Los olvidados
Antiguamente, cuando comer era cosa de ricos, se decía de los niños de casa bien que nacían con un pan bajo el brazo. Luego, con los planes de desarrollo y tal, la cosa fue mejorando de modo que los alumbrados en el baby boom de los años setenta ya podíamos permitirnos el lujo de nacer hasta con un bocata de nocilla sin necesidad de hacer muchos aspavientos. Por ahí hasta hoy, en que los niños nacen con una consola y un plan de jubilación calentándoles el sobaco.
Yo, como niño redicho que fui no podía sino nacer con un libro debajo del brazo. Uno no muy sesudo, claro: Verne, Salgari, vamos, lo normal, que me hace mucha gracia estos fenómenos que a los diez años andaban ya con Tolstoi y el Decamerón. Con una madre maestra y un padre que siempre entendió la lectura como un medio para hacer al hombre mejor persona, no es de extrañar que la casa de mi infancia fuera un turbión de libros, muchos de los cuales reposan ahora releídos hasta la saciedad en los anaqueles de mi propia casa. Allí fue descubrir a Dumas, a Galdós, a Stevenson y a nuestro Siglo de Oro, en fin, todo lo que podía uno desear con quince años pero, también hay que decirlo, todo lo que uno podía esperar de una familia de derechas de toda la vida.
Hablando en plata, una censura más o menos soterrada funcionaba en mi casa a la hora de que un libro entrara por la puerta. Digamos que había una delicada frontera la cual permitía comprar a Delibes o sacar de la Biblioteca Municipal las obras completas de Clarín pero que excluía con el mismo criterio a Sender o a Baroja. Cuarenta años de franquismo sirvieron para que a gran parte de la población lectora del país, aquella que leía y lee a la retranca de lo que escucha en el telediario y del poso más o menos abundante que le dejó el Bachillerato, se le hurtara la media España literaria que el Régimen no aprobaba bajo sospecha de subversión al orden establecido.
Luego, Santa Transición y democracia de por medio, todo parecía que iba a cambiar para mejor en el imperio de las letras, y no dudo que todos los premios que engordan a nuevos escritores, las editoriales freak, la libertad de leer lo que se quiera donde se quiera y cuando se quiera nos haya puesto las cosas más fáciles. Sin embargo, encuentro que algo hemos perdido en el camino. Supongo que en 1977 sería la hostia tener al fin entre las manos la obra completa de Henry Miller o de Jean Paul Sartre pero sucede que la colonización de nuestro subconsciente por la literatura de urgentes subversiones que nos trajo el final del siglo XX ha tenido una gravosa factura: la pérdida de nuestra memoria literaria, de una tradición que empieza en los clásicos griegos y concluye a mi entender en la generación de escritores que surgieron en España tras la Guerra Civil y en el resto del mundo cuando el bombardeo de Hiroshima.
Decía Carlos Ruiz Zafón que él trataba de glosar en su obra todo el aprendizaje de la novela decimonónica, de nuestro Siglo de Oro y más allá. En igual sentido pontifica el tío Arturo con menos deconstrucción y más mala leche. Supongo que cualquier profesional del ramo se expresaría en parecidos términos puesto entre la entrevista y la pared. Pues muy bien chavales, pero que los iluminados de la cosa se llenen la boca de Clarines y Quevedos no quita para reconocer que el paisanaje no sabe discernir si Míster Witt era primo segundo de Hamlet o un utillero del Liverpool. Entre beatnicks, generaciones equis, Bukowsky, Caballos de Troya y el Código Da Vinci andamos con la Literatura con mayúsculas más rodada por el fango que la buscona del tango aquel.
Tengo un excelente amigo, moderadamente culto, interesado por casi todas las muy loables manifestaciones culturales que nos meten por los ojos, que al verme una tarde con un ejemplar de las "Novelas ejemplares" me miró como si yo estuviera desquiciado. Resulta que casi medio siglo de revolución cultural sólo ha conseguido que Cervantes sirva para que se entretengan cuatro colgados y para pintar graffitis institucionales en el morro del Ave. Para que luego nos vengan con aniversarios chorras.
Dicho esto, añado que soy pesimista al respecto. El sentido de la lectura, como el de tantas otras cosas tan a pie de calle está desvirtuado por completo. Repito la opinión de mi padre que expresé al inicio de estas líneas: hacer al hombre mejor persona. Ese y no otro es el fin último de un libro. También el entretenimiento, claro está, pero no puede ser esta la piedra de toque que nos lleve a pasarnos una tarde quemando retina o tirando el libro de marras por el balcón. Como precisamente es eso lo que prima en el lector de infantería, pues así te luce el pelo Galdós, y mira que eres salao, garbancero del demonio.
Quien sabe, igual es que tenemos los lectores que nos merecemos. A mí personalmente me importa un carajo. Como siempre sólo intento explicarme un poco más explicando lo que me toca los cojones pero claro queda el hecho de que a mí difícilmente me sacan de mis clásicos, de la Historia bien contada y cuatro más. Leo poco de lo nuevo y casi todo lo que me gusta resulta que lo han parido tíos con más de cincuenta castañas encima, vamos, de los del plan antiguo y probables suscriptores a pies juntillas de esto que cuento con menos talento, estilo y sabiduría de la que ellos serían capaces. Y todos los demás, bueno, pues ya saben, que les vayan dando.
Yo, como niño redicho que fui no podía sino nacer con un libro debajo del brazo. Uno no muy sesudo, claro: Verne, Salgari, vamos, lo normal, que me hace mucha gracia estos fenómenos que a los diez años andaban ya con Tolstoi y el Decamerón. Con una madre maestra y un padre que siempre entendió la lectura como un medio para hacer al hombre mejor persona, no es de extrañar que la casa de mi infancia fuera un turbión de libros, muchos de los cuales reposan ahora releídos hasta la saciedad en los anaqueles de mi propia casa. Allí fue descubrir a Dumas, a Galdós, a Stevenson y a nuestro Siglo de Oro, en fin, todo lo que podía uno desear con quince años pero, también hay que decirlo, todo lo que uno podía esperar de una familia de derechas de toda la vida.
Hablando en plata, una censura más o menos soterrada funcionaba en mi casa a la hora de que un libro entrara por la puerta. Digamos que había una delicada frontera la cual permitía comprar a Delibes o sacar de la Biblioteca Municipal las obras completas de Clarín pero que excluía con el mismo criterio a Sender o a Baroja. Cuarenta años de franquismo sirvieron para que a gran parte de la población lectora del país, aquella que leía y lee a la retranca de lo que escucha en el telediario y del poso más o menos abundante que le dejó el Bachillerato, se le hurtara la media España literaria que el Régimen no aprobaba bajo sospecha de subversión al orden establecido.
Luego, Santa Transición y democracia de por medio, todo parecía que iba a cambiar para mejor en el imperio de las letras, y no dudo que todos los premios que engordan a nuevos escritores, las editoriales freak, la libertad de leer lo que se quiera donde se quiera y cuando se quiera nos haya puesto las cosas más fáciles. Sin embargo, encuentro que algo hemos perdido en el camino. Supongo que en 1977 sería la hostia tener al fin entre las manos la obra completa de Henry Miller o de Jean Paul Sartre pero sucede que la colonización de nuestro subconsciente por la literatura de urgentes subversiones que nos trajo el final del siglo XX ha tenido una gravosa factura: la pérdida de nuestra memoria literaria, de una tradición que empieza en los clásicos griegos y concluye a mi entender en la generación de escritores que surgieron en España tras la Guerra Civil y en el resto del mundo cuando el bombardeo de Hiroshima.
Decía Carlos Ruiz Zafón que él trataba de glosar en su obra todo el aprendizaje de la novela decimonónica, de nuestro Siglo de Oro y más allá. En igual sentido pontifica el tío Arturo con menos deconstrucción y más mala leche. Supongo que cualquier profesional del ramo se expresaría en parecidos términos puesto entre la entrevista y la pared. Pues muy bien chavales, pero que los iluminados de la cosa se llenen la boca de Clarines y Quevedos no quita para reconocer que el paisanaje no sabe discernir si Míster Witt era primo segundo de Hamlet o un utillero del Liverpool. Entre beatnicks, generaciones equis, Bukowsky, Caballos de Troya y el Código Da Vinci andamos con la Literatura con mayúsculas más rodada por el fango que la buscona del tango aquel.
Tengo un excelente amigo, moderadamente culto, interesado por casi todas las muy loables manifestaciones culturales que nos meten por los ojos, que al verme una tarde con un ejemplar de las "Novelas ejemplares" me miró como si yo estuviera desquiciado. Resulta que casi medio siglo de revolución cultural sólo ha conseguido que Cervantes sirva para que se entretengan cuatro colgados y para pintar graffitis institucionales en el morro del Ave. Para que luego nos vengan con aniversarios chorras.
Dicho esto, añado que soy pesimista al respecto. El sentido de la lectura, como el de tantas otras cosas tan a pie de calle está desvirtuado por completo. Repito la opinión de mi padre que expresé al inicio de estas líneas: hacer al hombre mejor persona. Ese y no otro es el fin último de un libro. También el entretenimiento, claro está, pero no puede ser esta la piedra de toque que nos lleve a pasarnos una tarde quemando retina o tirando el libro de marras por el balcón. Como precisamente es eso lo que prima en el lector de infantería, pues así te luce el pelo Galdós, y mira que eres salao, garbancero del demonio.
Quien sabe, igual es que tenemos los lectores que nos merecemos. A mí personalmente me importa un carajo. Como siempre sólo intento explicarme un poco más explicando lo que me toca los cojones pero claro queda el hecho de que a mí difícilmente me sacan de mis clásicos, de la Historia bien contada y cuatro más. Leo poco de lo nuevo y casi todo lo que me gusta resulta que lo han parido tíos con más de cincuenta castañas encima, vamos, de los del plan antiguo y probables suscriptores a pies juntillas de esto que cuento con menos talento, estilo y sabiduría de la que ellos serían capaces. Y todos los demás, bueno, pues ya saben, que les vayan dando.

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