Cuando empece a caminar
Al principio de todo fue matar la infancia, claro. Lo del padre, Freud y todo eso estaba ya muy visto y además no creo que sintiera alguna vez odio contra el viejo. Simplemente, nunca estuvo allí, nos desconocíamos con casi buscada avilantez y nadie puede seriamente odiar lo que desconoce. Ni siquiera el soldado que hace la guerra a sangre y fuego puede permitirse el lujo de afirmar que el motivo de su odio es ese chico tan parecido en su miedo y que agacha la cabeza en otra trinchera para que no se la vuelen. En todo caso podrá odiar lo que representa, el dolor infringido por otros envueltos en una misma bandera, en el mismo uniforme, en el idioma, religión o raza. Por eso todos esos símbolos y costumbres me parecen cada vez más prescindibles. Cosa distinta es el loco, el cruel, el hijo de puta pero es que en mi idea de humanidad no entran semejantes individuos tal vez, ay, tan mayoritarios.
Pero el niño que fui, decididamente, no me gustaba. O más bien el mundo en el que fui puesto con mayor o menor fortuna. Por allí andaban el barrio casi suburbano, la beatitud, el colegio de curas, la naftalina, los hombres de provecho y del saco, el sarampión-rubeola-baricela, las misas de nueve, el calor mentiroso del brasero, la cena silenciosa y especialmente el miedo, un miedo atroz a todo y a todos, un pavor inmisericorde que probablemente no fuera para tanto pero que a día de hoy no puede por menos que provocarme la más conmovedora compasión por el niño que fui.
No todo fue tan malo, claro. De hecho, quien me conociera con diez o doce años probablemente se atreverá a recordarme como un niño moderadamente feliz, introvertido, algo pringado, pero feliz. Sucede que igual era esa felicidad tan pueril y burguesa, tan de carril, la que me provoca a esta hora tanto rechazo. Se puede ser un niño muy infantil o demasiado maduro pero lo jodido es cuando rechazas por igual tu condición de impúber y al adulto que debes imitar. Desde luego, por entonces nada de esto sabía yo, aunque deduzco que, de alguna forma retorcida como la mala leche del buen salvaje, principiaban a balbucear los actuales repudios.
Había pedradas con las que igual te abrían la cabeza o te limpiabas el culo, vecinitas de soslayo, guardias civiles en la esquina de los juzgados, amigos debiluchos y asilvestrados, un hermano con el que periódicamente me daba muchas hostias y pocos besos, una madre muerta y dos abuelas viudas. Mas, por encima de todo, estuvo allí el atardecer más hermoso que nunca he visto, tan fulgente, desgarrador y triste como el descampado hoy difunto donde ocurría, avenida del Aeropuerto, esquina Gran Vía Parque.
Por todo esto y más quise correr. Nada que ver con el born to run, no crean, sino una noción vaga de lo que no quería ser, un escaparme por la gatera, un querer y no atreverme que se resolvió al alba de mi adolescencia en un mezclar el bar de la esquina con la biblioteca municipal. Apesta a leyenda urbana pero es que así fue. Hago aquí un inciso. Con veinte años así eran todos mis amigos, todas las chicas que conocí, todos los antihéroes que tuve. No creo que haya demasiado misterio en esto. Te emborrachabas por las noches y leías para dejar que pasaran más deprisa las horas que hacían soportable en casa bajarte de nuevo al bar. Hace poco mi novia se preguntaba perpleja la razón por la que todos mis amigos habían sido tan malos estudiantes, tan buenos lectores y tan grandes borrachos. Traté de explicarle esto que ahora cuento y se reía como si fuera uno más de mis chistes. Entiendo que alguien en sus cabales le cueste creer que de alguna retorcida manera se puede llegar a García Márquez vía Johnnie Walker.
Me lo dijo por primera vez en el 95 o así Miguel Portellano, tan bendita su amistad para tantas cosas. Miguel era, es, un mal borracho, de los que pierden el rumbo a la segunda copa, pero sabía de libros que yo casi no había ojeado, americanos sobre todo, Henry Miller, Bukowsky, Ellroy, Norman Mailer y encima tenía la coña de un hermano con la suficiente edad para que meterle en casa a Lou Reed, Leonard Cohen o los Stones, por entonces, con tanto indie desfilando en Radio 3, unos perfectos desconocidos.
Así que Miguel me cogió un día en el bar de la facultad y vino a decirme pero qué mierda escuchas si antes no te has pasado por las tripas a los Clash. Aquella misma tarde, tan tarde, escuché por primera vez "Train in vain" y supe, de esa forma inconsciente de la hablada antes, que había mucho por leer, por escuchar, por mirar. Leonard Cohen dicen que se decidió a cantar cuando escuchó por primera vez a Dylan en una radio de los marines en Grecia. Algo así cuentan también de John Lennon con Elvis y me imaginó que así será para cualquier persona ilustrada: hubo un libro, una canción, una película que algún amigo puso como muleta para saber de toda la belleza que nos aguarda ahí fuera. A mí ese quite me lo hizo Miguel Portellano con el "London Calling" y su abuela entre platos de aceitunas y el pelo malteñido de grisazul. Nunca podré olvidarlo, olvidarla, olvidarte.
Pero el niño que fui, decididamente, no me gustaba. O más bien el mundo en el que fui puesto con mayor o menor fortuna. Por allí andaban el barrio casi suburbano, la beatitud, el colegio de curas, la naftalina, los hombres de provecho y del saco, el sarampión-rubeola-baricela, las misas de nueve, el calor mentiroso del brasero, la cena silenciosa y especialmente el miedo, un miedo atroz a todo y a todos, un pavor inmisericorde que probablemente no fuera para tanto pero que a día de hoy no puede por menos que provocarme la más conmovedora compasión por el niño que fui.
No todo fue tan malo, claro. De hecho, quien me conociera con diez o doce años probablemente se atreverá a recordarme como un niño moderadamente feliz, introvertido, algo pringado, pero feliz. Sucede que igual era esa felicidad tan pueril y burguesa, tan de carril, la que me provoca a esta hora tanto rechazo. Se puede ser un niño muy infantil o demasiado maduro pero lo jodido es cuando rechazas por igual tu condición de impúber y al adulto que debes imitar. Desde luego, por entonces nada de esto sabía yo, aunque deduzco que, de alguna forma retorcida como la mala leche del buen salvaje, principiaban a balbucear los actuales repudios.
Había pedradas con las que igual te abrían la cabeza o te limpiabas el culo, vecinitas de soslayo, guardias civiles en la esquina de los juzgados, amigos debiluchos y asilvestrados, un hermano con el que periódicamente me daba muchas hostias y pocos besos, una madre muerta y dos abuelas viudas. Mas, por encima de todo, estuvo allí el atardecer más hermoso que nunca he visto, tan fulgente, desgarrador y triste como el descampado hoy difunto donde ocurría, avenida del Aeropuerto, esquina Gran Vía Parque.
Por todo esto y más quise correr. Nada que ver con el born to run, no crean, sino una noción vaga de lo que no quería ser, un escaparme por la gatera, un querer y no atreverme que se resolvió al alba de mi adolescencia en un mezclar el bar de la esquina con la biblioteca municipal. Apesta a leyenda urbana pero es que así fue. Hago aquí un inciso. Con veinte años así eran todos mis amigos, todas las chicas que conocí, todos los antihéroes que tuve. No creo que haya demasiado misterio en esto. Te emborrachabas por las noches y leías para dejar que pasaran más deprisa las horas que hacían soportable en casa bajarte de nuevo al bar. Hace poco mi novia se preguntaba perpleja la razón por la que todos mis amigos habían sido tan malos estudiantes, tan buenos lectores y tan grandes borrachos. Traté de explicarle esto que ahora cuento y se reía como si fuera uno más de mis chistes. Entiendo que alguien en sus cabales le cueste creer que de alguna retorcida manera se puede llegar a García Márquez vía Johnnie Walker.
Me lo dijo por primera vez en el 95 o así Miguel Portellano, tan bendita su amistad para tantas cosas. Miguel era, es, un mal borracho, de los que pierden el rumbo a la segunda copa, pero sabía de libros que yo casi no había ojeado, americanos sobre todo, Henry Miller, Bukowsky, Ellroy, Norman Mailer y encima tenía la coña de un hermano con la suficiente edad para que meterle en casa a Lou Reed, Leonard Cohen o los Stones, por entonces, con tanto indie desfilando en Radio 3, unos perfectos desconocidos.
Así que Miguel me cogió un día en el bar de la facultad y vino a decirme pero qué mierda escuchas si antes no te has pasado por las tripas a los Clash. Aquella misma tarde, tan tarde, escuché por primera vez "Train in vain" y supe, de esa forma inconsciente de la hablada antes, que había mucho por leer, por escuchar, por mirar. Leonard Cohen dicen que se decidió a cantar cuando escuchó por primera vez a Dylan en una radio de los marines en Grecia. Algo así cuentan también de John Lennon con Elvis y me imaginó que así será para cualquier persona ilustrada: hubo un libro, una canción, una película que algún amigo puso como muleta para saber de toda la belleza que nos aguarda ahí fuera. A mí ese quite me lo hizo Miguel Portellano con el "London Calling" y su abuela entre platos de aceitunas y el pelo malteñido de grisazul. Nunca podré olvidarlo, olvidarla, olvidarte.

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