jueves, julio 19, 2007

Glorificacion del coño

Mi lengua tiene ratos de guadaña,
de saliva veloz, embravecida,
brutal de sexo y turbia desnudez,
agua de vuestra oculta fantasía

Jacinto Aguilar




Qué calidez, qué refugio del guerrero, qué consuelo de hipoteca, atasco y resaca, qué sentirse desfallecer de calma entre lo más tibio de la mujer, en su bahía de mar tan ufano. No hubo nunca esfuerzo más dulce que el de atracar con marea alta, descubrir nuevas calas donde beber su agua y su sal, acariciar con las mejillas el suave matorral de las dunas, adentrarse tierra adentro abandonado al aroma denso de su perpetuo estío.
En mis sueños de marino solitario quise ser patrón que amarrase cada noche en distinto puerto, áncora sumergida en mares diversos, en bulliciosas bahías francesas, en calas recogidas de Andalucía, en tropicales estuarios, en anchurosas playas americanas. Toda la costa quise recorrer a un lado y otro del ancho mundo, beber de todos los océanos, sumergirme profundo hasta las más recónditas fosas abisales.
Estudiaba preciso cada rompiente, cada maravilloso pliegue de la costa, igual un monte ribereño de oscura presencia que el interior de un golfo pálido, tan rosado su paisaje. No tenía tal vez sino la esperanza de encontrar un nuevo mar del Plata oloroso a buenos aires queridos, aromas venturosos de salitre y miel.
De todo encontré en mis viajes y pocas veces hube de sufrir mayor desaliento. Tal vez sólo aquélla ocasión en que un prometedor Pacífico se reveló tempestad de sargazo y mar gruesa por más que intentara raudo plegar mi vela. Y digo Pacífico porque así de dulce imaginaba yo el secreto de aquella dama que añoraba desde Murcia esta bendita Prosperidad. Pero no, fue mayor el deseo que su calma y embates me propinó que creí hundida mi carga hasta con salvavidas.
Mas, ya digo, devoción y placer casi siempre encontré entre tanta cadera. Pues ¿Qué puede sino encontrar un joven venturoso más acá de un muslo, más allá de un ombligo? ¿Puede haber mayor trémulo goce que deslizar un dedo bajo el encaje que oculta un tenue vello de gacela joven o, mejor aún, su ausencia? El premio debajo espera, todo candor, todo ansia nueva, todo tal vez premura por lo que será largo solazarse en la -ojalá- habilidad del amante.
Preciso a estas tórridas alturas de la conmiseración que me puedan otorgar los más castos de mis lectores, pues ya sé del escándalo que producen las cosas de sofá, hamaca o alcoba cuando no son fruto de la secreta contemplación de maese Vidal o de Celia la sin par. Pero sucede que no creo incurrir en mal por estas alabanzas donde no soy bárbaro ni soez, ni falto ni excesivo, ni macho castigador ni misógino desdeñoso. Sólo soy, ya ven, admiración, elogio, cumplido, inocente verso zurcido en un ribete de finísima lencería o, mal estudiante de pubis ajenos, piolet en tu monte, oh Venus, clavado.
Y de todos quisiera escribir, todos contemplar, mas sólo uno me es felizmente hoy ofrecido, uno que no pienso cantar porque bastante sabe en la penumbra cuánto lo puedo amar. Injusto para vosotros es, ya lo sé, pero uno que nunca fue caballero, al menos quiso arrimarse a una dama y las damas, amigos míos, nunca tuvieron entrepierna.