jueves, mayo 31, 2007

Dar la cara

A mi padre



En España hoy en día no es políticamente correcto dar la cara, mayormente porque se corre el riesgo de que te la partan. Si esto se debiera a un espíritu pacifista, a un deseo de neutralidad a ultranza, pues uno le alabaría el gusto al personal, me daría de besos hasta con el conductor del autobús y proclamaría a los cuatro vientos mi pesadumbre por no haber cantado antes las virtudes de este ibérico remanso de amor fraterno. Pero sucede que sospecho detrás de tanto desinterés por pringar en cualquier cuestión que nos provoque duelos y quebrantos un pavor casi enfermizo a que se nos hurte esta condición de viejos gandules, nuevos europeos y novísimos ricos.
Leí hace un par de años, en uno de esos artículos de opinión que glosaban el franquismo en el veinte aniversario de la muerte de su hacedor que su gran fracaso de fue el de convertir este país en corral de gallinas cluecas cuando se pasó cuarenta años hablando de devolverle sus hábitos imperiales. Algún sociólogo va más allá y habla de que somos un pueblo traumatizado aún por la feroz violencia desplegada durante la Guerra Civil. Sea como sea, lo cierto es que aquí no le echa nadie un par de cojones a la vida ni aunque le violen a la parienta ante sus ojos. Y no hablo de darse de hostias en un bar puesto de garrafón hasta las cejas, porque para ese valor de matasiete borracho sí que hemos sido siempre los primeros de la clase. Yo me refiero al valor de ley, al de llamar a las cosas por su nombre, al de andar con paso firme porque sabe uno adónde le conducen sus pasos, al de hablar sin sombra de doblez, al del esfuerzo, el sacrificio, la honestidad y la educación.
Por contra, hemos añadido a los antiguos vicios nacionales todos los que le son propios a nuestra recién estrenada condición de habitantes del mejor de los mundos posibles. Y claro, al grito de "Virgencita que me quede como estoy" aquí no hay quien mueva un dedo por cambiar el estado de según qué cosas.
Tenemos así constructores que se lo llevan crudo porque no sea que dejen de pagar comisiones al ayuntamiento, empresarios que le pisan el cuello al trabajador porque los sindicatos bastante tienen con mantener sus prebendas, curas que callan y otorgan por no perder subvenciones estatales, periodistas que maquillan la verdad por no hacerle perder el sueño al presidente del consejo de administración de un grupo multimedia y diputados que votan sí cuando debiera ser no por si se cabrea el jefe del grupo parlamentario. Podríamos seguir aunque mejor no porque lo mismo esta letanía le puede tocar a usted.
En semejante mieditis congénita está, creo yo, la respuesta a muchos de los problemas que atenazan la vida nacional en los últimos años. Dicho en plata, no hay huevos. No hay huevos para poner encima de la mesa que si un tío se lleva por delante a quince se va a pudrir en prisión aunque declare huelgas de hambre o se esté dando cabezazos contra la reja un mes entero. No hay huevos para decirle a uno de estos nacionalistas analfabetos que es un gilipollas integral cuando deje caer alguna de sus chorradas pseudohistóricas. No hay huevos para decirle al del maletín que salga echando hostias del ayuntamiento antes de que un guardia se lo meta por santa sea la parte. No hay huevos, en fin, para que de una puñetera aprendamos a ser ciudadanos y no populacho.
No soy optimista al respecto. Por mi propia experiencia sé que el camino de la cultura (de la verdadera cultura), de la educación, de culto a unos valores identificados con la pedantería, es arduo y conduce a un premio con frecuencia escaso que rara vez tiene que ver con el engorde de la cuenta corriente. Poco me importa. Yo sólo pretendo, al fin y al cabo, ser un buen hombre y un buen ciudadano para mí, para los que me amo e incluso para usted que, igual me está leyendo a caballo entre el escepticismo y un calculado cachondeo. Pues muy bien. Es tu vida, chaval, pero luego no vengas llorando. Porque las hostias siempre llegan y para entonces igual no tienes la cara suficiente para saberlas encajar.

lunes, mayo 28, 2007

Todos estan satisfechos

Se acabó lo que se daba. Niños y niñas, después de dos semanas de tostón electoral en que nuestros egregios candidatos nos han tildado de ciudadanos (y ciudadanas) hasta la saciedad, volvemos de nuevo a nuestra rutina de meros consumidores, de contribuyentes, de vasallos con sueldo mileurista, hipoteca y jornada liguera.
Ya se pueden imaginar que me he sentido tan conmovido por estas reñidas elecciones para conocer los próximos beneficiarios de la corrupción local como por el concurso para elegir a Miss Yemen. No tenía ni pensado escribir sobre la cosa pero, a ver, uno es un poco masoca y de vez en cuando lee periódicos, pega la oreja en el bar entre sorbo y sorbo de café y, si estoy de buen humor, hasta me da por ver diez minutos de telediario. Eso no quita para que les diga que van listos si piensan que les voy a hacer un análisis de resultados o gilipollez parecida; ya le dejo tan sesudo ejercicio de opinión a los profesionales del ramo, que son muchos y lo mismo hasta más sabios que aquí el Gordillo.
Sin embargo, no me resisto a comentar las declaraciones que ha hecho esta mañana el fenómeno de nuestro presidente, confirmando así lo que ya entreveía desde hace tiempo: que nuestros líderes políticos, y el presidente del gobierno es el primero entre todos ellos, no son sino producto de la sociedad que los elige. Parece una perogrullada del calibre cuarenta y cinco esto que digo pero atiendan un minuto y lo mismo cogen la idea.
Dice el fenómeno en cuestión que lo importante de estas elecciones es que "todos están satisfechos". Olé sus huevos, presidente. Diga que sí, todos felices, cogidos de la mano y a silbar la canción del verano, que ya toca. Y tan contentos, qué carajo. Fíjense que ya se pueden poner a hacer palmas hasta los de Batasuna, esos pobreticos a los que hemos conseguido sacar del Guantánamo electoral en el que vivían.
Nada, nada, pelillos a la mar, todos a disfrutar, que nos hemos repartido el pastel como buenos hermanos, los de la corrupción urbanística y los etarras, los cacicazos progres de Andalucía y los gominolos del barrio de Salamanca, Carod Rovira y los regionalistas cántabros, los vecinos de Torrelodones y el Partido de Independientes de Lanzarote, churras, merinas y la madre que nos parió a todos. Atrás quedó lo de la extrema derecha, el gobierno con ministros etarras, los reyes del ladrillo, el pucherazo vasco, los moritos que nos invaden en patera, el chalao de Maragall y los candidatos rumbosos que bailan el chotis. Todo fue el sueño de una noche de verano, un calentón, un no sé qué nos pasó Mariano, mi amor.
Y es que España es asín, señora. Lo mejor es llevarse de fábula, compadrear, barrer la mierda bajo la alfombra y que todo cambie para que todo siga igual. Ya cogeremos a un tercero para contarle lo hijoputa que es el vecino de enfrente, ese que nos cae tan bien pero al que le cortaríamos el pescuezo con gusto si no fuera porque luego igual no damos bien por televisión al entrar en comisaría.
No crean, igual es que le tengo una sana envidia al señor presidente. En tres palabras ha resumido el tío todo lo que yo llevo intentando transmitirles en este blog desde hace cosa de un mes. Uno se pasa las horas muertas lidiando con el idioma para ponerles en negro sobre blanco esta sociedad hipócrita, zafia, reclinada en un almohadón relleno de estiércol, y llega el amigo Rodríguez, se pone delante de la cámara y, hala, en una frase te cuenta de qué va el percal como un Castelar cualquiera. Ahí queda eso. Insisto, qué fenómeno. Y lo mejor es que el paisanaje se habrá quedado de lo más tranquilo pensando que sí, qué tiene razón el presidente, Loli, que tampoco era para tanto.
En fin, cosas de esta realidad que con demasiada frecuencia imita demasiado bien a la peor literatura. Con su pan se lo coman, mis queridos votantes; yo me voy a la cama, de donde nunca debería salir.

martes, mayo 22, 2007

Las cabras municipales

En la calle Arturo Soria, noreste del municipio de Madrid, se levanta un conjunto escultórico que inmortaliza a la cabra hispánica. Paso por delante un par de veces al día desde hace un año y confieso que si los instigadores de tan caprino monumento albergaban la idea de conmover de alguna manera al apresurado peatón, en mi caso lo han conseguido de sobra.
Para quien no haya tenido la posibilidad de admirar la cosa en cuestión, les explico someramente que se trata de dos probables machos cabríos sobrados de cornamenta que berrean silenciosos sobre un risco mientras que un perro, lobo o perro-lobo, les contempla con el mismo arrobamiento que supongo pensaba el escultor que iba a exhibir el paisanaje de Madrid al cruzarse con tan magna obra. Una vegetación adlátere más o menos congestionada por el medio millón de coches que la sitian a diario le otorga a la escena un fondo de presunta naturaleza viva.
Inútilmente he tratado de obtener información acerca del ideario que movió a la concejalía de turno para levantar tamaño monumento. Supongo que un amante del alpinismo, un veraneante pirenaico a costa del presupuesto municipal o simplemente un castizo valedor de la fauna patria. En cualquiera de los casos, me parece de lo más respetable la propuesta que hiciera en su día y no dudo que fuera sincero el entusiasmo con el que patrocinó e impulsó el proyecto, la emoción que sentiría cuando el alcalde o el ministro de Fomento (¿acaso el Rey?) descubrieran al público expectante el perfil orgulloso y recio de las cabras berreando al cielo de Madrid.
Sin embargo, no puedo evitar que un par de ideas me broten de esta maldita conciencia de aguafiestas. En primer lugar, uno no es que sea un ecologista militante pero no niego que me pone de considerable mala leche el maltrato gratuito a cualquier clase de animal. Y esto lo dice un taurino acérrimo, no hace falta que me lo recuerden, pero de esto si lo desean ya hablamos otro día. Quiero decir que me parece tan patético como risible que le hagamos un monumento a una especie animal a la que hasta hace dos telediarios nos hemos preocupado por extinguir con notable saña, de tal manera que de las cuatro especies de cabra montés que se conocían en España hemos acabado ya con dos de ellas (el mueyu galaico y el bucardo pirenaico) y las otras dos sobreviven acogidas al refugio de los Parques Naturales para evitar que se las persiga a tiro limpio monte arriba. Sinceramente, por ese lado el monumento huele a mausoleo hipócrita más que a otra cosa.
En segundo lugar, decir que cuando hay tantos españoles olvidados por esta madrastra que nos esquilma mucho y nos consuela poco, ya podría el ayuntamiento, la comunidad autónoma, el gobierno de la Nación o quien coño sea competente en estas cosas, tirar de enciclopedia y erigir por las ciudades de España monumentos que le devolviesen al pueblo la memoria de sus hijos más notables, que para eso sí deberíamos hacer recordatorio y no para devolvernos la pesadilla de ver setenta años atrás a los españoles sacarse las tripas por las esquinas. ¿O es que acaso no merecerían un sencillo busto de plazoleta Isaac Peral, Prim, el Empecinado, Espínola, Ramón J. Sender o Garcilaso?
Supongo que en los tiempos que vivimos es más políticamente correcto lo de las cabras que subir a un pedestal a Juan Sebastián Elcano pero no me negarán ni siquiera los más progres de ustedes que le da más empaque al intelecto acercarse a contemplar una estatua con su hijo de la mano y explicarle quién fue el primer hombre que dio la vuelta al mundo en vez de ensimismarse cinco minutos delante de una granítica berrea. Y dejen que las cabras anden por el monte, hombre, que bastantes tenemos ya sentadas en los escaños del Congreso.

lunes, mayo 21, 2007

Los olvidados

Antiguamente, cuando comer era cosa de ricos, se decía de los niños de casa bien que nacían con un pan bajo el brazo. Luego, con los planes de desarrollo y tal, la cosa fue mejorando de modo que los alumbrados en el baby boom de los años setenta ya podíamos permitirnos el lujo de nacer hasta con un bocata de nocilla sin necesidad de hacer muchos aspavientos. Por ahí hasta hoy, en que los niños nacen con una consola y un plan de jubilación calentándoles el sobaco.
Yo, como niño redicho que fui no podía sino nacer con un libro debajo del brazo. Uno no muy sesudo, claro: Verne, Salgari, vamos, lo normal, que me hace mucha gracia estos fenómenos que a los diez años andaban ya con Tolstoi y el Decamerón. Con una madre maestra y un padre que siempre entendió la lectura como un medio para hacer al hombre mejor persona, no es de extrañar que la casa de mi infancia fuera un turbión de libros, muchos de los cuales reposan ahora releídos hasta la saciedad en los anaqueles de mi propia casa. Allí fue descubrir a Dumas, a Galdós, a Stevenson y a nuestro Siglo de Oro, en fin, todo lo que podía uno desear con quince años pero, también hay que decirlo, todo lo que uno podía esperar de una familia de derechas de toda la vida.
Hablando en plata, una censura más o menos soterrada funcionaba en mi casa a la hora de que un libro entrara por la puerta. Digamos que había una delicada frontera la cual permitía comprar a Delibes o sacar de la Biblioteca Municipal las obras completas de Clarín pero que excluía con el mismo criterio a Sender o a Baroja. Cuarenta años de franquismo sirvieron para que a gran parte de la población lectora del país, aquella que leía y lee a la retranca de lo que escucha en el telediario y del poso más o menos abundante que le dejó el Bachillerato, se le hurtara la media España literaria que el Régimen no aprobaba bajo sospecha de subversión al orden establecido.
Luego, Santa Transición y democracia de por medio, todo parecía que iba a cambiar para mejor en el imperio de las letras, y no dudo que todos los premios que engordan a nuevos escritores, las editoriales freak, la libertad de leer lo que se quiera donde se quiera y cuando se quiera nos haya puesto las cosas más fáciles. Sin embargo, encuentro que algo hemos perdido en el camino. Supongo que en 1977 sería la hostia tener al fin entre las manos la obra completa de Henry Miller o de Jean Paul Sartre pero sucede que la colonización de nuestro subconsciente por la literatura de urgentes subversiones que nos trajo el final del siglo XX ha tenido una gravosa factura: la pérdida de nuestra memoria literaria, de una tradición que empieza en los clásicos griegos y concluye a mi entender en la generación de escritores que surgieron en España tras la Guerra Civil y en el resto del mundo cuando el bombardeo de Hiroshima.
Decía Carlos Ruiz Zafón que él trataba de glosar en su obra todo el aprendizaje de la novela decimonónica, de nuestro Siglo de Oro y más allá. En igual sentido pontifica el tío Arturo con menos deconstrucción y más mala leche. Supongo que cualquier profesional del ramo se expresaría en parecidos términos puesto entre la entrevista y la pared. Pues muy bien chavales, pero que los iluminados de la cosa se llenen la boca de Clarines y Quevedos no quita para reconocer que el paisanaje no sabe discernir si Míster Witt era primo segundo de Hamlet o un utillero del Liverpool. Entre beatnicks, generaciones equis, Bukowsky, Caballos de Troya y el Código Da Vinci andamos con la Literatura con mayúsculas más rodada por el fango que la buscona del tango aquel.
Tengo un excelente amigo, moderadamente culto, interesado por casi todas las muy loables manifestaciones culturales que nos meten por los ojos, que al verme una tarde con un ejemplar de las "Novelas ejemplares" me miró como si yo estuviera desquiciado. Resulta que casi medio siglo de revolución cultural sólo ha conseguido que Cervantes sirva para que se entretengan cuatro colgados y para pintar graffitis institucionales en el morro del Ave. Para que luego nos vengan con aniversarios chorras.
Dicho esto, añado que soy pesimista al respecto. El sentido de la lectura, como el de tantas otras cosas tan a pie de calle está desvirtuado por completo. Repito la opinión de mi padre que expresé al inicio de estas líneas: hacer al hombre mejor persona. Ese y no otro es el fin último de un libro. También el entretenimiento, claro está, pero no puede ser esta la piedra de toque que nos lleve a pasarnos una tarde quemando retina o tirando el libro de marras por el balcón. Como precisamente es eso lo que prima en el lector de infantería, pues así te luce el pelo Galdós, y mira que eres salao, garbancero del demonio.
Quien sabe, igual es que tenemos los lectores que nos merecemos. A mí personalmente me importa un carajo. Como siempre sólo intento explicarme un poco más explicando lo que me toca los cojones pero claro queda el hecho de que a mí difícilmente me sacan de mis clásicos, de la Historia bien contada y cuatro más. Leo poco de lo nuevo y casi todo lo que me gusta resulta que lo han parido tíos con más de cincuenta castañas encima, vamos, de los del plan antiguo y probables suscriptores a pies juntillas de esto que cuento con menos talento, estilo y sabiduría de la que ellos serían capaces. Y todos los demás, bueno, pues ya saben, que les vayan dando.

viernes, mayo 18, 2007

Elogio de la jara

Para mi primita Jara, para que se ponga un poco más loca esta primavera



Dice Antonio Burgos que tan libre es la flor de la jara que cuando se la corta y se la lleva a la ciudad no tarda en agostarse y morir en el jarrón de la salita. Toda la literatura, todo el cancionero popular de nuestra tierra habla del azahar, del jazmín, del lirio y la albahaca, flores de ciudad, de calle perfumada y romántica madrugá pero nadie escribe sobre la jara, flor de campo, de serranía agreste, bravía, libre, crecida donde mejor encuentra acomodo.
Antaño fue compañera del trigal que cruzaba como un manto vegetal los costados del Guadalquivir. Lo blanco de su flor daba pespuntes de nieve al verde de los campos sin que nadie supiera de lo delicado de su olor, del tacto untuoso de su rama, de lo sincero de ser ella sola entre vegetaciones que se alzaban arrogantes ante su presencia pequeña, silente, anónima para la mayoría.
Hoy en día hay que asistir al primaveral renacer de la jara junto a los cercados de las casi extintas eras o en las cunetas de una carretera comarcal pero sólo en Sierra Morena derrama en abundancia su belleza. Sale uno casi de Córdoba hacia Almodóvar, Hornachuelos, por ahí, y la encuentra uno, casi besando donde concluye la ciudad, como un relicario que nos devuelve lo que de agro tiene nuestra vida de nuevos urbanitas aún olorosos a muladar campesino. Aquí y allá distribuye su hoja callada, apenas rumorosa, protegida entre tomillares y matorral. Pocos reconocen su presencia, tan discreta frente a la exuberancia de la amapola y la lozana popularidad de la margarita pero yo, a veces, entre la multitud de flores que otorga la primavera, la entreveo, le perdono el capricho de su libertad, la distingo con mi cariño de andaluz expatriado, la extraño en esta recia distancia de Castilla donde no puede brotar porque no es sino esencia de la tierra mía.
Queda así este romance nostálgico que no es sino añoranza primaveral escrita del andaluz que me habita, de lo que de hermosura desconocida se extiende entre barrancas y olivares cuando un tren como cuadrilla de jinetes blancos me vuelve arrebatar la juventud en un domingo que siempre es de pasión.
Esta semana vuelvo allí y trataré de buscarla entre las demás flores, tal vez haré un ramito que llevaré en el tren para que, cuando a mi espalda Córdoba quede, no se me olvide lo que tengo de andaluz altivo, libre y solo. Como fueron todos los míos. Como la flor de la jara.

jueves, mayo 10, 2007

Ciudadanos

No voto. Lo sabe cualquiera que me conozca medianamente. Llevo diez años sin hacerlo. Sólo dos veces en mi vida cumplí con el sagrado deber de un ciudadano en una sociedad plural, democrática y toda esa cantinela. Luego los profesionales de la cosa política se pasan la legislatura tomando al paisanaje por gilipollas pero votar, lo que se dice votar, hay que votar. No nos despistemos. Dos veces, decía, he entrado en un colegio electoral. Las dos veces perdí y bien merecido lo tuve, claro. Pienso ahora que la derrota juvenil en lo político igual ha moldeado esta atávica repugnancia a comportarme como un ciudadano comprometido, que dirían estos progres tan cursis de hoy en día. Hablando en plata, que soy un acomplejado de tomo y lomo. Pues muy bien. Y un fascista. Y un anarquista. Y un carca. Lo que quieran.
La cosa es que en este blog he escrito con bastante más mala leche de mis razones para quedarme en la cama el domingo de elecciones a parte de mi novia pero lo cierto es que, contradictorio, demagogo y acérrimo seguidor de causas perdidas, no he podido dejar de sentir un profundo interés por ese partido nacido en Barcelona al calor de una causa tan necesaria en España como el desarme ideológico del nacionalismo: Ciutadans, Ciudadanos, Partido de la Ciudadanía.
No les extrañe tanto. Un partido fundado por intelectuales, ojo, pero intelectuales fetén, no de los que se autoproclaman como tales desde una tertulia del corazón o una barra malasañera, que repudia la visceralidad ideológica de izquierdas y derechas, que se nutre de gentes ajenas al tinglado político que nos desgobierna y que, ya digo, le da leña al mono nacionalista no puede dejar de resultarme simpático. Si encima torea en una plaza tan despiadada como la catalana donde todo lo que huela a incorrección no nacionalista es ganas de hacer oposiciones a crucificado, se me pone en las tripas el darles un gramo de mi escasa capacidad de confianza.
Lo que pasa es que no se presentan por Madrid y pienso que lo mismo es hasta bueno. Así me da tiempo a seguirles los pasos, a ver cómo se van moviendo en esto tan jodido de tocar pelo en ayuntamientos y diputaciones donde tanto se cuece y se pudre, a evitarme el tener que hablarles dentro de un par de años, más viejo y más cínico, que yo voté a Ciudadanos. Eso, claro, si nos lo echan a patadas antes, porque entre el silencio informativo, las sospechas interesadas y las hostias que les llueven cada vez que organizan un mitin igual ni da tiempo a votarles en las próximas elecciones generales. Esperemos que no sea así.
Así que habrá que esperar. Todo se verá. De momento, les recomiendo que le echen un vistazo a su página web o al libro de Alex Salmón, "El enigma Ciutadans". Por algo se empieza. Y si no les gusta pues ya saben, qué van a esperar de alguien a quien, en el fondo, la política le da igual.

jueves, mayo 03, 2007

Fumense un puro

Empecé a fumar tarde, aun para mi época. Hoy en día cualquier chico de diecisiete años tiene los pulmones como un minero pero en mi adolescencia lasaliana y faldera la cosa del tabaco tenía todavía mucho de tabú reservado a los mayores de la casa y a los quinquis del barrio. Diría que mis primeros cigarrillos de entresemana casi vinieron al tiempo del hachís universitario, cuando se empezaba a fumar Ducados por no andar todo el santo día puesto hasta las orejas. Luego, cosas de la hipotensión y el aburrimiento, uno dejó la grifa y se quedó con el tabaco como compaña para el whisky que ya trasegábamos con ansia de noctámbulos curtidos.
Con los años he fumado casi de todo lo que habita en un estanco. Desde los Celtas y Ducados de sargento legionario hasta el cinéfilo Lucky Strike. Por medio, media docena de marcas de rubio y negro sin contar madrugadas austeras en que uno se fumaba hasta las colillas del retrete. Así hasta hace dos telediarios como aquel que dice, justo cuando la cosa del cigarrillo empezó a darme menos satisfacciones que duelos y quebrantos. No oculto que la ley antitabaco ha terminado con mi adicción por vía del desequilibrio absoluto de mi consumo. Me explico. Durante años, el placer que me otorgaba el pitillo se fundamentaba en la distribución correcta de las dosis de nicotina que mi cuerpo iba necesitando. En el momento en que las restricciones descoyuntaron esa disciplina, sucedió que principié a padecer todas las afecciones que (casi) había eludido en mis casi tres lustros de fumador. Precisaba la misma dosis de droga pero sólo podía satisfacer mi necesidad a ratitos matutinos y en brutales sesiones compensatorias al caer la tarde. Los efectos fueron devastadores: en el último año sufría de tos, frecuente moqueo, cenas insípidas, pérdida de olfato. Varias veces intenté embridar el consumo, tres veces renuncié a mi llorado Lucky Strike y tres veces hube de regresar cubierto de remordimiento y frustración.
Así las cosas, en medio de un desenganche, preso del más atroz "mono", me dio por fumar puritos aromáticos como un engolosinado sustitutivo a lo que mi cuerpo a voces precisaba. Al principio fue peor el remedio que la enfermedad. Acostumbrado a fumar al modo del tabaco rubio, el hábito me hacía inconscientemente echar mano de la petaca de Vegafina a cada rato, con lo que en un par de horas mi garganta semejaba papel secante. Luego, con los días y la experiencia, que en definitiva lo es todo en este mundo, aprendí a dosificarme, a disfrutar de aquello que fumaba, algo que no me había ocurrido, creo yo, en años. Aún más, hace poco empecé a combinar los puritos con calibres mayores, como el Condal del nº 3 que me estoy fumando mientras escribo estas líneas, y oigan, les confieso que me está gustando la cosa. Dice mi novia que esto es matar moscas a cañonazos, que claro, que como voy a tener ganas de fumarme media cajetilla de Camel después de la chimenea habanera que anduve paseando por el Pirineo aragonés la pasada semana. Pues no sé, igual tiene razón mi santa pero lo cierto es que de momento estoy de la cosa pulmonar no diré que de maravilla pero considerablemente más oxigenado, me concentro más en los toros (un día hablaremos de la relación entre la Fiesta y el tabaco grueso) y, que coño, que diez años después he vuelto a disfrutar fumando.