Elogio de la jara
Para mi primita Jara, para que se ponga un poco más loca esta primavera
Dice Antonio Burgos que tan libre es la flor de la jara que cuando se la corta y se la lleva a la ciudad no tarda en agostarse y morir en el jarrón de la salita. Toda la literatura, todo el cancionero popular de nuestra tierra habla del azahar, del jazmín, del lirio y la albahaca, flores de ciudad, de calle perfumada y romántica madrugá pero nadie escribe sobre la jara, flor de campo, de serranía agreste, bravía, libre, crecida donde mejor encuentra acomodo.
Antaño fue compañera del trigal que cruzaba como un manto vegetal los costados del Guadalquivir. Lo blanco de su flor daba pespuntes de nieve al verde de los campos sin que nadie supiera de lo delicado de su olor, del tacto untuoso de su rama, de lo sincero de ser ella sola entre vegetaciones que se alzaban arrogantes ante su presencia pequeña, silente, anónima para la mayoría.
Hoy en día hay que asistir al primaveral renacer de la jara junto a los cercados de las casi extintas eras o en las cunetas de una carretera comarcal pero sólo en Sierra Morena derrama en abundancia su belleza. Sale uno casi de Córdoba hacia Almodóvar, Hornachuelos, por ahí, y la encuentra uno, casi besando donde concluye la ciudad, como un relicario que nos devuelve lo que de agro tiene nuestra vida de nuevos urbanitas aún olorosos a muladar campesino. Aquí y allá distribuye su hoja callada, apenas rumorosa, protegida entre tomillares y matorral. Pocos reconocen su presencia, tan discreta frente a la exuberancia de la amapola y la lozana popularidad de la margarita pero yo, a veces, entre la multitud de flores que otorga la primavera, la entreveo, le perdono el capricho de su libertad, la distingo con mi cariño de andaluz expatriado, la extraño en esta recia distancia de Castilla donde no puede brotar porque no es sino esencia de la tierra mía.
Queda así este romance nostálgico que no es sino añoranza primaveral escrita del andaluz que me habita, de lo que de hermosura desconocida se extiende entre barrancas y olivares cuando un tren como cuadrilla de jinetes blancos me vuelve arrebatar la juventud en un domingo que siempre es de pasión.
Esta semana vuelvo allí y trataré de buscarla entre las demás flores, tal vez haré un ramito que llevaré en el tren para que, cuando a mi espalda Córdoba quede, no se me olvide lo que tengo de andaluz altivo, libre y solo. Como fueron todos los míos. Como la flor de la jara.
Dice Antonio Burgos que tan libre es la flor de la jara que cuando se la corta y se la lleva a la ciudad no tarda en agostarse y morir en el jarrón de la salita. Toda la literatura, todo el cancionero popular de nuestra tierra habla del azahar, del jazmín, del lirio y la albahaca, flores de ciudad, de calle perfumada y romántica madrugá pero nadie escribe sobre la jara, flor de campo, de serranía agreste, bravía, libre, crecida donde mejor encuentra acomodo.
Antaño fue compañera del trigal que cruzaba como un manto vegetal los costados del Guadalquivir. Lo blanco de su flor daba pespuntes de nieve al verde de los campos sin que nadie supiera de lo delicado de su olor, del tacto untuoso de su rama, de lo sincero de ser ella sola entre vegetaciones que se alzaban arrogantes ante su presencia pequeña, silente, anónima para la mayoría.
Hoy en día hay que asistir al primaveral renacer de la jara junto a los cercados de las casi extintas eras o en las cunetas de una carretera comarcal pero sólo en Sierra Morena derrama en abundancia su belleza. Sale uno casi de Córdoba hacia Almodóvar, Hornachuelos, por ahí, y la encuentra uno, casi besando donde concluye la ciudad, como un relicario que nos devuelve lo que de agro tiene nuestra vida de nuevos urbanitas aún olorosos a muladar campesino. Aquí y allá distribuye su hoja callada, apenas rumorosa, protegida entre tomillares y matorral. Pocos reconocen su presencia, tan discreta frente a la exuberancia de la amapola y la lozana popularidad de la margarita pero yo, a veces, entre la multitud de flores que otorga la primavera, la entreveo, le perdono el capricho de su libertad, la distingo con mi cariño de andaluz expatriado, la extraño en esta recia distancia de Castilla donde no puede brotar porque no es sino esencia de la tierra mía.
Queda así este romance nostálgico que no es sino añoranza primaveral escrita del andaluz que me habita, de lo que de hermosura desconocida se extiende entre barrancas y olivares cuando un tren como cuadrilla de jinetes blancos me vuelve arrebatar la juventud en un domingo que siempre es de pasión.
Esta semana vuelvo allí y trataré de buscarla entre las demás flores, tal vez haré un ramito que llevaré en el tren para que, cuando a mi espalda Córdoba quede, no se me olvide lo que tengo de andaluz altivo, libre y solo. Como fueron todos los míos. Como la flor de la jara.

1 Comments:
¿Tú "primita" Jara sigo siendo yo?
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