sábado, abril 07, 2007

El parte del tiempo

Uno es lo que se dice muy español. Tal vez en el sentido más canovista del término, ya saben, aquello de quien no puede ser otra cosa y tal, pero español al fin y al cabo. La mía es una españolidad de lugares comunes, de tics inconscientes, de redoma donde se cuecen todo el legado sentimental, cultural (sociológico dicen ahora los modernos) de mis mayores y uno piensa que igual así se justifica la idea de pertenecer a algún sitio.
Todo esto viene por la cosa del interés casi británico que pone uno en afición tan española como mirar, comentar, discutir y casi padecer la predicción metereológica. No hay españolito de a pie que no haga del parte del tiempo un motivo de tertulia, una esperanza callada o una frustración escandalosa. En concreto lo de esta Semana Santa supongo que habrá provocado colapsos, maldiciones y blasfemias dirigidas con toda justicia al dios de la lluvia. Veinte millones de tíos se han ido de vacaciones para comerse una borrasca de las que ya no se ven ni en Noviembre. Procesiones suspendidas, playas desiertas, terrazas como páramos. Un antes y un después de atascos infinitos y claro, el paisanaje está de una mala leche que tira de espaldas. Con razón.
Lo cierto es que a mí debería darme un poco igual. Mis vacaciones se han resumido en darle achuchones a mi novia y releer "El conde de Montecristo" en el salón de mi casa pero no puedo evitar que me llame la atención lo diverso que se muestra el cielo de estos días con el que se nos había prometido desde la semana pasada. Un gris húmedo y friolento cubre Madrid, desmintiendo así la primavera anunciada, el sol radiante, los veinte grados en canal previstos para este sábado en que salir a la calle es casi tormento.
Al respecto, me pregunto dónde queda la responsabilidad, la culpa de todos los profetas que voceaban un Abril radiante ¿Acaso entona alguien el mea culpa? ¿No será cierto el viejo contubernio de los tour-operadores y el satélite Meteosat? ¿O es que hasta la predicción metereológica es víctima de la gran chapuza nacional? Imagino que un poco de todo habrá pero sobre todo me extraña que en una de estas meteduras de pata no se lleven por delante a Maldonado, Montesdeoca y dos o tres más. Si usted y yo en nuestro trabajo tuviésemos un par de cagadas como la de estos tipos nos pondrían en la calle antes de decir amén. Claro que igual no es suya la culpa sino de un oscuro director de informativos designado a dedo por un político que no dimite aunque se le caiga la cadena a golpe de déficit. Y ya saben, donde fueres haz lo que vieres. Para qué dimitir, para qué destituir, total, si los que se mojan son otros.
Por eso, yo les recomiendo que la próxima vez que piensen irse de vacaciones y busquen un propicio anticiclón, opten por el método tradicional de preguntarle a su portera por el estado de sus maltrechos huesos, consultar el Calendario Zaragozano o directamente quedarse en casa hasta el mes de Agosto. Seguro que no se mojan, se ahorran un atasco y hasta a lo mejor les da por leer "El conde de Montecristo". Y que le vayan dando al parte del tiempo.

martes, abril 03, 2007

El otro Picasso

Hay hombres que parecen abocados a que la Historia los sepulte irremisiblemente bajo un lodazal de olvido. Poco importa la valía de sus hechos, la grandeza de su personaje o la repercusión de su legado; el tiempo y sus mal llamados semejantes se encargaron de borrar su recuerdo con saña atroz y convirtieron su memoria en recinto acotado a una breve gavilla de familiares, eruditos y curiosos. Tal es el sonrojante caso del general Juan Picasso González.
Cualquiera que escuche ese apellido universal no dejará por menos de asociarlo con el genial pintor malagueño, a la sazón sobrino suyo e involuntario culpable de la sombra de olvido que cubre la vida del militar. Pero es que además de tío abuelo de un genio, don Juan era malagueño de raíces italianas, héroe de la primera guerra de África y uno de esos militares ilustrados y honestos que tanto escasearon en la España de Alfonso XIII.
Resumiré brevemente su historia. En 1.921, Picasso se encuentra cercano a la jubilación y destinado en la Sociedad de Naciones como representante español para asuntos militares. Allí es llamado por el ministro de la Guerra, Luis de Marichalar, a la sazón vizconde de Eza y abuelo del marido de la infanta Elena (España es así, señora), para que se hiciera cargo del proceso judicial militar más importante de la Historia de España: la investigación de responsabilidades tras el derrumbe de la Comandancia General de Melilla o lo que posteriormente se dio en llamar el “informe Picasso”.
El encargo es una verdadera encerrona puesto que desde Madrid el gobierno le impide realizar investigaciones que afecten al Alto Mando y a responsables políticos, entre ellos el propio Rey, mientras que en Melilla no son pocas las presiones para evitar que se descubran las incontables irregularidades y negligencias que desde hacía décadas envilecían al Ejército y a la administración colonial. Diez mil muertos había costado la fiesta en aquel terrible verano de 1.921.
Pese a tan duras trabas, Picasso realizó su labor de manera impecable, haciendo oídos sordos a las amenazas, insultos y calumnias que arreciaron sobre su persona. Se le tachó de masón, protestante, republicano y, en fin, traidor. Las conclusiones de su informe fueron demoledoras y contribuyeron en no poca medida a minar el prestigio de la Monarquía y el Régimen que la sustentaba. Sólo el golpe de Estado del general Primo de Rivera evitó que las consecuencias del expediente fueran mayores para los casi seiscientos responsables civiles y militares a los que se imputaba una culpabilidad directa en los hechos. No sólo eso. Alguno, como el general Navarro, segundo al mando de la Comandancia de Melilla que se había distinguido por su negligente comportamiento, llegó a teniente general gracias al regate y hubiese disfrutado de un retiro dorado si no se hubiese cruzado con la horma de su propio zapato. Fue fusilado en Paracuellos pocas semanas después de empezar la Guerra Civil por milicianos republicanos, otros que también hubieran merecido un buen proceso en canal.
Relegado a la reserva por la Dictadura de Primo, olvidado por la República, Juan Picasso murió en 1.935 de un cáncer de garganta. En su testamento solicitó expresamente ser enterrado en la más estricta intimidad. A día de hoy, ya digo, nadie sino un puñado de historiadores le recuerda pero no puedo evitar que la trayectoria del general, su obra y su tiempo me resulten terriblemente familiares: una matanza no anunciada, ineptitudes manifiestas, sombras en la investigación, presiones de grupos mediáticos, ocultación de responsabilidades, indefensión de las víctimas… ¿les suena?
En ningún otro país como en España se hace tan real, tan atroz, la aseveración de que quien desconoce su Historia corre el riesgo de volver a repetir los errores del pasado. Aquí no sólo la desconocemos, sino que conscientemente la enterramos a golpe de ignorancia, desatención y mala fe, así que sospecho que por mucho tiempo será nuestro porvenir una sucesión de desastres repetidos y multiplicados como una maldición imperecedera. Probablemente sea nuestro sino.

Gatopardo

Me desayuno con la noticia de que la banca española aumentó un veintisiete por ciento sus beneficios el año pasado. Buena parte de ese crecimiento se debe a créditos hipotecarios. Normal. No me están contando nada nuevo pero no puedo evitar echarme a la calle de mala hostia. Pueril que es uno. Y es que en estos tiempos tan neocon en los que vivimos, despotricar del saludable y brutal margen de beneficios de una empresa es poco menos que motivo de excomunión. Pues muy bien. Como uno es ya de por sí incrédulo, eso que me ahorro.
Lo curioso es que esta noticia se ha repetido invariablemente todos los años hasta donde me alcanza la memoria, ya fuese con gobiernos de izquierda o derecha. Colijo entonces que pese a todo lo que ha llovido en los últimos treinta años, los fundamentos básicos de esta sociedad post-franquista han cambiado poco y probablemente, hasta se han visto fortalecidos. Lo cual supongo que será motivo de jolgorio para algunos y notoria putada para este resto cada vez más hipotecado.
Así las cosas, me vienen a la memoria las terriblemente lúcidas palabras de Alain Delon en “El gatopardo”: Todo debe cambiar para que todo siga igual. Tú lo has dicho, mon ami. En realidad, la magnífica película de Visconti resume acertadamente de principio a fin lo ocurrido en España desde la muerte del dictador hasta el día de hoy y lo peor de todo es que el resultado de situaciones parecidas a lo largo de la Historia no invita demasiado al optimismo. O mucho me equivoco o nos dirigimos hacia una democracia equívoca, tutelada cada vez más por grupos financieros sean del origen que sean y en donde la clase política apenas tendrá el encargo de dejarse engrasar a cambio de disfrazar convenientemente la impostada legalidad cuando no de desviar la atención de la masa hacia otro lado ¿Les suena?
Más ejemplos. Leo con estupor las declaraciones de un conocido empresario, magnate multimedia de la cosa sociata. Habla el personaje del “horror que supuso el franquismo” pero olvida que hasta los treinta años militó con desahogo en el Frente de Juventudes o que su fortuna naciera a la sombra de la administración fascista. Sin embargo, el paisanaje progre se pasea con la frente muy alta por llevar cada mañana bajo el brazo según qué periódico.
Claro, de la otra orilla mejor ni hablar. Sólo decir que mucho tendrían que explicar buena parte de los santurrones liberales de toda la vida que se pasean cada mañana por las páginas de la prensa diestra si alguien les preguntara de qué pie cojeaban en 1.970.
No tengo soluciones. Me limito a retratar una realidad de apisonadora para la que no encuentro una oposición organizada. Mi opción es la de colaborar con el sistema en la menor medida posible, empezando por no ejercer ni harto de copas el sacrosanto derecho al voto. No es mucho, lo sé, pero tampoco aspiro a cambiar nada porque no creo que las multitudes que me rodean se lo merezcan. Así revienten todos. Sólo estoy dispuesto, eso sí, a morir matando. Como diría Arturo, no me cogerán vivo.

Umbral

Descubrí a Umbral en plena adolescencia, en ese momento en que el joven diletante sólo está condicionado de manera decisiva por la economía de medios. Leía con el único criterio de no gastarme un duro, ya fuera por préstamo, robo o rastreo en la biblioteca doméstica. Debo aclarar que era ésta muy representativa de una familia en que un libro apenas tenía otro fin que entretener una perezosa tarde de domingo o la media hora previa al sueño. Me encontraba así los anaqueles del salón habitados por mucha literatura juvenil encabalgada sobre Episodios Nacionales, diccionarios enciclopédicos, el Quijote, un par de Biblias, el farallón de libros de pintura de mi padre y alguno de los primeros premios Planeta. No sé, bien mirado podría haber sido mucho peor.
Por ahí, por la cosa publicitaria de lo premiado, creo yo que entró en casa el primer y único libro de Paco Umbral que compraron mis padres. Era "Las ninfas", premio Nadal, novela (casi) autobiográfica y contemporánea del excepcional y desasosegante "Mortal y rosa"; que, sin embargo, aún tardaría en descubrir. Con "Las ninfas"; fui por primera vez consciente del significado de ese concepto, tan hermoso a veces, tan sectario otras, de gran literatura. Entreví entonces la fascinación por la escritura cincelada con mano de orfebre, el sobredorado de una historia que hablaba de nosotros, de los chicos de provincia forjados entre precoces masturbaciones, interminables recados y abulia existencial.
Luego, con los años, las bibliotecas y mis primeros sueldos fui devorando todos los costados del maestro: la rosa, el látigo, Valladolid, el columnismo, la noche, sus tres Españas (las dos que han de helarnos el corazón y María, su señora esposa), los alucinados, la madre muerta y, claro, Madrid como interminable género literario.
En general, Umbral ha sido leído poco y mal porque su escritura perpetua no es lo que a día de hoy se estila en una sociedad que forja casi en exclusiva escritores de best seller y lectores de aluvión. Más relevancia mediática ha tenido su personaje como víctima de parodias y polémicas en mi opinión irrelevantes para un tío que lleva cuarenta años haciendo la mejor prosa en castellano a este lado del charco. Tanto lo uno como lo otro me parece a mí que le da un poco igual. No me extraña. Al fin y al cabo, estar por encima del bien y del mal es un privilegio que sólo adorna a los genios.
Ultimamente le leo poco. Hace un par de años años compré "Madrid, tribu urbana" sólo por los diez minutos de descojone que me di en Fnac al verle en la sobrecubierta subido sobre una Harley Davidson con chaqueta azul marino y vaqueros rojos. Devoré el libro en una noche pero comprobé que entre toda esa coña lírica tan marca de la casa, se masticaba un cansancio que nos envejecía a ambos; tal vez se nos atragante "este montón de tiempo que somos". Luego, de vez en cuando, me sorprendo empezando El Mundo por el final sólo para comprobar desolado que nunca podré escribir como ese grandísimo cabrón y me da por pensar que, no sé, igual este fin de semana vuelvo a buscar entre el desorden de mi biblioteca "Trilogía de Madrid".

Que no se note

Si hay algo que me pone enfermo del mejor de los mundos posibles en el que sobrevivimos es la admirable habilidad del común de los mortales para metérsela doblada y con vaselina hasta a su sombra. Quiero decir, miles de años de civilización, cristianismo, formación del espíritu nacional y educación para la ciudadanía se resumen en joder al vecino de enfrente pero sin armar demasiado jaleo y, a ser posible, con el recochineo de descargar parte de culpa en el propio afectado. Porque ya saben que hasta los hijos de puta tienen derecho a dormir con la conciencia tranquila.
Así, nos encontramos a diario con una pléyade de impolutos cabrones que cubre desde la desfachatez institucional de la ministra que descarga su responsabilidad en los malos usos y costumbres de los ciudadanos (querida Maleni…) hasta el funcionario de ventanilla que justifica su abulia crónica con la sufrida responsabilidad de gestionar durante seis horitas al día el burocrático desplume de los contribuyentes por el papá Estado. Y mejor ni hablamos de etarras con licencia para matar, constructores de manga ancha, concejales engrasados, vecinos paliza y ejecutivos cómodamente sentados sobre el sudor y el sueño ajeno.
Decía Federico Luppi en una inolvidable escena de “Martín H” que fueron listos los fachas, que jugaron para ganar a largo plazo y, ciertamente, así fue. Hartos de la lucha de clases, decidieron que la mejor forma de de vencer (y convencer) a los parias de la Tierra no era otra que ofrecerles un trozo del pastel, pequeño, manoseado, pero dulce al fin y al cabo. La izquierda, la gauche divine, los progres, no dudaron, no dudan, en pringarse diariamente hasta el codo con tan goloso regalo a la vez que se tapan las vergüenzas con manifestaciones republicanas, camisetas del Ché, democracia a la medida, difusas solidaridades y enardecidas blasfemias contra el “american way of life”.
El precio a pagar por los otros, la derecha fetén, la de siempre, no ha sido tanto en comparación con el rédito adquirido. Desde hace treinta años como poco vivimos en un oasis pútrido en el que campan por sus respetos la desidia, la corrupción, la hipocresía, la miseria moral, el rencor al prójimo y la incultura más absolutos. Aquí quien se mueve no es que no salga en la foto, sino que con suerte apenas le dejan salir de casa a comprar tabaco. Eso sí, todo perfumado con un estado de bienestar en retirada, buen rollito, una monarquía con oropel de clase media, tour operadores y mucho pisarle el cuello al ¿prójimo? pero sin que se note. Sobre todo que no se note.