Dar la cara
A mi padre
En España hoy en día no es políticamente correcto dar la cara, mayormente porque se corre el riesgo de que te la partan. Si esto se debiera a un espíritu pacifista, a un deseo de neutralidad a ultranza, pues uno le alabaría el gusto al personal, me daría de besos hasta con el conductor del autobús y proclamaría a los cuatro vientos mi pesadumbre por no haber cantado antes las virtudes de este ibérico remanso de amor fraterno. Pero sucede que sospecho detrás de tanto desinterés por pringar en cualquier cuestión que nos provoque duelos y quebrantos un pavor casi enfermizo a que se nos hurte esta condición de viejos gandules, nuevos europeos y novísimos ricos.
Leí hace un par de años, en uno de esos artículos de opinión que glosaban el franquismo en el veinte aniversario de la muerte de su hacedor que su gran fracaso de fue el de convertir este país en corral de gallinas cluecas cuando se pasó cuarenta años hablando de devolverle sus hábitos imperiales. Algún sociólogo va más allá y habla de que somos un pueblo traumatizado aún por la feroz violencia desplegada durante la Guerra Civil. Sea como sea, lo cierto es que aquí no le echa nadie un par de cojones a la vida ni aunque le violen a la parienta ante sus ojos. Y no hablo de darse de hostias en un bar puesto de garrafón hasta las cejas, porque para ese valor de matasiete borracho sí que hemos sido siempre los primeros de la clase. Yo me refiero al valor de ley, al de llamar a las cosas por su nombre, al de andar con paso firme porque sabe uno adónde le conducen sus pasos, al de hablar sin sombra de doblez, al del esfuerzo, el sacrificio, la honestidad y la educación.
Por contra, hemos añadido a los antiguos vicios nacionales todos los que le son propios a nuestra recién estrenada condición de habitantes del mejor de los mundos posibles. Y claro, al grito de "Virgencita que me quede como estoy" aquí no hay quien mueva un dedo por cambiar el estado de según qué cosas.
Tenemos así constructores que se lo llevan crudo porque no sea que dejen de pagar comisiones al ayuntamiento, empresarios que le pisan el cuello al trabajador porque los sindicatos bastante tienen con mantener sus prebendas, curas que callan y otorgan por no perder subvenciones estatales, periodistas que maquillan la verdad por no hacerle perder el sueño al presidente del consejo de administración de un grupo multimedia y diputados que votan sí cuando debiera ser no por si se cabrea el jefe del grupo parlamentario. Podríamos seguir aunque mejor no porque lo mismo esta letanía le puede tocar a usted.
En semejante mieditis congénita está, creo yo, la respuesta a muchos de los problemas que atenazan la vida nacional en los últimos años. Dicho en plata, no hay huevos. No hay huevos para poner encima de la mesa que si un tío se lleva por delante a quince se va a pudrir en prisión aunque declare huelgas de hambre o se esté dando cabezazos contra la reja un mes entero. No hay huevos para decirle a uno de estos nacionalistas analfabetos que es un gilipollas integral cuando deje caer alguna de sus chorradas pseudohistóricas. No hay huevos para decirle al del maletín que salga echando hostias del ayuntamiento antes de que un guardia se lo meta por santa sea la parte. No hay huevos, en fin, para que de una puñetera aprendamos a ser ciudadanos y no populacho.
No soy optimista al respecto. Por mi propia experiencia sé que el camino de la cultura (de la verdadera cultura), de la educación, de culto a unos valores identificados con la pedantería, es arduo y conduce a un premio con frecuencia escaso que rara vez tiene que ver con el engorde de la cuenta corriente. Poco me importa. Yo sólo pretendo, al fin y al cabo, ser un buen hombre y un buen ciudadano para mí, para los que me amo e incluso para usted que, igual me está leyendo a caballo entre el escepticismo y un calculado cachondeo. Pues muy bien. Es tu vida, chaval, pero luego no vengas llorando. Porque las hostias siempre llegan y para entonces igual no tienes la cara suficiente para saberlas encajar.
En España hoy en día no es políticamente correcto dar la cara, mayormente porque se corre el riesgo de que te la partan. Si esto se debiera a un espíritu pacifista, a un deseo de neutralidad a ultranza, pues uno le alabaría el gusto al personal, me daría de besos hasta con el conductor del autobús y proclamaría a los cuatro vientos mi pesadumbre por no haber cantado antes las virtudes de este ibérico remanso de amor fraterno. Pero sucede que sospecho detrás de tanto desinterés por pringar en cualquier cuestión que nos provoque duelos y quebrantos un pavor casi enfermizo a que se nos hurte esta condición de viejos gandules, nuevos europeos y novísimos ricos.
Leí hace un par de años, en uno de esos artículos de opinión que glosaban el franquismo en el veinte aniversario de la muerte de su hacedor que su gran fracaso de fue el de convertir este país en corral de gallinas cluecas cuando se pasó cuarenta años hablando de devolverle sus hábitos imperiales. Algún sociólogo va más allá y habla de que somos un pueblo traumatizado aún por la feroz violencia desplegada durante la Guerra Civil. Sea como sea, lo cierto es que aquí no le echa nadie un par de cojones a la vida ni aunque le violen a la parienta ante sus ojos. Y no hablo de darse de hostias en un bar puesto de garrafón hasta las cejas, porque para ese valor de matasiete borracho sí que hemos sido siempre los primeros de la clase. Yo me refiero al valor de ley, al de llamar a las cosas por su nombre, al de andar con paso firme porque sabe uno adónde le conducen sus pasos, al de hablar sin sombra de doblez, al del esfuerzo, el sacrificio, la honestidad y la educación.
Por contra, hemos añadido a los antiguos vicios nacionales todos los que le son propios a nuestra recién estrenada condición de habitantes del mejor de los mundos posibles. Y claro, al grito de "Virgencita que me quede como estoy" aquí no hay quien mueva un dedo por cambiar el estado de según qué cosas.
Tenemos así constructores que se lo llevan crudo porque no sea que dejen de pagar comisiones al ayuntamiento, empresarios que le pisan el cuello al trabajador porque los sindicatos bastante tienen con mantener sus prebendas, curas que callan y otorgan por no perder subvenciones estatales, periodistas que maquillan la verdad por no hacerle perder el sueño al presidente del consejo de administración de un grupo multimedia y diputados que votan sí cuando debiera ser no por si se cabrea el jefe del grupo parlamentario. Podríamos seguir aunque mejor no porque lo mismo esta letanía le puede tocar a usted.
En semejante mieditis congénita está, creo yo, la respuesta a muchos de los problemas que atenazan la vida nacional en los últimos años. Dicho en plata, no hay huevos. No hay huevos para poner encima de la mesa que si un tío se lleva por delante a quince se va a pudrir en prisión aunque declare huelgas de hambre o se esté dando cabezazos contra la reja un mes entero. No hay huevos para decirle a uno de estos nacionalistas analfabetos que es un gilipollas integral cuando deje caer alguna de sus chorradas pseudohistóricas. No hay huevos para decirle al del maletín que salga echando hostias del ayuntamiento antes de que un guardia se lo meta por santa sea la parte. No hay huevos, en fin, para que de una puñetera aprendamos a ser ciudadanos y no populacho.
No soy optimista al respecto. Por mi propia experiencia sé que el camino de la cultura (de la verdadera cultura), de la educación, de culto a unos valores identificados con la pedantería, es arduo y conduce a un premio con frecuencia escaso que rara vez tiene que ver con el engorde de la cuenta corriente. Poco me importa. Yo sólo pretendo, al fin y al cabo, ser un buen hombre y un buen ciudadano para mí, para los que me amo e incluso para usted que, igual me está leyendo a caballo entre el escepticismo y un calculado cachondeo. Pues muy bien. Es tu vida, chaval, pero luego no vengas llorando. Porque las hostias siempre llegan y para entonces igual no tienes la cara suficiente para saberlas encajar.

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