Gatopardo
Me desayuno con la noticia de que la banca española aumentó un veintisiete por ciento sus beneficios el año pasado. Buena parte de ese crecimiento se debe a créditos hipotecarios. Normal. No me están contando nada nuevo pero no puedo evitar echarme a la calle de mala hostia. Pueril que es uno. Y es que en estos tiempos tan neocon en los que vivimos, despotricar del saludable y brutal margen de beneficios de una empresa es poco menos que motivo de excomunión. Pues muy bien. Como uno es ya de por sí incrédulo, eso que me ahorro.
Lo curioso es que esta noticia se ha repetido invariablemente todos los años hasta donde me alcanza la memoria, ya fuese con gobiernos de izquierda o derecha. Colijo entonces que pese a todo lo que ha llovido en los últimos treinta años, los fundamentos básicos de esta sociedad post-franquista han cambiado poco y probablemente, hasta se han visto fortalecidos. Lo cual supongo que será motivo de jolgorio para algunos y notoria putada para este resto cada vez más hipotecado.
Así las cosas, me vienen a la memoria las terriblemente lúcidas palabras de Alain Delon en “El gatopardo”: Todo debe cambiar para que todo siga igual. Tú lo has dicho, mon ami. En realidad, la magnífica película de Visconti resume acertadamente de principio a fin lo ocurrido en España desde la muerte del dictador hasta el día de hoy y lo peor de todo es que el resultado de situaciones parecidas a lo largo de la Historia no invita demasiado al optimismo. O mucho me equivoco o nos dirigimos hacia una democracia equívoca, tutelada cada vez más por grupos financieros sean del origen que sean y en donde la clase política apenas tendrá el encargo de dejarse engrasar a cambio de disfrazar convenientemente la impostada legalidad cuando no de desviar la atención de la masa hacia otro lado ¿Les suena?
Más ejemplos. Leo con estupor las declaraciones de un conocido empresario, magnate multimedia de la cosa sociata. Habla el personaje del “horror que supuso el franquismo” pero olvida que hasta los treinta años militó con desahogo en el Frente de Juventudes o que su fortuna naciera a la sombra de la administración fascista. Sin embargo, el paisanaje progre se pasea con la frente muy alta por llevar cada mañana bajo el brazo según qué periódico.
Claro, de la otra orilla mejor ni hablar. Sólo decir que mucho tendrían que explicar buena parte de los santurrones liberales de toda la vida que se pasean cada mañana por las páginas de la prensa diestra si alguien les preguntara de qué pie cojeaban en 1.970.
No tengo soluciones. Me limito a retratar una realidad de apisonadora para la que no encuentro una oposición organizada. Mi opción es la de colaborar con el sistema en la menor medida posible, empezando por no ejercer ni harto de copas el sacrosanto derecho al voto. No es mucho, lo sé, pero tampoco aspiro a cambiar nada porque no creo que las multitudes que me rodean se lo merezcan. Así revienten todos. Sólo estoy dispuesto, eso sí, a morir matando. Como diría Arturo, no me cogerán vivo.
Lo curioso es que esta noticia se ha repetido invariablemente todos los años hasta donde me alcanza la memoria, ya fuese con gobiernos de izquierda o derecha. Colijo entonces que pese a todo lo que ha llovido en los últimos treinta años, los fundamentos básicos de esta sociedad post-franquista han cambiado poco y probablemente, hasta se han visto fortalecidos. Lo cual supongo que será motivo de jolgorio para algunos y notoria putada para este resto cada vez más hipotecado.
Así las cosas, me vienen a la memoria las terriblemente lúcidas palabras de Alain Delon en “El gatopardo”: Todo debe cambiar para que todo siga igual. Tú lo has dicho, mon ami. En realidad, la magnífica película de Visconti resume acertadamente de principio a fin lo ocurrido en España desde la muerte del dictador hasta el día de hoy y lo peor de todo es que el resultado de situaciones parecidas a lo largo de la Historia no invita demasiado al optimismo. O mucho me equivoco o nos dirigimos hacia una democracia equívoca, tutelada cada vez más por grupos financieros sean del origen que sean y en donde la clase política apenas tendrá el encargo de dejarse engrasar a cambio de disfrazar convenientemente la impostada legalidad cuando no de desviar la atención de la masa hacia otro lado ¿Les suena?
Más ejemplos. Leo con estupor las declaraciones de un conocido empresario, magnate multimedia de la cosa sociata. Habla el personaje del “horror que supuso el franquismo” pero olvida que hasta los treinta años militó con desahogo en el Frente de Juventudes o que su fortuna naciera a la sombra de la administración fascista. Sin embargo, el paisanaje progre se pasea con la frente muy alta por llevar cada mañana bajo el brazo según qué periódico.
Claro, de la otra orilla mejor ni hablar. Sólo decir que mucho tendrían que explicar buena parte de los santurrones liberales de toda la vida que se pasean cada mañana por las páginas de la prensa diestra si alguien les preguntara de qué pie cojeaban en 1.970.
No tengo soluciones. Me limito a retratar una realidad de apisonadora para la que no encuentro una oposición organizada. Mi opción es la de colaborar con el sistema en la menor medida posible, empezando por no ejercer ni harto de copas el sacrosanto derecho al voto. No es mucho, lo sé, pero tampoco aspiro a cambiar nada porque no creo que las multitudes que me rodean se lo merezcan. Así revienten todos. Sólo estoy dispuesto, eso sí, a morir matando. Como diría Arturo, no me cogerán vivo.

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