Prosperidad
Vaya por delante que nunca me ha gustado la lírica de barrio como no fuera en la letra de un tango. Tal vez porque he vivido en tantos que nunca ha brotado en mí ese sentimiento de pertenencia a cuatro calles y una plaza donde te conocen por tu apodo hasta los gatos. Y a lo que parece es una cuestión capital. A lo largo y ancho de los cinco continentes hay tipos sacando pecho por haber echado los dientes y los primeros polvos en la Boca, el Quartier Latin o Brooklyn. Y a mí la verdad es algo que siempre me la ha traído al fresco. La única patria posible dicen unos, añoranza del aldeano que a todos nos habita, dicen otros. Teorías hay hasta para justificar los genocidios, cómo no las va a haber para darle racionalidad y lirismo al pavor que nos produce todo lo que no sea lo que ya conocemos.
En España, tan conservadores de no sé exactamente qué, esto del barrio siempre ha estado metido hasta el tuétano de la tribu mayormente porque no hay cosa más ibérica que ese individualismo feroz donde el del otro lado de la manzana es extraño, ajeno y probablemente un hijoputa al que habría que pisarle el cuello hasta morir. Y así tenemos que es cosa de mucho relumbrón llevar escrito en el pecho, literalmente, la pertenencia al Clot, a Triana, a Bouzas, o a la margen izquierda de no sé qué ría. Y en Madrid para qué les voy a contar. Para mí que aquí hay hasta una competición entre Vallecas, Carabancheles, Villaverdes, Malasañas, Argüelles y yo qué sé más. Cuando me vine a vivir aquí me preguntaba la gente dónde sentaba mis reales y al instante psicoanalizaban mi persona en función del lugar en que colgaba el sombrero. Claro, cualquiera les decía que todas mis casas desde los veintipocos años han sido fruto de la más intrascendente casualidad.
Punto y aparte. Me imagino que a estas alturas de la lectura habré perdido el afecto de no pocos amigos abrazados a su querido barrio como al culo de la novia. No se me cabreen y sigan leyendo, que lo mismo hasta echan unas risas. Porque, contradictorio que es uno, a día de hoy debo reconocer que he encontrado algo parecido a ese sentimiento de apego que todos debéis sentir por el cielo suburbano que os vio nacer y al que es probable sólo volváis ahora para comer con los viejos en domingo. Hablo, claro está, de Prosperidad.
Llevo aquí cuatro años. Ya digo, llegué de casualidad. Algunos cuentan que fue porque tenía enfrente el curro pero no es cierto. Todo fue un anuncio apresurado en el periódico, el vistazo de rigor por los bares de la zona y un casero que buscaba con premura racista unos inquilinos españoles, cotizantes y que no llevaran el pelo de colores. Unos triunfadores natos, ya ven. Luego ha sido un ir queriéndonos poquito a poco, con nuestros baches, nuestras señoras gordas, nuestros parroquianos desconfiados, nuestra melancolía dominical de barrio apartado pero, en fin, ya le tengo cogido el punto y para mí que nos va a costar trabajo separarnos.
Es curiosa la historia de Prosperidad, historia que probablemente desconozcan no sólo los madrileños, sino también la mayoría de mis convecinos. La cosa fue más o menos que al comienzos del siglo XX, el regeneracionismo burgués de los Sagasta, Maura, Dato y compañía decidió que el porvenir de las grandes ciudades españolas, insalubres y hacinadas, estaba en los ensanches, barrios enteros diseñados a golpe de tiralíneas en terrenos donde aún se enseñoreaban cabras y trigales. Como ven, la Historia se repite constantemente, mis queridos madrileños de las Tablas y Sanchinarro.
Así las cosas, en Madrid se decidió meter la piqueta en dirección este, hacia el Henares, igual por ver si la avalancha de inmigrantes que llegaban del Sur se equivocaban y acababan en Alcalá o Guadalajara. Pero sucedía que la Corte encontraba su fin a comienzos del siglo pasado en el barrio de Salamanca, que ya casi era lo que hoy es. Imaginen el sofoco de las señoras de Serrano teniendo a la vuelta de la esquina a todos los menestrales de gorra y pan con chorizo, no se podía consentir, oiga. De tal forma que se decidió que los nuevos barrios de la Guindalera y Colonia Jardín tuvieran como objeto darle habitación a una pequeña burguesía más tolerable a la vista y al olfato.
Sin embargo, toda ciudad crea espontáneamente sus arrabales y donde el ensanche puso frontera a la villa, inevitablemente buscó cobijo quienes nunca son tenidos en cuenta en la mesa de ministros, alcaldes y arquitectos. Hay un chiste antiguo que aún recuerda aquello de que un día Madrid se despertó y había cagado Prosperidad. Más o menos, así fue. En la tierra de nadie, entre la Guindalera y la calle Cartagena, quedó un dédalo de corralas, hotelitos y tabernas que con el tiempo y la especulación inmobiliaria nos dio el suelo donde ahora escribo.
Habría mucho que decir al respecto, claro. Hablar del primer tranvía hasta Diego de León, del Rockola, de la escuela popular, del viejo cine Covadonga -vulgo Covacha-, de la plaza que fue lugar de encuentro y Gallardón hace poco logró hacer de paso. No tengo tanto tiempo y supongo que ustedes menos ganas si no es con una copa entre las manos. Pero es una bonita historia. Algún día quedamos y se la cuento.
Pero todo esto iba a que estoy cómodo aquí. Me encuentro, vamos. Tengo unos cuantos bares que no están mal, dos librerías, un mercado con pescado fresquito y hasta al Krahe de vecino, lo cual, en suma, es todo un privilegio. Ultimamente anda tocando mucho los cojones algún abuelete con ganas de hacer el agosto inmobiliario a costa del albañil ecuatoriano y del andaluz mileurista pero yo creo que resistiremos por un tiempo. Si me voy les aviso.
En suma, que se dejen caer por la Prospe un día, nos iremos a tomar una caña y a echarle un ojo al culo de alguna que yo me sé. Seguro que lo disfrutan y si no, pues ya les busco lo que más les plazca. Porque ya saben, como decía el otro, aquí en mi barrio, lo que tú buscas tendrás. Y que yo lo vea.
En España, tan conservadores de no sé exactamente qué, esto del barrio siempre ha estado metido hasta el tuétano de la tribu mayormente porque no hay cosa más ibérica que ese individualismo feroz donde el del otro lado de la manzana es extraño, ajeno y probablemente un hijoputa al que habría que pisarle el cuello hasta morir. Y así tenemos que es cosa de mucho relumbrón llevar escrito en el pecho, literalmente, la pertenencia al Clot, a Triana, a Bouzas, o a la margen izquierda de no sé qué ría. Y en Madrid para qué les voy a contar. Para mí que aquí hay hasta una competición entre Vallecas, Carabancheles, Villaverdes, Malasañas, Argüelles y yo qué sé más. Cuando me vine a vivir aquí me preguntaba la gente dónde sentaba mis reales y al instante psicoanalizaban mi persona en función del lugar en que colgaba el sombrero. Claro, cualquiera les decía que todas mis casas desde los veintipocos años han sido fruto de la más intrascendente casualidad.
Punto y aparte. Me imagino que a estas alturas de la lectura habré perdido el afecto de no pocos amigos abrazados a su querido barrio como al culo de la novia. No se me cabreen y sigan leyendo, que lo mismo hasta echan unas risas. Porque, contradictorio que es uno, a día de hoy debo reconocer que he encontrado algo parecido a ese sentimiento de apego que todos debéis sentir por el cielo suburbano que os vio nacer y al que es probable sólo volváis ahora para comer con los viejos en domingo. Hablo, claro está, de Prosperidad.
Llevo aquí cuatro años. Ya digo, llegué de casualidad. Algunos cuentan que fue porque tenía enfrente el curro pero no es cierto. Todo fue un anuncio apresurado en el periódico, el vistazo de rigor por los bares de la zona y un casero que buscaba con premura racista unos inquilinos españoles, cotizantes y que no llevaran el pelo de colores. Unos triunfadores natos, ya ven. Luego ha sido un ir queriéndonos poquito a poco, con nuestros baches, nuestras señoras gordas, nuestros parroquianos desconfiados, nuestra melancolía dominical de barrio apartado pero, en fin, ya le tengo cogido el punto y para mí que nos va a costar trabajo separarnos.
Es curiosa la historia de Prosperidad, historia que probablemente desconozcan no sólo los madrileños, sino también la mayoría de mis convecinos. La cosa fue más o menos que al comienzos del siglo XX, el regeneracionismo burgués de los Sagasta, Maura, Dato y compañía decidió que el porvenir de las grandes ciudades españolas, insalubres y hacinadas, estaba en los ensanches, barrios enteros diseñados a golpe de tiralíneas en terrenos donde aún se enseñoreaban cabras y trigales. Como ven, la Historia se repite constantemente, mis queridos madrileños de las Tablas y Sanchinarro.
Así las cosas, en Madrid se decidió meter la piqueta en dirección este, hacia el Henares, igual por ver si la avalancha de inmigrantes que llegaban del Sur se equivocaban y acababan en Alcalá o Guadalajara. Pero sucedía que la Corte encontraba su fin a comienzos del siglo pasado en el barrio de Salamanca, que ya casi era lo que hoy es. Imaginen el sofoco de las señoras de Serrano teniendo a la vuelta de la esquina a todos los menestrales de gorra y pan con chorizo, no se podía consentir, oiga. De tal forma que se decidió que los nuevos barrios de la Guindalera y Colonia Jardín tuvieran como objeto darle habitación a una pequeña burguesía más tolerable a la vista y al olfato.
Sin embargo, toda ciudad crea espontáneamente sus arrabales y donde el ensanche puso frontera a la villa, inevitablemente buscó cobijo quienes nunca son tenidos en cuenta en la mesa de ministros, alcaldes y arquitectos. Hay un chiste antiguo que aún recuerda aquello de que un día Madrid se despertó y había cagado Prosperidad. Más o menos, así fue. En la tierra de nadie, entre la Guindalera y la calle Cartagena, quedó un dédalo de corralas, hotelitos y tabernas que con el tiempo y la especulación inmobiliaria nos dio el suelo donde ahora escribo.
Habría mucho que decir al respecto, claro. Hablar del primer tranvía hasta Diego de León, del Rockola, de la escuela popular, del viejo cine Covadonga -vulgo Covacha-, de la plaza que fue lugar de encuentro y Gallardón hace poco logró hacer de paso. No tengo tanto tiempo y supongo que ustedes menos ganas si no es con una copa entre las manos. Pero es una bonita historia. Algún día quedamos y se la cuento.
Pero todo esto iba a que estoy cómodo aquí. Me encuentro, vamos. Tengo unos cuantos bares que no están mal, dos librerías, un mercado con pescado fresquito y hasta al Krahe de vecino, lo cual, en suma, es todo un privilegio. Ultimamente anda tocando mucho los cojones algún abuelete con ganas de hacer el agosto inmobiliario a costa del albañil ecuatoriano y del andaluz mileurista pero yo creo que resistiremos por un tiempo. Si me voy les aviso.
En suma, que se dejen caer por la Prospe un día, nos iremos a tomar una caña y a echarle un ojo al culo de alguna que yo me sé. Seguro que lo disfrutan y si no, pues ya les busco lo que más les plazca. Porque ya saben, como decía el otro, aquí en mi barrio, lo que tú buscas tendrás. Y que yo lo vea.
