miércoles, julio 18, 2007

Romance de la secretaria casquivana y el ejecutivo traveston

La bella Inés presumía del culo mejor forjado de todo Azca. Su esfuerzo le costaba. Hora y media de gimnasio tras un parco bocadillo vegetal, natación al atardecer, pilates, sauna, ayunos de fin de semana, nada era suficiente para que ese sobresaliente trasero se mantuviera firme, enhiesto, terso y duro como acero de bola china.
Y qué decir del resto de su perfil si era incomparable su pecho altivo, bronceado aun en diciembre su cutis, pulido el verbo por los mejores educandos del Liceo Francés, la universidad privada, el curso de postgrado que mileuristas sólo soñaron. No podía ser más lucida su presencia en los despachos de dirección, entre maderas nobles, corbatas de seda y engominados piropos.
Se permitió hasta tener quien le ordenara, o mejor, quien solicitara su ayuda, pues tenía un fondo altruista, un deseo enloquecedor de entregarse a los demás confesó una noche con dos Absolut de más. Odiaba tomar decisiones, iniciativas, cosas que, en fin, correspondían al macho ejecutor. Así que buceaba orgullosa, entre las dos aguas del poder y la áurea servidumbre, por encima de todo que no fuera la odiosa decadencia anunciada de cada cumpleaños.
Mas una tarde de miércoles santo, cuando las horas corrían veloces hacia el avión que debía llevarla en tan señalado puente hasta Formentera, EL entró por la puerta de su despacho. Al primer vistazo lo supo arrogante, seductor, acostumbrado a embridar de Porsche para arriba, paseado en reservados donde sólo los elegidos tienen cobijo y saludo. Ignoraba aún que por el camino EL se había almorzado en Jockey con un concejal y un asesor inmobilliario de fuste, que había tomado una ducha rápida en su apartamento junto al Villamagna, que venía contento porque esa tarde cerraba un contrato que le subvencionaba diez días en Bariloche y mucho, mucho más.
Se hizo dueño de la situación desde el principio. La tierna Inés, en aquella enmoquetada orilla, no fue capaz sino de reír, balbucear, asentir con escasa presencia de ánimo ante el halcón que sobre su escritorio la invitaba a cenar con caída de ojos, demora tu vuelo, un sitio bonito y tranquilo, cava, velas, centollo, luego te acerco, todo el tiempo del mundo. Tú sabes.
Dijo sí, claro. Apenas recordó al salir de la ducha que debía cancelar su vuelo de media noche en primera, el hotel costero, el crucero de tres días, avisar a Paloma y Marta, qué cabrona tía, no nos hagas esto, lo siento, estoy fatal, la cabeza, la barriga, el mes, ya sabes, cada vez me alcanza antes, no voy a salir de la cama y lo dijo con media sonrisa que le supo a glorioso pecado carnal.




Intermedio dedicado a que la dama elija vestuario y yo me pueda poner un whisky.




Hasta bien entrada la madrugada, a Inés le supo el hombre a dulcísimos vino y miel. Vino de la cena, Vega Sicilia del 91, dos botellas con vistas al paseo de Recoletos y la miel de azahar que EL quiso derramar entre sus muslos antes de aplicarle profundo trabajo de lengua. Inés principió a consentir en tan pegajoso juego por el placer creado, continuó gozando a entraña abierta y acabose con espamos de mujer enamorada. Ahorro a los que aún fueran puros la gimnasia erótica que sucedió a tanta miel, tanta saliva, tanto jadeo, tanta coña, vamos.
Pero el destino es fiera cruel, amigos. Cuando mayor fue la felicidad de nuestra beldad al rozar el cuerpo de su amante mientras teñía de sol el gallo (sabido es lo de correr al alba, ay, amor mío, al alba), todo fue torcerse, todo fue una sorpresa más y no tan agradable. Sucedió que en alguna hora de acabado sueño, cuando Inés soñaba con angelitos del barrio de Salamanca, quiso EL O LO QUE FUERA, en levantarse y no encontrar mejor pijama que el tanga de cuidado encaje de ella, el liguero de provocadora negrura, medias a juego y una peluca trigueña que sólo algún dependiente de la calle Hortaleza sabe el lúbrico día que fue adquirida.
Así que allí tuvimos horror, gritos, votos a tal, llorar y rechinar de dientes, guei, guei y nada más que guei, disculpas de travesti con resaca, mi bisexualidad no es una barrera entre nosotros, todo eso que EL pensó poder compensar con un crujir de billetera. Mas era ya tarde entre los dos. Una educación cristiana acompleja mucho y la bella Inés tenía sus vicios, sus fantasías, sus excesos, pero nunca estuvo el acostarse con George Clooney y desayunar con Charlize Theron sin afeitar.
Qué hubieran hecho ustedes, lectoras de probada vergüenza, femineidad y sensatez sino tomar con pánico el ascensor, levantar el dedo ya desde el portal y gritar sobrecogidas en pos de un taxista comprensivo. Luego todo fue un jueves también santo en la ducha, geles, champús, cremas, zotal si hubiere, que en mi cuerpo de Serrano no entra gente así, que una es muy moderna pero muy decente, que una es riojana, qué horror de Madrid, si ya lo decía mamá, esto es un hoyo, depravados, maricones, drogadictos y así, yo me vuelvo al norte que con suerte encuentro a un señor de Gecho, gente como Dios manda, vascos, nada como un vasco, tan cristianos, tan hombrones, tan de sus cosas, tan de su temor de Arzallus.
Luego, cuando todo fue crema hidratante, sofá, cotilleos de sociedad y cuché, la conciencia quiso adormilarse, la bella encontró reposo, y en la calada melancólica de un Madrid abrileño creyó olvidar lo acontecido en la infausta jornada con el relajo de una Pompadour republicana.
Inés se asoma al balcón y mira a un barrendero detenido en medio del atardecer malva de Claudio Coello. Es un africano disfrazado de fósforo municipal y, casi como ella, fuma en una esquina mientras se apoya, distraído, en la papelera que acaba de vaciar. Y la bella tan de impudicia renovada, piensa que ese sí que tiene que ser todo un hombre, ese sí que no estará al amanecer, ese le da de hostias al de la peluca. Mira hacia los lados, Madrid es un páramo que descansa en Benidorm y lo mismo ese chico me escucha desde aquí, una voz, una invitación, una cosa rápida, qué apuro, pero total, si mañana es festivo, si mañana será otro día. Igual no me muevo de aquí.