me da por pensar que, no sé, igual este fin de semana vuelvo a buscar entre el desorden de mi biblioteca "Trilogía de Madrid".

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