Balada de mileuristas (I)
La ciudad es malva, o azul, o tal vez gris, o igual es grisazul, tal vez de ese color submarino que precede al primer rayo de sol. Subo a la azotea cada noche, cada tarde, cuando todos los colores se derraman pesados y tristes sobre los tejados, para adivinar el secreto que se esconde por encima del asfalto furioso y las fúnebres oficinas.
La ciudad desde aquí es cementerio de buques hundidos, un farallón de aires difíciles, una arquitectura desbaratada por los siglos y la voluntad de criminales impunes. La ciudad parecía tener un ansia de altura, de elevarse cada vez más hacia Dios, pero yo sabía que, en realidad, era el suyo un espíritu terrenal que manaba aquí y allá por entre las costuras de poblachón sitiado entre cristales. Como el pájaro atado de un cordel al suelo que trata inútilmente de echar a volar. Volar era nuestro yo más sincero y el cordel la realidad que devoraba cada vez con más saña la esperanza de alcanzar el cielo. Pero aún no parecían demasiado lejos las nubes, y más aún desde aquella azotea blanca, rosada, suburbial, nocturna.
En aquellas noches de hachís y azotea podía uno encontrar soluciones al amasijo de dudas que nos asolaban los días de tristeza, desamor y lumpen. Porque no era cierto que el aire de la mañana borrase nuestras miserias. Muy al contrario, ese aire nos devolvía el rumor de los autobuses, del café industrial, de los ordenadores, de las comidas recalentadas, de todas las pequeñas decepciones cotidianas. En la noche, sin embargo, podía lucir el oro denso que nos habitaba, el muñón libertario de los sueños que habían gillotinado, sucesivamente, la familia, la empresa, el mundo.
Políticos al servicio del pueblo hablaban por televisión y yo adivinaba en ellos un fondo gastado, como en sepia, algo a medio camino entre un congresista californiano y el director de un concesionario de la Seat. Debían sentirse encantados de haberse conocido cuando se llenaban la boca de discursos con mucha mercadotecnia de lugares comunes pero yo sentía que todo aquello era una opereta de tercera con pésimos actores y un argumento masticado hasta el vómito. Así las cosas, pronto le perdí todo interés a la política y sigo, claro está, sin recuperarlo.
Respecto a mis conciudadanos de trabajo y vecindario, estaban tan muertos como mi bisabuela, sumidos como estaban en sus manejos y especulaciones. Eran un mal innecesario, gentes que en general me repugnaban, dado que habían asumido como propio todo aquello que ensuciaba el paisaje de alrededor.
Las vecinas tenían niños, cotilleos, fajos sudorosos de dinero, y los del trabajo corbatas de jóvenes neocon, de tal modo que todos los que no eran como yo me parecían perfectamente prescindibles, tan metidos en su papel de marujas enriquecidas y ejecutivos golpistas. Unas y otros, ya digo, me la traían floja.
Sucede que un mileurista habita un lugar ambiguo, impreciso, poco concreto, excesivamente ilustrado para ser un menestral pero tan escaso de liquidez como un adolescente. En el metro podía distinguirlos perfectamente: desaliño estudiado, mal afeitados, libros de bolsillo, perfumados con resaca y colonia barata, adormilados, todo mala leche reconcentrada. A los treinta años se supone que uno se debe sentir completo, exultante, toda esa gilipollez hortera de la realización personal, por otro lado tan fascista. Para nosotros nada de eso era propio y además empezaba a dudar uno de la felicidad que semejante estado podía proporcionar.
El mileurismo es un tener a ratos al alcance de la mano el paraíso fulgente que nos fue prometido para luego sentir al acostarte que cada día estaba un poco más lejos. De modo que la mayoría del tiempo concluía uno que la teoría de los mil euros era una dialéctica de la estupidez y el fracaso traída al galope sobre el nuevo siglo. Por encima y por debajo no había sino pobreza moral y de la otra.
Así que estábamos en tierra de nadie, la escombrera de todos los errores cometidos desde hace medio siglo sobre nuestras espaldas, aguantando porque sino sólo se podía ser menos que cero. Alguno, claro está, accedía de vez en cuando al Edén de los despachos con secretaria, el menú ejecutivo, apartamento con piscina comunitaria, audi cargado de caballos y la novia libre de escrúpulos. Entonces puede que sí pudiera sentirse realizado y tal porque encontraba que antes de los cuarenta había conseguido acariciar un pedazo de sus sueños mientras dejaba atrás a quienes aún seguíamos recibiendo revolcones sin secretarias, caballos, novias del barrio de Salamanca ni hostias.
Un mileurista es un tío al que tumban sobre la lona cada diez minutos para volverse a levantar una y otra vez, mientras que a su alrededor se habla de hipotecas, hijos, televisores de plasma y vacaciones en el Caribe. Por lo demás, existía la probabilidad más o menos lejana de que un día nos fuera concedido todo eso: la probabilidad de la hipoteca, la probabilidad de los hijos, la probabilidad del Caribe. Así, éramos sólo una probabilidad. Ergo, no éramos nada.
Leía a Schopenhauer, aquel señor alemán tan antipático, tan pesimista y tan ácrata. Schopenhauer decía que el hombre es en el fondo un horrible animal salvaje y era como si hubiera escrito lo que yo sentía a cada paso de mi existencia. No quería ser un horrible animal de esos pero además encontraba que el premio imponía la factura de mudar en fiera depredadora. Mas, como nunca parecía llegar mi momento, aún podía sentirme víctima inocente, presta a no ser devorada sin lucha y aún a hacerme pajas sobre quien tratara de tirarse sobre mi cuello.
Había que esperar, pues. Con paciencia, vino y sexo, mucho sexo. Con nosotros mismos o con los demás. Sexo sin romanticismo, sin alarde ni belleza, más bien con mucha pornografía impostada, suciedad de cuarto alquilado y sabor a borrachera urgente. Luego se siente uno mal porque lleva tres pajas en un día, dos amantes en un mes o un descubierto en putas, y encima teniendo que encadenar domingos alienados porque pasó el momento de creer en Dios y en el fútbol. Todo el andamiaje de oficinista responsable, de universitario cultivado, de futuro cabeza de familia, de disciplinado contribuyente, se viene abajo en media hora de refriega lúbrica. Afortunadamente, luego hay toda una semana para reconstruirse a golpe de facturas y remordimiento.
Decía Bukowsky que los parados follan mejor. Sexualmente hablando, el mileurista es un parado al que se le ha permitido oler perfume caro y que de refilón pudo ver un día el tanga de la secretaria de dirección. Así que deduzcan en qué estado se encuentra su líbido. Algún médico seguro que encontrará en esto ocasión para ejemplificar alguna conducta antisocial o infantiloide. Para mí simplemente se confirma que el sexo es el pasatiempo de quien no tiene un duro y todo lo demás son ganas de tocar los cojones.
En realidad, el mileurista folla poco, se masturba mucho o se hace maricón. Y encima suele encamarse no con quien quiere sino con quien le deja aunque al final, inexplicablemente, acabe un poco enamorado justo a esa hora en que la ninfa de Cuatro Caminos o de Nou Barris empieza a recoger del suelo los calcetines y el sujetador. Piensa entonces que le gustaría una de esas chicas a las que no espera nadie para comer porque su vida está, decíamos ayer, completa, feliz, realizada, segura en sí misma y en su mundo. Lo que pasa es que tantas seguridades se terminan convirtiendo en un arma arrojadiza donde uno empieza echando polvos de Chanel y termina pagando números rojos de la tarjeta del Corte Inglés.
Así íbamos pasando el rato, los días, las cosas, entre música de transistor antiguo, cigarrillos, libros de saldo y vecinos gritones. El residuo doméstico de cada crepúsculo. Me vuelvo a subir a la azotea. La ciudad ante mí, como una amenaza y una promesa.
¿Qué va a ser de nosotros?
La ciudad desde aquí es cementerio de buques hundidos, un farallón de aires difíciles, una arquitectura desbaratada por los siglos y la voluntad de criminales impunes. La ciudad parecía tener un ansia de altura, de elevarse cada vez más hacia Dios, pero yo sabía que, en realidad, era el suyo un espíritu terrenal que manaba aquí y allá por entre las costuras de poblachón sitiado entre cristales. Como el pájaro atado de un cordel al suelo que trata inútilmente de echar a volar. Volar era nuestro yo más sincero y el cordel la realidad que devoraba cada vez con más saña la esperanza de alcanzar el cielo. Pero aún no parecían demasiado lejos las nubes, y más aún desde aquella azotea blanca, rosada, suburbial, nocturna.
En aquellas noches de hachís y azotea podía uno encontrar soluciones al amasijo de dudas que nos asolaban los días de tristeza, desamor y lumpen. Porque no era cierto que el aire de la mañana borrase nuestras miserias. Muy al contrario, ese aire nos devolvía el rumor de los autobuses, del café industrial, de los ordenadores, de las comidas recalentadas, de todas las pequeñas decepciones cotidianas. En la noche, sin embargo, podía lucir el oro denso que nos habitaba, el muñón libertario de los sueños que habían gillotinado, sucesivamente, la familia, la empresa, el mundo.
Políticos al servicio del pueblo hablaban por televisión y yo adivinaba en ellos un fondo gastado, como en sepia, algo a medio camino entre un congresista californiano y el director de un concesionario de la Seat. Debían sentirse encantados de haberse conocido cuando se llenaban la boca de discursos con mucha mercadotecnia de lugares comunes pero yo sentía que todo aquello era una opereta de tercera con pésimos actores y un argumento masticado hasta el vómito. Así las cosas, pronto le perdí todo interés a la política y sigo, claro está, sin recuperarlo.
Respecto a mis conciudadanos de trabajo y vecindario, estaban tan muertos como mi bisabuela, sumidos como estaban en sus manejos y especulaciones. Eran un mal innecesario, gentes que en general me repugnaban, dado que habían asumido como propio todo aquello que ensuciaba el paisaje de alrededor.
Las vecinas tenían niños, cotilleos, fajos sudorosos de dinero, y los del trabajo corbatas de jóvenes neocon, de tal modo que todos los que no eran como yo me parecían perfectamente prescindibles, tan metidos en su papel de marujas enriquecidas y ejecutivos golpistas. Unas y otros, ya digo, me la traían floja.
Sucede que un mileurista habita un lugar ambiguo, impreciso, poco concreto, excesivamente ilustrado para ser un menestral pero tan escaso de liquidez como un adolescente. En el metro podía distinguirlos perfectamente: desaliño estudiado, mal afeitados, libros de bolsillo, perfumados con resaca y colonia barata, adormilados, todo mala leche reconcentrada. A los treinta años se supone que uno se debe sentir completo, exultante, toda esa gilipollez hortera de la realización personal, por otro lado tan fascista. Para nosotros nada de eso era propio y además empezaba a dudar uno de la felicidad que semejante estado podía proporcionar.
El mileurismo es un tener a ratos al alcance de la mano el paraíso fulgente que nos fue prometido para luego sentir al acostarte que cada día estaba un poco más lejos. De modo que la mayoría del tiempo concluía uno que la teoría de los mil euros era una dialéctica de la estupidez y el fracaso traída al galope sobre el nuevo siglo. Por encima y por debajo no había sino pobreza moral y de la otra.
Así que estábamos en tierra de nadie, la escombrera de todos los errores cometidos desde hace medio siglo sobre nuestras espaldas, aguantando porque sino sólo se podía ser menos que cero. Alguno, claro está, accedía de vez en cuando al Edén de los despachos con secretaria, el menú ejecutivo, apartamento con piscina comunitaria, audi cargado de caballos y la novia libre de escrúpulos. Entonces puede que sí pudiera sentirse realizado y tal porque encontraba que antes de los cuarenta había conseguido acariciar un pedazo de sus sueños mientras dejaba atrás a quienes aún seguíamos recibiendo revolcones sin secretarias, caballos, novias del barrio de Salamanca ni hostias.
Un mileurista es un tío al que tumban sobre la lona cada diez minutos para volverse a levantar una y otra vez, mientras que a su alrededor se habla de hipotecas, hijos, televisores de plasma y vacaciones en el Caribe. Por lo demás, existía la probabilidad más o menos lejana de que un día nos fuera concedido todo eso: la probabilidad de la hipoteca, la probabilidad de los hijos, la probabilidad del Caribe. Así, éramos sólo una probabilidad. Ergo, no éramos nada.
Leía a Schopenhauer, aquel señor alemán tan antipático, tan pesimista y tan ácrata. Schopenhauer decía que el hombre es en el fondo un horrible animal salvaje y era como si hubiera escrito lo que yo sentía a cada paso de mi existencia. No quería ser un horrible animal de esos pero además encontraba que el premio imponía la factura de mudar en fiera depredadora. Mas, como nunca parecía llegar mi momento, aún podía sentirme víctima inocente, presta a no ser devorada sin lucha y aún a hacerme pajas sobre quien tratara de tirarse sobre mi cuello.
Había que esperar, pues. Con paciencia, vino y sexo, mucho sexo. Con nosotros mismos o con los demás. Sexo sin romanticismo, sin alarde ni belleza, más bien con mucha pornografía impostada, suciedad de cuarto alquilado y sabor a borrachera urgente. Luego se siente uno mal porque lleva tres pajas en un día, dos amantes en un mes o un descubierto en putas, y encima teniendo que encadenar domingos alienados porque pasó el momento de creer en Dios y en el fútbol. Todo el andamiaje de oficinista responsable, de universitario cultivado, de futuro cabeza de familia, de disciplinado contribuyente, se viene abajo en media hora de refriega lúbrica. Afortunadamente, luego hay toda una semana para reconstruirse a golpe de facturas y remordimiento.
Decía Bukowsky que los parados follan mejor. Sexualmente hablando, el mileurista es un parado al que se le ha permitido oler perfume caro y que de refilón pudo ver un día el tanga de la secretaria de dirección. Así que deduzcan en qué estado se encuentra su líbido. Algún médico seguro que encontrará en esto ocasión para ejemplificar alguna conducta antisocial o infantiloide. Para mí simplemente se confirma que el sexo es el pasatiempo de quien no tiene un duro y todo lo demás son ganas de tocar los cojones.
En realidad, el mileurista folla poco, se masturba mucho o se hace maricón. Y encima suele encamarse no con quien quiere sino con quien le deja aunque al final, inexplicablemente, acabe un poco enamorado justo a esa hora en que la ninfa de Cuatro Caminos o de Nou Barris empieza a recoger del suelo los calcetines y el sujetador. Piensa entonces que le gustaría una de esas chicas a las que no espera nadie para comer porque su vida está, decíamos ayer, completa, feliz, realizada, segura en sí misma y en su mundo. Lo que pasa es que tantas seguridades se terminan convirtiendo en un arma arrojadiza donde uno empieza echando polvos de Chanel y termina pagando números rojos de la tarjeta del Corte Inglés.
Así íbamos pasando el rato, los días, las cosas, entre música de transistor antiguo, cigarrillos, libros de saldo y vecinos gritones. El residuo doméstico de cada crepúsculo. Me vuelvo a subir a la azotea. La ciudad ante mí, como una amenaza y una promesa.
¿Qué va a ser de nosotros?

2 Comments:
Tío, la verdad es que no puedo pararme a leer todas lo que escribes, pero si vas a sacar un libro, ya tienes librería para presentarlo.
No nos defraudes.
Un abrazo.
Oye paquito, a ver si escribes ya que te noto un poco perrote, sera el verano y tanta verbena que no te deja inspirarte.
Un beso¡¡¡¡
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