jueves, junio 07, 2007

De ciudades y siglos muertos

Me gusta el tango "Cambalache", ya saben, aquello de el mundo fue y será una porquería, el que no llora no mama y tal. No piensen que esto va del coñazo pesimista habitual. En suma me gusta porque detrás de esa letra de Discépolo entre cabreada y socarrona se oculta la idea de para lo poco que nos ha servido el siglo XX. Inventamos para matarnos más y mejor, jodimos el medio ambiente a paso legionario, nos embrutecimos más sofisticadamente y creamos teorías políticas que, o directamente se fueron por el desagüe, o pervertimos para dejarlo todo exactamente igual.
Sin embargo, de entre todo ese desbarajuste a mi hoy me pide el cuerpo llamarles la atención sobre este pañal de urbanitas que nos puso la fallecida centuria cuando apenas éramos una cuadrilla de paletos destripaterrones.
Una tarde en un bar de Argüelles le escuchaba a dos parroquianos hacer tertulia de lo difícil que resulta encontrar un madrileño de los de antes de la guerra, de la civil se entiende, uno de esos que aún presumían de vivir en una corte que no era sino poblachón manchego y donde después de las rondas empezaba el campo y no el término municipal de Getafe. En Europa y por ahí están ya más hechos a esto. Un berlinés o un neoyorquino se saben habitantes de una gran ciudad desde Bonaparte pero en esta santa tierra hemos estado hasta hace dos telediarios arrancando los adoquines de las aceras y apedreando el alumbrado público. Que se lo pregunten sino al marqués de Esquilache.
Leo los dos libros dedicados a Nueva York y Londres que ha escrito Enric González, muy recomendables por cierto, y adivina uno detrás del anecdotario y la descripción del paisaje un poso de ciudad de siglos, de las ciudades que se han ido superponiendo unas sobre otras hasta dar lugar a las actuales metrópolis. Algo parecido pudo haber ocurrido en España con Madrid, Sevilla o Barcelona a partir de nuestro Siglo de Oro pero ya se encargaron los ineptos de siempre en empobrecernos y despoblarnos hasta que casi volvimos al castro celtíbero.
En realidad, el español no creo que haya aún asumido esa condición de animal urbano y sino tomen nota de folclrorismos cotidianos como la travesía anual de ovejas por la Gran Vía, los sanfermines, las verbenas populares o el pánico provinciano a este Madrid que parece devorarlo todo en cada esquina.
No crean, yo también padezco a ratos de esa fiebre, y me da el pálpito que tiene mucho que ver con esto de hacerse mayor sin delicadeza, que decía el otro. O a lo mejor es que este alcalde de villa y corte se ha empeñado a convertirnos en la capital universal del mundo hispánico y a mí todo lo que sea meterme en algo a hostias de tuneladora me pone de bastante mal café. No sé, igual un día de estos cojo a la rubia y me subo a la sierra, que dice mi primo Migue estar muy tranquilito allá arriba y hasta te puedes hacer un jardín, aunque en mi caso seguro que acabaría sembrándolo de colillas y libros malos.
Para eso hemos quedado, para un jardín, no te jode. Y yo que iba para aceitunero. Como decía mi abuela, si los antiguos levantaran la cabeza...