Verano, 07
Esta tarde me he sentado a tomarme una caña. Es un bar pequeño, de barrio, de esos que llevan puestos en una esquina toda la vida, tal vez desde cuando, como dice Jose el barbero, Prosperidad terminaba en unas vaquerizas donde hoy se levanta el edificio de IBM. Le he dado un par de sorbos cortos a la cerveza, me he encendido un cigarro y durante un instante pretendo convencerme de que tengo ganas de leer. Pero no, ni de coña, para qué nos vamos a engañar, si es un jueves de verano primerizo, las jais están en flor y encima me ha dado esto de salir por darle el nonagésimo empujón al Ulises de James Joyce, coñazo importante.
Así que dejo el libro sobre la mesa y me dedico al noble arte de contemplar las musarañas. Qué gusto mirar sin ver, ventilar la retina, que decía uno del Realejo. Mira que ha llovido, Paquito. Bendito y paseado Realejo. No he pisado la plaza de la Magdalena desde hace años, desde el día que bajé a ver a mi compadre Rafael a la facultad y no estaba, claro, y no conocía a nadie en el bar porque según me dijeron habían prohibido vender alcohol muchos meses atrás. La primavera pasada estuve cerca, frente a la iglesia de San Andrés. Paseaba por primera vez a la Rubia en los barrios de naranjo y taberna y sin querer fui a parar a la esquina donde estaba la tienda del Marcos, esa de maniquíes con mono azul y casco de albañil. Por un momento pensé en bajar, echar un ojo por si seguía el empedrado de guijarros, el puesto de caracoles, la maltratada sala Nervios, donde una madrugada se electrocutaban los labios de Jorge Martínez cantando eso del hombre solitario. No fui, claro, porque eran las doce de la noche y nunca entendí qué se le ha perdido a nadie allí cuando cierra la noche si no quiere pillar o tomarse un medio matagripes. Y la nena y yo no estábamos entonces para eso.
Pasa Vicente, el portero de mi casa, con los andares de compás abierto, como si se hubiera cagado en Pascua sin que aún haber encontrado papel con qué limpiar. Me saluda y hasta creo que hace intentos de darme conversación. Nunca he conocido a nadie sin estar borracho que se le entendiera menos hablando. Yo creo que debió criarse en uno de esos pueblos castellanos donde aún esperan el regreso del Cid y que la cosa del chamullar viene a ser un decirse buenos días, buenas noches y venga gritarle a las ovejas. Pero es un buen tío. Le debo muchos amaneceres de casi meterme en la cama porque no podía yo con mi alma, cuando abrir el portal requiere más concentración que cumplir con la selectividad. Una vez hasta le invité a un vaso de vino en el bar de abajo y sólo me hablaba de su hermana solterona. Para mí que la quiere colocar como sea. No sabe ni como me llamo.
Pido otra caña. Entre medias de esta parrafada he pedido tres. El camarero debe pensar a estas alturas que estoy de cachondeo pero es que tengo un problema con las cañas y es, por mi Pedro lo juro, que las bebo como el agua, maestro Camarón. Lo mío es el whisky, a palo seco, s´il vous plait. El resto como que sabe a aperitivo con media de calamares mas a esta hora de la tarde no tengo mucha hambre. Así, la próxima es de escocés. Van Morrison tiene por un estribillo en el que pide todo el rato one bourbon, one scotch, one beer. Un buen borracho. Con tíos así hace tiempo que he decidido no acodarme en barra porque igual al día siguiente concluye uno que está mayor para cerrar bares y eso sí que no. Claro, tampoco es bueno para la moral cristiana que los amigos vayan echando el bofe por las esquinas porque entonces pienso que soy yo el que tiene un problema con lo de templar la zurda y tampoco. O sí. Qué más da, Van.
Ahora va el paseíllo de señoronas mustias. Dice el Manolo que prefería el Manzanares, Virgen del Puerto y tal, porque en la cochambre no crecían tantos nuevos ricos. Igual tiene razón el hombre pero es que aquí mi primo Martínez pega poco la oreja y se pierde las suculentas conversaciones de este vecindario ayer oloroso a lejía, hoy perfume del Opencor. Y van se y sientan a mi lado. Qué valor, decía la abuela Andrea. Como español que uno es en sus ratos libres, hago del cuerpo carne de cotilla. Hablan de niños, alfombras, gambas, el tiempo, la vecina de una, la vecina de otra, las rebajas que vienen, la salud que se les va. Pero, joooor, que se ponen a charlar de una sobrina que atiende por Paloma (un poner, que denuncian) y me interesa por lo este leer uno entre líneas, mayormente que donde ponen rebelde sospecho que la nena les salió floja de remos y ligera de cascos, que la nena le dio por andar con el escote como balcón donde asomo, que duerme sudando paraísos artificiales, que besa a los que hacen eses sin que saber del esquí. Vamos, que en otro tiempo, en el mismo lugar, maña que por ti no duermo, igual les pido el número de Paloma a punta navaja. Todo lo más que rozo a entrever un algo de que ELLA es púber tan recién huida de la adolescencia como la peli esa, sí hombre, la de Sam Peckimpah con Steve McQueen.
En esto no he tenido la decencia de contar a ustedes que hace rato apuro el fresco ardor de Escocia , incendiando de sudor cristalino la copa, el hígado, las sienes, los cuatro peces de nieve que desaparecen igual que este día acobardado tras las azoteas de Prosperidad. Estoy tan sumergido en el fondo de la silla que me río del hash, que me río de la marihuana, que me río de todo. Y como ni soy cortés ni valiente, pido la cuenta con un dedo tímido, mojado, nicotinómano, en verdad ansioso por retorcer el vuelo de la sábana, nueve y media que son, pues borracho que es uno, mire usté. Por lo que abono, bromeo, me insultan, propino elegante propina, con esfuerzo y curiosidad ajena me levanto, entablo conversación con los zapatos y, Corazón de María por delante, alcanzo las puertas del Edén con patio interior donde ahora escribo esta crónica de una rutina anunciada. Las de mis tardes, mis noches, mis días. Las de vosotros maldita sea, que no estáis aquí.
Así que dejo el libro sobre la mesa y me dedico al noble arte de contemplar las musarañas. Qué gusto mirar sin ver, ventilar la retina, que decía uno del Realejo. Mira que ha llovido, Paquito. Bendito y paseado Realejo. No he pisado la plaza de la Magdalena desde hace años, desde el día que bajé a ver a mi compadre Rafael a la facultad y no estaba, claro, y no conocía a nadie en el bar porque según me dijeron habían prohibido vender alcohol muchos meses atrás. La primavera pasada estuve cerca, frente a la iglesia de San Andrés. Paseaba por primera vez a la Rubia en los barrios de naranjo y taberna y sin querer fui a parar a la esquina donde estaba la tienda del Marcos, esa de maniquíes con mono azul y casco de albañil. Por un momento pensé en bajar, echar un ojo por si seguía el empedrado de guijarros, el puesto de caracoles, la maltratada sala Nervios, donde una madrugada se electrocutaban los labios de Jorge Martínez cantando eso del hombre solitario. No fui, claro, porque eran las doce de la noche y nunca entendí qué se le ha perdido a nadie allí cuando cierra la noche si no quiere pillar o tomarse un medio matagripes. Y la nena y yo no estábamos entonces para eso.
Pasa Vicente, el portero de mi casa, con los andares de compás abierto, como si se hubiera cagado en Pascua sin que aún haber encontrado papel con qué limpiar. Me saluda y hasta creo que hace intentos de darme conversación. Nunca he conocido a nadie sin estar borracho que se le entendiera menos hablando. Yo creo que debió criarse en uno de esos pueblos castellanos donde aún esperan el regreso del Cid y que la cosa del chamullar viene a ser un decirse buenos días, buenas noches y venga gritarle a las ovejas. Pero es un buen tío. Le debo muchos amaneceres de casi meterme en la cama porque no podía yo con mi alma, cuando abrir el portal requiere más concentración que cumplir con la selectividad. Una vez hasta le invité a un vaso de vino en el bar de abajo y sólo me hablaba de su hermana solterona. Para mí que la quiere colocar como sea. No sabe ni como me llamo.
Pido otra caña. Entre medias de esta parrafada he pedido tres. El camarero debe pensar a estas alturas que estoy de cachondeo pero es que tengo un problema con las cañas y es, por mi Pedro lo juro, que las bebo como el agua, maestro Camarón. Lo mío es el whisky, a palo seco, s´il vous plait. El resto como que sabe a aperitivo con media de calamares mas a esta hora de la tarde no tengo mucha hambre. Así, la próxima es de escocés. Van Morrison tiene por un estribillo en el que pide todo el rato one bourbon, one scotch, one beer. Un buen borracho. Con tíos así hace tiempo que he decidido no acodarme en barra porque igual al día siguiente concluye uno que está mayor para cerrar bares y eso sí que no. Claro, tampoco es bueno para la moral cristiana que los amigos vayan echando el bofe por las esquinas porque entonces pienso que soy yo el que tiene un problema con lo de templar la zurda y tampoco. O sí. Qué más da, Van.
Ahora va el paseíllo de señoronas mustias. Dice el Manolo que prefería el Manzanares, Virgen del Puerto y tal, porque en la cochambre no crecían tantos nuevos ricos. Igual tiene razón el hombre pero es que aquí mi primo Martínez pega poco la oreja y se pierde las suculentas conversaciones de este vecindario ayer oloroso a lejía, hoy perfume del Opencor. Y van se y sientan a mi lado. Qué valor, decía la abuela Andrea. Como español que uno es en sus ratos libres, hago del cuerpo carne de cotilla. Hablan de niños, alfombras, gambas, el tiempo, la vecina de una, la vecina de otra, las rebajas que vienen, la salud que se les va. Pero, joooor, que se ponen a charlar de una sobrina que atiende por Paloma (un poner, que denuncian) y me interesa por lo este leer uno entre líneas, mayormente que donde ponen rebelde sospecho que la nena les salió floja de remos y ligera de cascos, que la nena le dio por andar con el escote como balcón donde asomo, que duerme sudando paraísos artificiales, que besa a los que hacen eses sin que saber del esquí. Vamos, que en otro tiempo, en el mismo lugar, maña que por ti no duermo, igual les pido el número de Paloma a punta navaja. Todo lo más que rozo a entrever un algo de que ELLA es púber tan recién huida de la adolescencia como la peli esa, sí hombre, la de Sam Peckimpah con Steve McQueen.
En esto no he tenido la decencia de contar a ustedes que hace rato apuro el fresco ardor de Escocia , incendiando de sudor cristalino la copa, el hígado, las sienes, los cuatro peces de nieve que desaparecen igual que este día acobardado tras las azoteas de Prosperidad. Estoy tan sumergido en el fondo de la silla que me río del hash, que me río de la marihuana, que me río de todo. Y como ni soy cortés ni valiente, pido la cuenta con un dedo tímido, mojado, nicotinómano, en verdad ansioso por retorcer el vuelo de la sábana, nueve y media que son, pues borracho que es uno, mire usté. Por lo que abono, bromeo, me insultan, propino elegante propina, con esfuerzo y curiosidad ajena me levanto, entablo conversación con los zapatos y, Corazón de María por delante, alcanzo las puertas del Edén con patio interior donde ahora escribo esta crónica de una rutina anunciada. Las de mis tardes, mis noches, mis días. Las de vosotros maldita sea, que no estáis aquí.

1 Comments:
Joder, Paquito... Te sales. A ver si la proxima vez me apunto y no estas solo ¡Coño!.
Un abrazo muy fuerte "apañero" (como decia Luis).
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