Las cabras municipales
En la calle Arturo Soria, noreste del municipio de Madrid, se levanta un conjunto escultórico que inmortaliza a la cabra hispánica. Paso por delante un par de veces al día desde hace un año y confieso que si los instigadores de tan caprino monumento albergaban la idea de conmover de alguna manera al apresurado peatón, en mi caso lo han conseguido de sobra.
Para quien no haya tenido la posibilidad de admirar la cosa en cuestión, les explico someramente que se trata de dos probables machos cabríos sobrados de cornamenta que berrean silenciosos sobre un risco mientras que un perro, lobo o perro-lobo, les contempla con el mismo arrobamiento que supongo pensaba el escultor que iba a exhibir el paisanaje de Madrid al cruzarse con tan magna obra. Una vegetación adlátere más o menos congestionada por el medio millón de coches que la sitian a diario le otorga a la escena un fondo de presunta naturaleza viva.
Inútilmente he tratado de obtener información acerca del ideario que movió a la concejalía de turno para levantar tamaño monumento. Supongo que un amante del alpinismo, un veraneante pirenaico a costa del presupuesto municipal o simplemente un castizo valedor de la fauna patria. En cualquiera de los casos, me parece de lo más respetable la propuesta que hiciera en su día y no dudo que fuera sincero el entusiasmo con el que patrocinó e impulsó el proyecto, la emoción que sentiría cuando el alcalde o el ministro de Fomento (¿acaso el Rey?) descubrieran al público expectante el perfil orgulloso y recio de las cabras berreando al cielo de Madrid.
Sin embargo, no puedo evitar que un par de ideas me broten de esta maldita conciencia de aguafiestas. En primer lugar, uno no es que sea un ecologista militante pero no niego que me pone de considerable mala leche el maltrato gratuito a cualquier clase de animal. Y esto lo dice un taurino acérrimo, no hace falta que me lo recuerden, pero de esto si lo desean ya hablamos otro día. Quiero decir que me parece tan patético como risible que le hagamos un monumento a una especie animal a la que hasta hace dos telediarios nos hemos preocupado por extinguir con notable saña, de tal manera que de las cuatro especies de cabra montés que se conocían en España hemos acabado ya con dos de ellas (el mueyu galaico y el bucardo pirenaico) y las otras dos sobreviven acogidas al refugio de los Parques Naturales para evitar que se las persiga a tiro limpio monte arriba. Sinceramente, por ese lado el monumento huele a mausoleo hipócrita más que a otra cosa.
En segundo lugar, decir que cuando hay tantos españoles olvidados por esta madrastra que nos esquilma mucho y nos consuela poco, ya podría el ayuntamiento, la comunidad autónoma, el gobierno de la Nación o quien coño sea competente en estas cosas, tirar de enciclopedia y erigir por las ciudades de España monumentos que le devolviesen al pueblo la memoria de sus hijos más notables, que para eso sí deberíamos hacer recordatorio y no para devolvernos la pesadilla de ver setenta años atrás a los españoles sacarse las tripas por las esquinas. ¿O es que acaso no merecerían un sencillo busto de plazoleta Isaac Peral, Prim, el Empecinado, Espínola, Ramón J. Sender o Garcilaso?
Supongo que en los tiempos que vivimos es más políticamente correcto lo de las cabras que subir a un pedestal a Juan Sebastián Elcano pero no me negarán ni siquiera los más progres de ustedes que le da más empaque al intelecto acercarse a contemplar una estatua con su hijo de la mano y explicarle quién fue el primer hombre que dio la vuelta al mundo en vez de ensimismarse cinco minutos delante de una granítica berrea. Y dejen que las cabras anden por el monte, hombre, que bastantes tenemos ya sentadas en los escaños del Congreso.
Para quien no haya tenido la posibilidad de admirar la cosa en cuestión, les explico someramente que se trata de dos probables machos cabríos sobrados de cornamenta que berrean silenciosos sobre un risco mientras que un perro, lobo o perro-lobo, les contempla con el mismo arrobamiento que supongo pensaba el escultor que iba a exhibir el paisanaje de Madrid al cruzarse con tan magna obra. Una vegetación adlátere más o menos congestionada por el medio millón de coches que la sitian a diario le otorga a la escena un fondo de presunta naturaleza viva.
Inútilmente he tratado de obtener información acerca del ideario que movió a la concejalía de turno para levantar tamaño monumento. Supongo que un amante del alpinismo, un veraneante pirenaico a costa del presupuesto municipal o simplemente un castizo valedor de la fauna patria. En cualquiera de los casos, me parece de lo más respetable la propuesta que hiciera en su día y no dudo que fuera sincero el entusiasmo con el que patrocinó e impulsó el proyecto, la emoción que sentiría cuando el alcalde o el ministro de Fomento (¿acaso el Rey?) descubrieran al público expectante el perfil orgulloso y recio de las cabras berreando al cielo de Madrid.
Sin embargo, no puedo evitar que un par de ideas me broten de esta maldita conciencia de aguafiestas. En primer lugar, uno no es que sea un ecologista militante pero no niego que me pone de considerable mala leche el maltrato gratuito a cualquier clase de animal. Y esto lo dice un taurino acérrimo, no hace falta que me lo recuerden, pero de esto si lo desean ya hablamos otro día. Quiero decir que me parece tan patético como risible que le hagamos un monumento a una especie animal a la que hasta hace dos telediarios nos hemos preocupado por extinguir con notable saña, de tal manera que de las cuatro especies de cabra montés que se conocían en España hemos acabado ya con dos de ellas (el mueyu galaico y el bucardo pirenaico) y las otras dos sobreviven acogidas al refugio de los Parques Naturales para evitar que se las persiga a tiro limpio monte arriba. Sinceramente, por ese lado el monumento huele a mausoleo hipócrita más que a otra cosa.
En segundo lugar, decir que cuando hay tantos españoles olvidados por esta madrastra que nos esquilma mucho y nos consuela poco, ya podría el ayuntamiento, la comunidad autónoma, el gobierno de la Nación o quien coño sea competente en estas cosas, tirar de enciclopedia y erigir por las ciudades de España monumentos que le devolviesen al pueblo la memoria de sus hijos más notables, que para eso sí deberíamos hacer recordatorio y no para devolvernos la pesadilla de ver setenta años atrás a los españoles sacarse las tripas por las esquinas. ¿O es que acaso no merecerían un sencillo busto de plazoleta Isaac Peral, Prim, el Empecinado, Espínola, Ramón J. Sender o Garcilaso?
Supongo que en los tiempos que vivimos es más políticamente correcto lo de las cabras que subir a un pedestal a Juan Sebastián Elcano pero no me negarán ni siquiera los más progres de ustedes que le da más empaque al intelecto acercarse a contemplar una estatua con su hijo de la mano y explicarle quién fue el primer hombre que dio la vuelta al mundo en vez de ensimismarse cinco minutos delante de una granítica berrea. Y dejen que las cabras anden por el monte, hombre, que bastantes tenemos ya sentadas en los escaños del Congreso.

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