viernes, junio 29, 2007

Verano, 07

Esta tarde me he sentado a tomarme una caña. Es un bar pequeño, de barrio, de esos que llevan puestos en una esquina toda la vida, tal vez desde cuando, como dice Jose el barbero, Prosperidad terminaba en unas vaquerizas donde hoy se levanta el edificio de IBM. Le he dado un par de sorbos cortos a la cerveza, me he encendido un cigarro y durante un instante pretendo convencerme de que tengo ganas de leer. Pero no, ni de coña, para qué nos vamos a engañar, si es un jueves de verano primerizo, las jais están en flor y encima me ha dado esto de salir por darle el nonagésimo empujón al Ulises de James Joyce, coñazo importante.
Así que dejo el libro sobre la mesa y me dedico al noble arte de contemplar las musarañas. Qué gusto mirar sin ver, ventilar la retina, que decía uno del Realejo. Mira que ha llovido, Paquito. Bendito y paseado Realejo. No he pisado la plaza de la Magdalena desde hace años, desde el día que bajé a ver a mi compadre Rafael a la facultad y no estaba, claro, y no conocía a nadie en el bar porque según me dijeron habían prohibido vender alcohol muchos meses atrás. La primavera pasada estuve cerca, frente a la iglesia de San Andrés. Paseaba por primera vez a la Rubia en los barrios de naranjo y taberna y sin querer fui a parar a la esquina donde estaba la tienda del Marcos, esa de maniquíes con mono azul y casco de albañil. Por un momento pensé en bajar, echar un ojo por si seguía el empedrado de guijarros, el puesto de caracoles, la maltratada sala Nervios, donde una madrugada se electrocutaban los labios de Jorge Martínez cantando eso del hombre solitario. No fui, claro, porque eran las doce de la noche y nunca entendí qué se le ha perdido a nadie allí cuando cierra la noche si no quiere pillar o tomarse un medio matagripes. Y la nena y yo no estábamos entonces para eso.
Pasa Vicente, el portero de mi casa, con los andares de compás abierto, como si se hubiera cagado en Pascua sin que aún haber encontrado papel con qué limpiar. Me saluda y hasta creo que hace intentos de darme conversación. Nunca he conocido a nadie sin estar borracho que se le entendiera menos hablando. Yo creo que debió criarse en uno de esos pueblos castellanos donde aún esperan el regreso del Cid y que la cosa del chamullar viene a ser un decirse buenos días, buenas noches y venga gritarle a las ovejas. Pero es un buen tío. Le debo muchos amaneceres de casi meterme en la cama porque no podía yo con mi alma, cuando abrir el portal requiere más concentración que cumplir con la selectividad. Una vez hasta le invité a un vaso de vino en el bar de abajo y sólo me hablaba de su hermana solterona. Para mí que la quiere colocar como sea. No sabe ni como me llamo.
Pido otra caña. Entre medias de esta parrafada he pedido tres. El camarero debe pensar a estas alturas que estoy de cachondeo pero es que tengo un problema con las cañas y es, por mi Pedro lo juro, que las bebo como el agua, maestro Camarón. Lo mío es el whisky, a palo seco, s´il vous plait. El resto como que sabe a aperitivo con media de calamares mas a esta hora de la tarde no tengo mucha hambre. Así, la próxima es de escocés. Van Morrison tiene por un estribillo en el que pide todo el rato one bourbon, one scotch, one beer. Un buen borracho. Con tíos así hace tiempo que he decidido no acodarme en barra porque igual al día siguiente concluye uno que está mayor para cerrar bares y eso sí que no. Claro, tampoco es bueno para la moral cristiana que los amigos vayan echando el bofe por las esquinas porque entonces pienso que soy yo el que tiene un problema con lo de templar la zurda y tampoco. O sí. Qué más da, Van.
Ahora va el paseíllo de señoronas mustias. Dice el Manolo que prefería el Manzanares, Virgen del Puerto y tal, porque en la cochambre no crecían tantos nuevos ricos. Igual tiene razón el hombre pero es que aquí mi primo Martínez pega poco la oreja y se pierde las suculentas conversaciones de este vecindario ayer oloroso a lejía, hoy perfume del Opencor. Y van se y sientan a mi lado. Qué valor, decía la abuela Andrea. Como español que uno es en sus ratos libres, hago del cuerpo carne de cotilla. Hablan de niños, alfombras, gambas, el tiempo, la vecina de una, la vecina de otra, las rebajas que vienen, la salud que se les va. Pero, joooor, que se ponen a charlar de una sobrina que atiende por Paloma (un poner, que denuncian) y me interesa por lo este leer uno entre líneas, mayormente que donde ponen rebelde sospecho que la nena les salió floja de remos y ligera de cascos, que la nena le dio por andar con el escote como balcón donde asomo, que duerme sudando paraísos artificiales, que besa a los que hacen eses sin que saber del esquí. Vamos, que en otro tiempo, en el mismo lugar, maña que por ti no duermo, igual les pido el número de Paloma a punta navaja. Todo lo más que rozo a entrever un algo de que ELLA es púber tan recién huida de la adolescencia como la peli esa, sí hombre, la de Sam Peckimpah con Steve McQueen.
En esto no he tenido la decencia de contar a ustedes que hace rato apuro el fresco ardor de Escocia , incendiando de sudor cristalino la copa, el hígado, las sienes, los cuatro peces de nieve que desaparecen igual que este día acobardado tras las azoteas de Prosperidad. Estoy tan sumergido en el fondo de la silla que me río del hash, que me río de la marihuana, que me río de todo. Y como ni soy cortés ni valiente, pido la cuenta con un dedo tímido, mojado, nicotinómano, en verdad ansioso por retorcer el vuelo de la sábana, nueve y media que son, pues borracho que es uno, mire usté. Por lo que abono, bromeo, me insultan, propino elegante propina, con esfuerzo y curiosidad ajena me levanto, entablo conversación con los zapatos y, Corazón de María por delante, alcanzo las puertas del Edén con patio interior donde ahora escribo esta crónica de una rutina anunciada. Las de mis tardes, mis noches, mis días. Las de vosotros maldita sea, que no estáis aquí.

miércoles, junio 27, 2007

Ciudad Jardin (*)

Mármol, estaño, serrín, colillas, neón, churretones, desfile de botillería, qué se debe, qué tomáis, Manolete, Luis Miguel y Gitanillo en la pared, música de pinchadiscos o tragaperras, hora tenemos, Babel, vomitonas, sonrisa de carmín, nopuedor, me pones otra, me cobras, me apuntas, abrazo de enemigos diurnos, bronca de amantes nocturnos, mierda garrafón, el chocolate fuera, el tequila al centro y pa´ dentro, niebla, erasmus, lluvia, mareo, al alba, cara oculta de la luna, cocacola, cocaína, gorditas descocadas, adolescentes destetadas, la virgen, el rubor, las manos, los besos, nos vamos, nos vemos, un medio, una caña, una copa, un chupito, un tercio, un cubata, un carajillo, un doble, un tinto, un tubo, me das un cigarro, sudor de febrero, taberna de abril, perfume, quemadura, deseo, multitud, botellón, perros beodos, gatas huidizas, mala vida, sin documentos, New York, New York, lentillas con saliva, sábanas con semen, no te vi ayer, taquicardia, rímel, bocata de ron, qué risa, cristal, limón, espejos, ascensor, huecos de escalera, autobuses cansados, coches solitarios, peatones friolentos, la próxima ¿dónde?.



(*) Para el lector forastero, hubo un tiempo en que Ciudad Jardín pudo ser la Malasaña de Córdoba hasta que se decidió que, as always, debía seguir siendo nada. Por todos los que estuvieron una vez allí.

Cuando empece a caminar

Al principio de todo fue matar la infancia, claro. Lo del padre, Freud y todo eso estaba ya muy visto y además no creo que sintiera alguna vez odio contra el viejo. Simplemente, nunca estuvo allí, nos desconocíamos con casi buscada avilantez y nadie puede seriamente odiar lo que desconoce. Ni siquiera el soldado que hace la guerra a sangre y fuego puede permitirse el lujo de afirmar que el motivo de su odio es ese chico tan parecido en su miedo y que agacha la cabeza en otra trinchera para que no se la vuelen. En todo caso podrá odiar lo que representa, el dolor infringido por otros envueltos en una misma bandera, en el mismo uniforme, en el idioma, religión o raza. Por eso todos esos símbolos y costumbres me parecen cada vez más prescindibles. Cosa distinta es el loco, el cruel, el hijo de puta pero es que en mi idea de humanidad no entran semejantes individuos tal vez, ay, tan mayoritarios.
Pero el niño que fui, decididamente, no me gustaba. O más bien el mundo en el que fui puesto con mayor o menor fortuna. Por allí andaban el barrio casi suburbano, la beatitud, el colegio de curas, la naftalina, los hombres de provecho y del saco, el sarampión-rubeola-baricela, las misas de nueve, el calor mentiroso del brasero, la cena silenciosa y especialmente el miedo, un miedo atroz a todo y a todos, un pavor inmisericorde que probablemente no fuera para tanto pero que a día de hoy no puede por menos que provocarme la más conmovedora compasión por el niño que fui.
No todo fue tan malo, claro. De hecho, quien me conociera con diez o doce años probablemente se atreverá a recordarme como un niño moderadamente feliz, introvertido, algo pringado, pero feliz. Sucede que igual era esa felicidad tan pueril y burguesa, tan de carril, la que me provoca a esta hora tanto rechazo. Se puede ser un niño muy infantil o demasiado maduro pero lo jodido es cuando rechazas por igual tu condición de impúber y al adulto que debes imitar. Desde luego, por entonces nada de esto sabía yo, aunque deduzco que, de alguna forma retorcida como la mala leche del buen salvaje, principiaban a balbucear los actuales repudios.
Había pedradas con las que igual te abrían la cabeza o te limpiabas el culo, vecinitas de soslayo, guardias civiles en la esquina de los juzgados, amigos debiluchos y asilvestrados, un hermano con el que periódicamente me daba muchas hostias y pocos besos, una madre muerta y dos abuelas viudas. Mas, por encima de todo, estuvo allí el atardecer más hermoso que nunca he visto, tan fulgente, desgarrador y triste como el descampado hoy difunto donde ocurría, avenida del Aeropuerto, esquina Gran Vía Parque.
Por todo esto y más quise correr. Nada que ver con el born to run, no crean, sino una noción vaga de lo que no quería ser, un escaparme por la gatera, un querer y no atreverme que se resolvió al alba de mi adolescencia en un mezclar el bar de la esquina con la biblioteca municipal. Apesta a leyenda urbana pero es que así fue. Hago aquí un inciso. Con veinte años así eran todos mis amigos, todas las chicas que conocí, todos los antihéroes que tuve. No creo que haya demasiado misterio en esto. Te emborrachabas por las noches y leías para dejar que pasaran más deprisa las horas que hacían soportable en casa bajarte de nuevo al bar. Hace poco mi novia se preguntaba perpleja la razón por la que todos mis amigos habían sido tan malos estudiantes, tan buenos lectores y tan grandes borrachos. Traté de explicarle esto que ahora cuento y se reía como si fuera uno más de mis chistes. Entiendo que alguien en sus cabales le cueste creer que de alguna retorcida manera se puede llegar a García Márquez vía Johnnie Walker.
Me lo dijo por primera vez en el 95 o así Miguel Portellano, tan bendita su amistad para tantas cosas. Miguel era, es, un mal borracho, de los que pierden el rumbo a la segunda copa, pero sabía de libros que yo casi no había ojeado, americanos sobre todo, Henry Miller, Bukowsky, Ellroy, Norman Mailer y encima tenía la coña de un hermano con la suficiente edad para que meterle en casa a Lou Reed, Leonard Cohen o los Stones, por entonces, con tanto indie desfilando en Radio 3, unos perfectos desconocidos.
Así que Miguel me cogió un día en el bar de la facultad y vino a decirme pero qué mierda escuchas si antes no te has pasado por las tripas a los Clash. Aquella misma tarde, tan tarde, escuché por primera vez "Train in vain" y supe, de esa forma inconsciente de la hablada antes, que había mucho por leer, por escuchar, por mirar. Leonard Cohen dicen que se decidió a cantar cuando escuchó por primera vez a Dylan en una radio de los marines en Grecia. Algo así cuentan también de John Lennon con Elvis y me imaginó que así será para cualquier persona ilustrada: hubo un libro, una canción, una película que algún amigo puso como muleta para saber de toda la belleza que nos aguarda ahí fuera. A mí ese quite me lo hizo Miguel Portellano con el "London Calling" y su abuela entre platos de aceitunas y el pelo malteñido de grisazul. Nunca podré olvidarlo, olvidarla, olvidarte.

viernes, junio 22, 2007

Fandanguillos de Madrid

Por Ana y Raúl, ellos sabrán



Aparentemente no existe razón alguna para que una persona en sus cabales pueda vivir en Madrid. Pregunten a cualquiera. Le hablarán de prisas, crimen, locura, estrés, caos, de una ciudad, en fin, administrada por una banda de centralistas sin escrúpulos y padecida por un rebaño de energúmenos cabreados. Si la encuesta la realizan en Barcelona o Bilbao la cosa a buen seguro que empeora hasta peligrar la integridad del audaz inquisidor.
Algo de eso hay, claro. Mi paisano Guerrita decía que en Madrid hay gente pa tó y no le faltaba razón. Hasta para que sigan naciendo, viviendo y muriendo madrileños a manos llenas y aun para que muchos miles más de forasteros busquen cobijo en este inexplicable cruce de caminos. Yo el primero.
Hago punto y aparte porque quiero advertir que no soy un relator objetivo. Padezco esa enfermedad tan común del chico de provincias que se deja violar por la gran ciudad y a mucha honra, qué coño. Sucede que me gusta Madrid, mire usted. Me gustaba cuando era un recién llegado apestando a provisionalidad, estrechez y andalucismo y aún más me fascina ahora que vivo con mayor acomodo, menor modestia y el mismo acento.
Claro, no todo fue como yo lo esperaba. El Madrid del nuevo siglo pierde por días su leyenda de poblachón manchego, capital de movidas, corrala de chulapas y todo eso. Retener, retiene, pero cada noche algo menos porque toca mudar en gran ciudad europea a golpe de tuneladora y especulación inmobiliaria. El triunfo del progreso, dicen. El triunfo de los mediocres, digo.
Mientras tanto, uno no puede evitar reconocerse como madrileño aunque le desmienta la partida de nacimiento porque maridarse con esta ciudad es mucho, un chute del que no te desintoxicas hasta que dejas de tener aliento. Y si se aburren a este lado de Atocha, pues me hacen el favor de bajarse a Vallecas donde les espera mi hermanito Pérez con lo más basilón del barrio. O a la sierra si tienen posibles pero, oiga, no muy lejos de Chamberí que por cada dos señoronas de derechas igual se encuentran con lo más perfumado de las muchachas en flor, con los cafés borrachos, con mileuristas descojonados, con media y caña, con el flamenco al alba, con Gurruchaga en la cola del pan, con melómanos homosexuales, con mi persona esperando a la novia y al que sea con un whisky o un verso entre los labios. Mientras tanto, que siga saliendo el sol por Manoteras. Y que lo vean ustedes.

jueves, junio 07, 2007

De ciudades y siglos muertos

Me gusta el tango "Cambalache", ya saben, aquello de el mundo fue y será una porquería, el que no llora no mama y tal. No piensen que esto va del coñazo pesimista habitual. En suma me gusta porque detrás de esa letra de Discépolo entre cabreada y socarrona se oculta la idea de para lo poco que nos ha servido el siglo XX. Inventamos para matarnos más y mejor, jodimos el medio ambiente a paso legionario, nos embrutecimos más sofisticadamente y creamos teorías políticas que, o directamente se fueron por el desagüe, o pervertimos para dejarlo todo exactamente igual.
Sin embargo, de entre todo ese desbarajuste a mi hoy me pide el cuerpo llamarles la atención sobre este pañal de urbanitas que nos puso la fallecida centuria cuando apenas éramos una cuadrilla de paletos destripaterrones.
Una tarde en un bar de Argüelles le escuchaba a dos parroquianos hacer tertulia de lo difícil que resulta encontrar un madrileño de los de antes de la guerra, de la civil se entiende, uno de esos que aún presumían de vivir en una corte que no era sino poblachón manchego y donde después de las rondas empezaba el campo y no el término municipal de Getafe. En Europa y por ahí están ya más hechos a esto. Un berlinés o un neoyorquino se saben habitantes de una gran ciudad desde Bonaparte pero en esta santa tierra hemos estado hasta hace dos telediarios arrancando los adoquines de las aceras y apedreando el alumbrado público. Que se lo pregunten sino al marqués de Esquilache.
Leo los dos libros dedicados a Nueva York y Londres que ha escrito Enric González, muy recomendables por cierto, y adivina uno detrás del anecdotario y la descripción del paisaje un poso de ciudad de siglos, de las ciudades que se han ido superponiendo unas sobre otras hasta dar lugar a las actuales metrópolis. Algo parecido pudo haber ocurrido en España con Madrid, Sevilla o Barcelona a partir de nuestro Siglo de Oro pero ya se encargaron los ineptos de siempre en empobrecernos y despoblarnos hasta que casi volvimos al castro celtíbero.
En realidad, el español no creo que haya aún asumido esa condición de animal urbano y sino tomen nota de folclrorismos cotidianos como la travesía anual de ovejas por la Gran Vía, los sanfermines, las verbenas populares o el pánico provinciano a este Madrid que parece devorarlo todo en cada esquina.
No crean, yo también padezco a ratos de esa fiebre, y me da el pálpito que tiene mucho que ver con esto de hacerse mayor sin delicadeza, que decía el otro. O a lo mejor es que este alcalde de villa y corte se ha empeñado a convertirnos en la capital universal del mundo hispánico y a mí todo lo que sea meterme en algo a hostias de tuneladora me pone de bastante mal café. No sé, igual un día de estos cojo a la rubia y me subo a la sierra, que dice mi primo Migue estar muy tranquilito allá arriba y hasta te puedes hacer un jardín, aunque en mi caso seguro que acabaría sembrándolo de colillas y libros malos.
Para eso hemos quedado, para un jardín, no te jode. Y yo que iba para aceitunero. Como decía mi abuela, si los antiguos levantaran la cabeza...