viernes, junio 22, 2007

Fandanguillos de Madrid

Por Ana y Raúl, ellos sabrán



Aparentemente no existe razón alguna para que una persona en sus cabales pueda vivir en Madrid. Pregunten a cualquiera. Le hablarán de prisas, crimen, locura, estrés, caos, de una ciudad, en fin, administrada por una banda de centralistas sin escrúpulos y padecida por un rebaño de energúmenos cabreados. Si la encuesta la realizan en Barcelona o Bilbao la cosa a buen seguro que empeora hasta peligrar la integridad del audaz inquisidor.
Algo de eso hay, claro. Mi paisano Guerrita decía que en Madrid hay gente pa tó y no le faltaba razón. Hasta para que sigan naciendo, viviendo y muriendo madrileños a manos llenas y aun para que muchos miles más de forasteros busquen cobijo en este inexplicable cruce de caminos. Yo el primero.
Hago punto y aparte porque quiero advertir que no soy un relator objetivo. Padezco esa enfermedad tan común del chico de provincias que se deja violar por la gran ciudad y a mucha honra, qué coño. Sucede que me gusta Madrid, mire usted. Me gustaba cuando era un recién llegado apestando a provisionalidad, estrechez y andalucismo y aún más me fascina ahora que vivo con mayor acomodo, menor modestia y el mismo acento.
Claro, no todo fue como yo lo esperaba. El Madrid del nuevo siglo pierde por días su leyenda de poblachón manchego, capital de movidas, corrala de chulapas y todo eso. Retener, retiene, pero cada noche algo menos porque toca mudar en gran ciudad europea a golpe de tuneladora y especulación inmobiliaria. El triunfo del progreso, dicen. El triunfo de los mediocres, digo.
Mientras tanto, uno no puede evitar reconocerse como madrileño aunque le desmienta la partida de nacimiento porque maridarse con esta ciudad es mucho, un chute del que no te desintoxicas hasta que dejas de tener aliento. Y si se aburren a este lado de Atocha, pues me hacen el favor de bajarse a Vallecas donde les espera mi hermanito Pérez con lo más basilón del barrio. O a la sierra si tienen posibles pero, oiga, no muy lejos de Chamberí que por cada dos señoronas de derechas igual se encuentran con lo más perfumado de las muchachas en flor, con los cafés borrachos, con mileuristas descojonados, con media y caña, con el flamenco al alba, con Gurruchaga en la cola del pan, con melómanos homosexuales, con mi persona esperando a la novia y al que sea con un whisky o un verso entre los labios. Mientras tanto, que siga saliendo el sol por Manoteras. Y que lo vean ustedes.