lunes, julio 23, 2007

Todo por la mosca

Estoy sentado en la acera viendo arder mi casa. Bueno, yo y los otros diecisiete vecinos, dos perros, una gata tuerta y el aterrorizado loro de doña Eladia, la jubilada del tercero que hasta ahora lleva la peor parte de esta catástrofe. Espero que se recupere del síncope que ha sufrido hace diez minutos al recordar que se había dejado bajo el colchón la media que albergaba las joyas de la familia.
Y todo por la mosca. La puta mosca. Yo que estaba tan tranquilo haciendo el crucigrama, domingo de periódicos y resaca, acabo pegándole fuego al piso, al vencindario y me dice un sargento de bomberos que suerte habrá si el fuego no pasa al bloque paredaño. Qué aciago día, vive Dios. Ya empiezan a llegar los chicos de la prensa, espero que no saquen esto por TVE, que de lo contrario no va a haber cojones de volver por Córdoba en al menos un lustro.
Fatalidad, decía el otro. Ya lo decía mi padre, no seas tan obsesivo con las cosas, nada es para tanto. Nos ha jodido, menos una mosca. Una mosca a la que se le ha puesto en la trompa posarse en mi periódico, primero con timidez enamorada, luego, confiada por lo distraído de mis manotazos, impúdica, arrojada, como diciendo he aquí mis poderes. En ese momento ya se me han empezado a inflar las narices, a sentirme un poco objeto sexual, trozo de carne, una víctima de la hambrienta lascivia de tan salido insecto. Así que he optado por poner distancia entre los dos, me he ido a la cocina para hacer café, lavar los platos, fumar, desolarme con el estado del frigorífico, quitarme las ganas de planchar una camisa. Pero he aquí que al volver seguía ella posada sobre el sofá, despatarrada, como diciendo ven a mí, moreno, y oiga, yo los domingos es que no estoy para putones y menos para los que en suma no quieren sino chuparme la sangre.
Y la intento echar a patadas, a ruegos, a insultos, a bofetadas, y la descarada se me cachondea cuando la invito a salir por el balcón igual que cuando lo hice, todo caballero, por la puerta. Así que me cabreo y con el periódico hecho espada triunfadora la he perseguido hasta el dormitorio, a cama deshecha, derribando la lámpara, la mesilla de noche, una estantería con trece libros de ensayo y ochenta ejemplares de Playboy, tropezando con la radio, maldiciendo mientras ella se chancea desde la manga de una americana que nunca me puse, so hijalagranputa.
Así que esto ya se ha convertido en una cuestión personal, y agarro grande complejo de asesino en serie, me voy a la despensa y arramblo con el spray de aspecto más terrorífico que encuentro, un desengrasante para el horno de fabricación china que probablemente sólo pase los controles sanitarios de Burkina Faso, me dirijo de nuevo al salón y aquello ya es un Waterloo de improperios, rociadas, aleteos, muebles destrozados, libros desengrasados, zumbidos y rechinar de dientes. Media hora después, la edad, el tabaquismo, el agotarse mi spray, obligome a rendir el campo a un enemigo que seguía impertérrito y descojonado sobre el quicio de la ventana. "Pica si quieres, muerde, chupa, recoje tu premio", hube de concederle a tan ágil oponente, resignado como estaba a una larga de noche de insomnio y ronchas. Agotado estaba, así que me dispuse a encamarme y que allí fuera lo que la mosca quisiera pero antes solicité y obtuve permiso para el último cigarro. Poco imaginaba yo hasta el punto en que se puede avivar eso que llaman calor de hogar.
Sucedió que era tal la cantidad de oriental desengrasante cubriendo la habitación, que a la primera brizna de ceniza incandescente huida del extremo de mi cigarro, fue todo averno, apocalipsis, cataclismo, caldera del Botero, correr para salvar lo insustituible, retratos de mamá, la agenda de mis amantes, la botella de Vega Sicilia que nunca abro, esa camisa azul que me hace tan buen mozo. Y corro, corro, corro escaleras abajo, bendito primer piso, atropello al portero que ya se dispone a baldear agua, alcanzo la calle, toso, vuelvo a toser, retoso, un día de estos me tengo que quitar de fumar ¿o es que estoy intoxicado? Por si acaso entro en el bar de enfrente y me acogen compasivos, los brazos abiertos, qué quiere tomar joven, agua dadle agua, y yo que no, que no, que mejor un doble fresquito, bien sudado, que quita más la sed.
Total, que aquí andamos, como en fallas: fuego, cerveza y mucho jolgorio de vecinos, policías, bomberos, curiosos y la madre que les parió a todos. A ver qué dicen cuando se enteren dónde ha empezado el baile. Igual hasta me empapelan. Imprudencias varias y todo eso. Mejor me refugio donde el Jiménez, que es licenciado por partida doble y da mucho lustre cuando te sigue hasta el Rastro la autoridad. Emboco el metro, pues. Y en esto que sorprendo a la mosca detrás. La puta mosca. Arde mi casa, arden mis vecinos, y sin librarme de la mosca. Echate al hombre, compañera. Bendita mosca.