jueves, mayo 03, 2007

Fumense un puro

Empecé a fumar tarde, aun para mi época. Hoy en día cualquier chico de diecisiete años tiene los pulmones como un minero pero en mi adolescencia lasaliana y faldera la cosa del tabaco tenía todavía mucho de tabú reservado a los mayores de la casa y a los quinquis del barrio. Diría que mis primeros cigarrillos de entresemana casi vinieron al tiempo del hachís universitario, cuando se empezaba a fumar Ducados por no andar todo el santo día puesto hasta las orejas. Luego, cosas de la hipotensión y el aburrimiento, uno dejó la grifa y se quedó con el tabaco como compaña para el whisky que ya trasegábamos con ansia de noctámbulos curtidos.
Con los años he fumado casi de todo lo que habita en un estanco. Desde los Celtas y Ducados de sargento legionario hasta el cinéfilo Lucky Strike. Por medio, media docena de marcas de rubio y negro sin contar madrugadas austeras en que uno se fumaba hasta las colillas del retrete. Así hasta hace dos telediarios como aquel que dice, justo cuando la cosa del cigarrillo empezó a darme menos satisfacciones que duelos y quebrantos. No oculto que la ley antitabaco ha terminado con mi adicción por vía del desequilibrio absoluto de mi consumo. Me explico. Durante años, el placer que me otorgaba el pitillo se fundamentaba en la distribución correcta de las dosis de nicotina que mi cuerpo iba necesitando. En el momento en que las restricciones descoyuntaron esa disciplina, sucedió que principié a padecer todas las afecciones que (casi) había eludido en mis casi tres lustros de fumador. Precisaba la misma dosis de droga pero sólo podía satisfacer mi necesidad a ratitos matutinos y en brutales sesiones compensatorias al caer la tarde. Los efectos fueron devastadores: en el último año sufría de tos, frecuente moqueo, cenas insípidas, pérdida de olfato. Varias veces intenté embridar el consumo, tres veces renuncié a mi llorado Lucky Strike y tres veces hube de regresar cubierto de remordimiento y frustración.
Así las cosas, en medio de un desenganche, preso del más atroz "mono", me dio por fumar puritos aromáticos como un engolosinado sustitutivo a lo que mi cuerpo a voces precisaba. Al principio fue peor el remedio que la enfermedad. Acostumbrado a fumar al modo del tabaco rubio, el hábito me hacía inconscientemente echar mano de la petaca de Vegafina a cada rato, con lo que en un par de horas mi garganta semejaba papel secante. Luego, con los días y la experiencia, que en definitiva lo es todo en este mundo, aprendí a dosificarme, a disfrutar de aquello que fumaba, algo que no me había ocurrido, creo yo, en años. Aún más, hace poco empecé a combinar los puritos con calibres mayores, como el Condal del nº 3 que me estoy fumando mientras escribo estas líneas, y oigan, les confieso que me está gustando la cosa. Dice mi novia que esto es matar moscas a cañonazos, que claro, que como voy a tener ganas de fumarme media cajetilla de Camel después de la chimenea habanera que anduve paseando por el Pirineo aragonés la pasada semana. Pues no sé, igual tiene razón mi santa pero lo cierto es que de momento estoy de la cosa pulmonar no diré que de maravilla pero considerablemente más oxigenado, me concentro más en los toros (un día hablaremos de la relación entre la Fiesta y el tabaco grueso) y, que coño, que diez años después he vuelto a disfrutar fumando.