Mi hermano el torero
Para Nerea y Cayetano, con amor
A mi hermano el torero se le ponían los seiscientos fuera de cacho cuando aún éramos chinorris en la esquina de nuestra calle. Y aunque la calle era avenida y mi hermano aún no había tomado la alternativa de la mano de Chenel, se soltaba unas chicuelinas con un jersey de pico que ya podía haber levantado la cabeza el Guerra para ver lo que por Gran Vía Parque se meneaba.
Cayetano tenía, tiene, nombre de torero antiguo y afición de familia cordobesa hasta las cachas, de los que habían visto partirse el pecho a Manolete en Linares o derribar entre lagrimones el Coso de Tejares. Yo, claro, no era más que un advenedizo con veleidades de puntillero en plaza portátil y luego, con los años y las melopeas se ha consolidado nuestra trayectoria, pues aquí el fenómeno sigue pegado desde Cartagena a la taleguilla de Talavante y yo me conformo con hacer verónicas horrendas a toros que están por nacer.
Un poner. Una vez nos fuimos a un documental sobre Manolete y ponían al Monstruo de fascista y drogata para arriba. Cayetano casi le pega fuego al local y a mí la cosa como que me la trajo al pairo. Lo mismo entonces descubrí la distancia que separa el tomarse las cosas a pecho y el ser un despreocupado de casi todo lo que anda por la calle. Manolete no era más que un hombre por encima del bien y del mal, como todos los cordobeses, y lo demás es mayormente literatura, añoranzas del maestro Tomás y una canción, por cierto admirable, de Joaquín Sabina. Pero aquí el padrino de mis hijos imposibles se puso como un basilisco y, conociéndole, yo creo que aún le dura el cabreo.
Luego, como suele pasar, el director de lidia se enamoró de un bombón murciano y acá que andamos la cuadrilla dando cabezazos y malos quites hasta que venga un día de estos a reaparecer como Juncal en la Maestranza, pues ya saben que lo del próximo Califa se vende caro. Y aviso a Villán para que cuando vuelva su pluma no lo maltrate, a Victorino para que sus hijos no hagan sufrir a la señá Mercedes, a Luis Francisco para que nos aguante de pie lo justo para pasarle los trastos manque sea recosido hasta el alma.
Y que yo lo vea, compañero del alma, compañero, con un pie en el albero, mordiendo olivo y ganas entre nubes de tabaco como Paula o presto a sacarnos con los pies por delante para luego volver, siempre volver, sin la frente marchita, la risa gastada y mil pares de cojones. Los cojones de mi hermano, ay mi henmano, el bueno del Cayetano.
A mi hermano el torero se le ponían los seiscientos fuera de cacho cuando aún éramos chinorris en la esquina de nuestra calle. Y aunque la calle era avenida y mi hermano aún no había tomado la alternativa de la mano de Chenel, se soltaba unas chicuelinas con un jersey de pico que ya podía haber levantado la cabeza el Guerra para ver lo que por Gran Vía Parque se meneaba.
Cayetano tenía, tiene, nombre de torero antiguo y afición de familia cordobesa hasta las cachas, de los que habían visto partirse el pecho a Manolete en Linares o derribar entre lagrimones el Coso de Tejares. Yo, claro, no era más que un advenedizo con veleidades de puntillero en plaza portátil y luego, con los años y las melopeas se ha consolidado nuestra trayectoria, pues aquí el fenómeno sigue pegado desde Cartagena a la taleguilla de Talavante y yo me conformo con hacer verónicas horrendas a toros que están por nacer.
Un poner. Una vez nos fuimos a un documental sobre Manolete y ponían al Monstruo de fascista y drogata para arriba. Cayetano casi le pega fuego al local y a mí la cosa como que me la trajo al pairo. Lo mismo entonces descubrí la distancia que separa el tomarse las cosas a pecho y el ser un despreocupado de casi todo lo que anda por la calle. Manolete no era más que un hombre por encima del bien y del mal, como todos los cordobeses, y lo demás es mayormente literatura, añoranzas del maestro Tomás y una canción, por cierto admirable, de Joaquín Sabina. Pero aquí el padrino de mis hijos imposibles se puso como un basilisco y, conociéndole, yo creo que aún le dura el cabreo.
Luego, como suele pasar, el director de lidia se enamoró de un bombón murciano y acá que andamos la cuadrilla dando cabezazos y malos quites hasta que venga un día de estos a reaparecer como Juncal en la Maestranza, pues ya saben que lo del próximo Califa se vende caro. Y aviso a Villán para que cuando vuelva su pluma no lo maltrate, a Victorino para que sus hijos no hagan sufrir a la señá Mercedes, a Luis Francisco para que nos aguante de pie lo justo para pasarle los trastos manque sea recosido hasta el alma.
Y que yo lo vea, compañero del alma, compañero, con un pie en el albero, mordiendo olivo y ganas entre nubes de tabaco como Paula o presto a sacarnos con los pies por delante para luego volver, siempre volver, sin la frente marchita, la risa gastada y mil pares de cojones. Los cojones de mi hermano, ay mi henmano, el bueno del Cayetano.

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